Miguel de Unamuno

Edición de Óscar Carrascosa. Páginas de Espuma. Madrid, 2011. 456 páginas. 27 euros



Fue Miguel de Unamuno (1868-1936) prolífico hasta la grafomanía y polifacético sin cauces de escritura no transitados. De sobra se sabe que su obra abarca filosofía, ensayo, estudios filológicos, libros de viaje, crítica literaria, articulismo, narrativa, teatro, poesía... A pesar de tal dispersión, acaso no haya escritor que responda como él a un estricto núcleo de inquietudes, el que permite decir en broma que, al fin, el gran tema de Unamuno es Unamuno. Por eso la cuestión de los géneros resulta en su escritura un tanto particular, pues no hacía sino elegir el molde conveniente en cada ocasión para expresar inquietudes seminales.



No todas las formas las valoraba Unamuno por igual. Ante todo se sentía poeta, según proclamó más de una vez. Y puso mucho interés en que sus polémicos ensayos, sus sucintos dramas y sus novedosos partos "nivolescos" obtuvieran la mayor resonancia pública posible. En cambio, quedaron un tanto huérfanas algunas especies de la inmensa biblioteca unamuniana, algo muy a subrayar en persona tan paternal con los hijos de la carne y del pensamiento. Ni que decir tiene que eso sucede con sus escasos trabajos profesionales, y también en menor medida con las formas narrativas breves. Ya es significativo que un escritor amazónico (cuando se puso a ello, ejecutaba poemas a millares) no llegara a escribir ni un centenar de cuentos. Así como que una sola vez en su vida, en 1913, publicara un libro de relatos, El espejo de la muerte (novelas cortas). La desatención del propio autor con esta parte de sus criaturas ha supuesto el quedar postergada dentro de su obra, pero ello no implica que sus narraciones cortas carezcan de mérito ni de interés. Lo reconoce José María Merino, gran y exigente conocedor del cuento, al incluir "El amor que asalta" en su antología Cien años de cuentos (1898-1998). En cualquier caso, el dictamen queda ahora al alcance del lector común gracias a la compilación de sus Cuentos completos.



Óscar Carrascosa, responsable de la edición, la lleva a cabo con el conocimiento y el fervor del especialista. Su minuciosa labor merece, sin embargo, una severa reserva. La amplia introducción del libro es un trabajo de investigación repleto de menudos datos eruditos propio de una revista universitaria e inadecuado para una obra destinada a un público general a quien nada importan ni afectan disputas académicas o erratas de anteriores editores. Salvado este serio inconveniente que exigirá al lector de la calle benevolencia, presenta Carrascosa una amplia información de las relaciones de Unamuno con el cuento, de sus ideas sobre el género o del cuento como matriz de alguna novela, y aquilata con qué propiedad merecen algunas piezas considerarse cuento. Al cabo, sostiene con fundamento que el relato breve pertenece a la concepción asistemática de la literatura característica del autor dentro de la cual es también "continente idóneo donde plasmar sus preocupaciones fundamentales". Además, describe el "editor" las variedades de los cuentos unamunianos y concede la debida atención a un asunto crucial, tanto para Unamuno como para el género desde el modernismo, la revolución que supone el descrédito del argumento.



El análisis histórico y artístico de la cuentística unamuniana se acompaña del establecimiento de su "corpus" definitivo, que, tas deslindes puntilosos, se establece en un total de 87 piezas, la más antigua de las cuales se remonta a 1886. La novedad fundamental del repertorio está en las tres que Carrascosa añade a los precedentes: "Beatriz", "Euritmia" y "¡El amor es inmortal!". Estos cuentos pertenecen a la clase de escritos "más íntimos y sinceros" que Unamuno lamentaba ya en 1897 que obtuvieran menor atención que otros "menos propios". Las nuevas piezas no son ganga arqueológica y revelan el acierto unamuniano en el género.



El tomo muestra la versatilidad de Unamuno como narrador. Que va de la sátira despiadada a la problemática intelectual-trascendente pasando por la observación intimista que desemboca en "cuentos morales", por decirlo con fórmula de su admirado Clarín. Que abarca desde planteamientos decimonónicos a técnicas innovadoras por el puro cultivo de cierta caprichosa libertad personal. El conjunto confirma además el mérito de la modernidad. Aunque tenga un siglo a las espaldas, el juego con la propia literatura del relato que cerraba El espejo de la muerte, "Y va de cuento" (1913), posee una vigencia absoluta.



Unos cuantos estudiosos (E.K. Paucker, M. García Blanco, L. Robles, R. Senabre) han trabajado en serio desde hace tiempo en valorar y difundir los cuentos unamunianos, aunque sin mayor resonancia fuera del ámbito académico. Ojalá la salida en una colección comercial de estos Cuentos completos sirva para alcanzar ese objetivo porque Unamuno merece un respeto también como cuentista.