Christopher Hitchens. Foto: Robert Belott

Traducción de Daniel Gascón. Debate. Barcelona, 2011. 560 páginas, 29'90 euros



Británico de nacimiento, ciudadano norteamericano por voluntad propia y judío por su madre, Hitchens es uno de los ensayistas más polémicos de las letras anglosajonas. Desde su constante presencia en los medios de comunicación ha criticado y discutido muchos de los valores socialmente aceptados. Un autor de talla mundial, célebre por sus opiniones a contracorriente como Gore Vidal, que le consideró con grandes alharacas su heredero. Tras años de admiración mutua se rompió el idilio en 2010. Hitchens le acusó de no aceptar la versión oficial de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y publicó un vitriólico artículo en Vanity Fair titulado "Vidal Loco" en el que destrozaba a su viejo amigo.



Christopher Eric Hitchens, "the Hitch", como le puso su mejor amigo, Martin Amis, y le llaman muchos de sus conocidos, nació en 1949 en Portsmouth. En la gran base naval estaba destinado su padre, "el comandante", un marino de pocas palabras y de ideología conservadora. Sometidos a los cambios de destino derivados de las exigencias militares de un oficial de la marina de guerra, los Hitchens tuvieron un segundo hijo, Peter, en la isla de Malta y llevaron una vida decorosa y aburrida en la Inglaterra empobrecida y gris de la postguerra.



Lo que parecía un matrimonio de jóvenes sanos y animosos forjado en la II Guerra Mundial, cuyo destino simulaba ser el de tantos otros de la ordenada clase media inglesa, comenzó a torcerse en la adolescencia de Hitchens. Su madre, Yvonne, no era sólo la abnegada esposa de un oficial que asiste al desplome del grandioso Imperio Británico y que en consecuencia queda jubilado antes de tiempo. Yvonne era también una judía de origen polaco-alemán que había ocultado su identidad a su marido, hijos, amigos y empleadores. El mundo de su esposo le venía pequeño, se aburría y le pesaba la vida. Deseando que sus hijos dieran un salto hacia arriba en la estratificada sociedad inglesa, Yvonne envió a Hitchens a un colegio privado por encima de las posibilidades familiares. El retrato que hace Hitchens de su vida en el colegio está lleno de una brutalidad que se mueve entre la obscenidad y la épica. Castigos físicos administrados como lo más natural del mundo, sodomía y masturbación solitaria y mutua. Al mismo tiempo, profesores dedicados y competentes, mucho deporte y un ejercicio físico que se le daba mal a un Hitchens que pronto aprendió a defenderse con las palabras, el instrumento con el que acabaría ganándose, y bien, la vida.



En estas memorias, escritas a hilo del tiempo y del desarrollo de su protagonista, lo que destaca no es tanto el montaje del texto, que es bastante tradicional, sino la sinceridad acerada con la que se expresa Hitchens. En su autobiografía es tan brutal como en sus polémicas. Para apreciar el tremendo relieve que pone Hitchens en su escritura baste recordar no ya las descafeinadas memorias de tantos diplomáticos sino el texto autobiográfico de Tony Judt (Londres, 1948-Nueva York 2010), El refugio de la memoria.



Educados ambos en colegios privados, Oxford y Cambridge. Trasplantados a Estados Unidos, divorciados con hijos jóvenes, judíos y ensayistas. Dos vidas superpuestas en el tiempo y en el espacio y sin embargo dos relatos bien distintos. El de Judt con un horizonte reflexivo como punto de fuga para no entrar en detalles escabrosos; el de Hitchens decidido, al grano, sin evitar embarrarse en la cruda verdad de los hechos. No deja de ser curioso que Judt muriese el año pasado sin capacidad de expresarse oralmente y a Hitchens se le haya diagnosticado un cáncer, la primavera pasada, que le ha dejado sin habla.



Los turbulentos años juveniles que corona Mayo del 68 transcurren para Hitchens en uno de los mejores lugares del mundo: Balliol College, un templo del saber universitario desde la Edad Media. El lector sigue en primera fila el devenir académico, político y social de la Universidad de Oxford. Hitchens se convierte en un activista de la izquierda presente en las grandes veladas de la Oxford Union. En esos años se cuece su "antiteísmo". Dios no es bueno y Dios no existe serían publicadas por Debate en 2008 y 2009. Su primera crítica a las religiones monoteistas "del libro" se extiende, como vemos en Hitch-22, al resto de las creencias. Es famosa su discusión, ante las cámaras de la televisión canadiense, con un Tony Blair recién convertido al catolicismo. En Oxford, Chistopher Hitchens comienza a convertirse en lo que será años después "un intelectual público" que se gana la vida reconvertido en periodista dotado de una especial facilidad para relacionarse con todo tipo de personajes.



Instalado en Londres tras sus años universitarios, le estalla en 1973 la muerte de su madre en un suicidio pactado con su amante en un hotel de Atenas. En el cansancio de la vida cotidiana con "el comandante", Yvonne se había enamorado de un ex clérigo, y en un gesto muy británico decidió no divorciarse, aparentar que todo seguía igual en su matrimonio pero vivir la mayor parte del tiempo con su amante. Ambos se fugaron sin previo aviso con la vaga idea de irse a vivir a Israel. Hitchens tuvo que ocuparse de todo.



En 1981 Hitchens emigra a Estados Unidos. Bebe, fuma y fornica de forma exagerada. Instalado en Nueva York y Washington, sigue viajando por todo el mundo a la vez que cultiva su extensa agenda repleta de intelectuales y políticos. Sus agresivos textos contra Bill y Hillary Clinton, la Madre Teresa, Henry Kissinger, Ronald Regan o George H. W. Bush le proporcionan una fama internacional que se completa con su curiosa defensa de la invasión de Irak. A partir de ahí cambia su posicionamiento ideológico hacia la derecha. Viejos compañeros de viaje como Noam Chomsky romperán la relación con él.



Se cierra este volumen con tres reflexiones de enorme interés. La primera se refiere a la relación con los tres hijos habidos en sus dos matrimonios. Hitchens transmite preocupación por el devenir de unos seres a los que no ha dedicado demasiado tiempo. A la vez quiere sentirse orgulloso de ellos, sabe que leerán Hitch-22 y desearía sentirse perdonado. Son sus páginas más blandas y mucho de lo que escribe suena a mampostería.



Las otras dos reflexiones tienen que ver con su identidad angloamericana y sus antecedentes judíos. Aquí le sucede como al Hessel de Indignados o al Tony Judt de Postguerra. Sus ideales chocan con las políticas de acoso del Estado de Israel hacia los palestinos. Las páginas dedicadas al análisis de los ingleses en EE.UU. son memorables. Aunque muy brevemente, le dedica unas líneas al culto a Winston Churchill. El lector en español encontrará en Amor, Pobreza y Guerra (Debate, 2010), una reciente recopilación de artículos, la referencia ampliada. En el artículo "Las medallas de sus derrotas" ofrece una visión del político británico como objeto de culto entre los presidentes norteamericanos que mueve a la carcajada si no fuera porque la visión que ofrece Hitchens de Churchill es la de un ser falso y patético. Tras cerrar este singular volumen el lector se queda con la duda de si su título deriva de la famosa novela de Joseph Heller, Catch-22. Publicada en 1961, es una sátira de la burocracia que rodeó el final de la II Guerra Mundial. Quizá su punzante ironía le haya servido de inspiración a Hitchens.