Manuel Longares



Parte de la obra de este escritor calmoso por un prurito de exigencia que es Manuel Longares (Madrid, 1943) debe valorarse como el logrado empeño de hacer una novela urbana contemporánea. Diversos aspectos de la múltiple realidad ciudadana aparecen en sus páginas y logra una cima en Romanticismo (2001) al evidenciar las perplejidades de la burguesía franquista en la Transición fundiendo estampa madrileña y lectura histórica reveladora. Su nuevo libro, Las cuatro esquinas, amplía este propósito presentando cuatro recortes temporales que abarcan desde la postguerra y hasta hoy mismo. Todos ellos participan de una idéntica voluntad de mostrar lo esencial de los respectivos momentos a partir de dicho pálpito de lo urbano, el cual se materializa en nombres exactos de calles, plazas y encrucijadas, en itinerarios comprobables y hasta en rótulos de establecimientos de "cuatro esquinas" de la capital. Este elemento básico de los relatos responde al deseo de priorizar lo concreto para que su sentido resulte ante todo la consecuencia de unas historias con fuerte encarnadura real.



Las cuatro esquinas es un libro sin género identificable. No le viene bien del todo llamarlo novela, aun partiendo de la flexibilidad con que hoy se aplica este término, porque carece de una historia continuada y unitaria. Tampoco se trata de la simple reunión de relatos cortos porque los cuatro responden a una misma intención. Podría decirse, pues, que tenemos una narración novelesca homogénea en su intención, aunque fraccionada en cuanto a la anécdota, la cual se dispersa en peripecias independientes.



La primera pieza, "El principal de Eguílaz", se emplaza en el ominoso ambiente de la alta postguerra. En ella, al hilo de la angustia de un matrimonio por la probable ejecución del ahijado preso, se recrea la exaltación de los vencedores, el sojuzgamiento de los vencidos y un clima de barbarie y miseria. La siguiente, "El silencio elocuente", se localiza en "mil novecientos sesenta y pocos", y las referencias al asesinato de Julián Grimau señalan una fecha central, 1963. Este relato habla de las quimeras, confusionismo y abdicaciones de la juventud inconformista del momento. La tercera pieza nos lleva a "mil novecientos setenta y tantos". Un policía de la "secreta" refiere el seguimiento de un agitador universitario, no se sabe si prochino o falangista y más tarde demócrata cristiano con coche oficial, y esa obsesiva vigilancia aflora un sórdido retrato de corrupción moral. La anécdota del último relato, "Terminal", se data en fecha exacta, agosto de 2008, y plasma episodios relacionados con el fallecimiento de un veterano compositor poco antes de que su inédito "divertimento" abriera la temporada musical. A manera de broche de unas historias de fuente acento colectivo, ésta se centra en lo privado y, según el autor razona en un mínimo prólogo, se refiere a la trascendencia; acaso sería mejor decir que plantea con crudeza burlona el destino que aguarda a cada individuo. Longares remata las versiones de toda una trayectoria histórica con un mensaje de resignación en el que no me parece excesivo detectar una pudorosa huella autobiográfica.



El enraizamiento en la realidad histórica y social de las historias de Las cuatro esquinas es un recurso para alcanzar un sentido abstracto de nuestro pasado reciente al que se pone un colofón existencialista. En realidad, los trechos cronológicos autónomos se encadenan en una ficción histórica que ilumina con agudeza la vida española en sus tres últimos cuartos de siglo. Este propósito no se atiene a las pautas del testimonialismo mimético sino a las de un realismo imaginativo. La prosa trabajada con esmero, como siempre en el autor, rica en matices, explaya una variedad de voces narrativas mediante las cuales se trasmiten esas diferentes impresiones o lecciones de época. Tales voces se modulan con distintos registros, la intensa emotividad del primer relato, el distanciamiento o el desenfado cínico de los dos siguientes y el quiebro esperpéntico controlado por la piedad del último.



Así, con la engañosa sencillez como de un tono menor, Las cuatro esquinas constituye una múltiple cala en lo sustantivo de un amplio periodo de la vida pública nacional. Longares capta con originalidad y fuerza lo que Unamuno llamaba la intrahistoria a través de la suma de emotivos, satíricos y divertidos retratos de gentes comunes.

PALABRA DE AUTOR

- Afirma al inicio que el autor no es sino un pretexto para que su época se pronuncie...

- En el libro prevalecen las etapas históricas sobre los que las vivieron. No hay biografía ni memorias, es la época la que toma la palabra.

- Cada una de las cuatro esquinas ofrece un ciclo histórico. ¿Cuáles fueron más agradecidas y cuáles más arduas de escribir?

- Las esquinas más lejanas fueron las más cómodas de escribir. Las contemporáneas, las más ingratas. - 1940, 1960, 1980, 2000... ¿Habrá una quinta esquina?

- Quizá exista una quinta esquina, pero no la alcanzo.

- Longares ha fatigado tanto el Periodismo como la Literatura. ¿Cuál es su preferida?

- Afortunadamente, me he librado de la necesidad del periodismo.