Rita-Levi Montalcini en su antiguo laboratorio. Foto: Archivo

A menudo las vidas humanas de las sociedades desarrolladas se debaten entre dos opciones: a) tener una vida personal imperfecta y una carrera profesional potente, o b) decantarse por la vida familiar y dejar en segundo plano el trabajo. La premio Nobel de Medicina Rita Levi-Montalcini tiró por la calle de en medio, y eligió para su trayectoria vital un híbrido imperfecto que le permitió embriagarse a la vez de vida y de ciencia y, de paso, dejarle a la medicina el descubrimiento del llamado factor de crecimiento nervioso, que le valió en 1986 el prestigioso galardón sueco. No se casó, no tuvo hijos, pero aún vive una vida que ha desfilado desde las penurias de la II Guerra Mundial a los honores de hoy, y tras la que ha dejado una herencia para siglos.



Sobre ese hambre de saber y de vivir oscila Elogio de la imperfección, las memorias que esta neuróloga hoy centenaria escribió cuando ya contaba 96 años y que ahora recupera Tusquets. A través de ellas, con una prosa despojada aunque tendente a la reflexión, el lector conoce a la niña que no era capaz de encontrar al mirar Turín la fascinación que encontró De Chirico pero que ya desde muy joven mostraba un carácter especial y sensible. Frente a la simpatía de sus hermanas y a las virtudes artísticas de su gemela, Rita, más melancólica, eligió el camino intelectual: lee a Emily Brontë y a Virginia Wolf, se interesa por los animales y admira e imita a su padre, con quien tuvo una relación compleja, la tenacidad, la inteligencia y la energía: "A él le debo la seriedad y entrega al trabajo y una concepción laica, spinoziana, de la vida". La muerte prematura de su progenitor, un judío secular que vivía al margen de los preceptos religiosos y que se consideraba un hombre progresista y librepensador, la marcaría para siempre, como queda plasmado a lo largo de muchas páginas del libro.



También muy pronto descubre la futura científica las vicisitudes que tienen que asumir las mujeres de su tiempo para abrirse paso en el mundo académico, problemática que describe en el capítulo "El peso de los cromosomas x en el clima victoriano". En uno de los pasajes, Levi-Montalcini se lamenta: "Ignorar los antecedentes históricos no me evitaba sufrir las consecuencias de haber nacido en una época aún dominada por esta mentalidad teñida de romanticismo que era uno de los pilares del régimen patriarcal". No le importó, ante su "falta de dotes artísticas", se rindió al placer del trabajo duro: "Me consagré en cuerpo y alma a los estudios, que se habían convertido en mi razón de ser".



Aunque destacaba en latín y griego, se decantó por la medicina, carrera que se avenía más con su carácter y aptitudes. Sólo había siete mujeres entre los estudiantes de primer y segundo curso en la universidad de Turín. Fascinada por su personalidad, pronto se convirtió en ayudante del eminente histólogo Guiseppe Levi, su maestro. Y pronto también, cuando ya despuntaba, tuvo que sufrir en cuanto a judía las leyes raciales de la Italia fascista, episodio que narra en el capítulo Los años difíciles, años en los que, recuerda, tuvo que montar un laboratorio en su habitación para continuar con sus investigaciones: "A finales de 1939, tuve la alegría de reunirme con mis seres queridos en un momento tan crítico, pero al mismo tiempo me vi en la imposibilidad de proseguir mi actividad científica. Decidí, pues, ejercer la medicina, aunque de manera clandestina, ya que también esto nos lo tenían prohibido, con pacientes a los que había tratado en años anteriores en la clínica de la universidad. Eran pobres gentes que vivían en camaranchones de la vieja Turín". En cuanto a sus investigaciones en neuroembriología que comenzara en la universidad buscando respuestas que explicaran cómo crecen las células y los órganos, tuvo que procurarse un termostato de aire para incubar huevos de pollo, otro de alta temperatura para incluir los embriones de parafina y hubo de costearse los utensilios, microscopios y demás útiles, algunos tan precarios que los definía así: "No diferían de los que usaban los investigadores del siglo XIX". Fue en la adversidad donde halló su inventiva para demostrar sus teorías.



Continuó la guerra y Rita siguió trabajando, a veces con dudas: "Muchas veces me he preguntado cómo pudimos dedicarnos con tanto entusiasmo a estudiar esta cuestión, cuando los ejércitos alemanes ocupaban Europa sembrando muerte y destrucción y amenazando con aniquilar la mismísima civilización occidental. La respuesta está en la desesperada y en parte inconsciente voluntad de ignorar lo que ocurre, porque la plena consciencia nos habría impedido seguir viviendo", relata en el libro. Mientras continuaba la contienda, la investigadora y su familia pasaron noches en sótanos y vivieron una larga temporada en la clandestinidad. Su última experiencia como médico la vivió en un campamento de evacuados.



Finalizado el conflicto, y tras una estancia en Florencia, pudo regresar a Turín, pero pronto partió hacia Estados Unidos invitada por el biólogo alemán Viktor Hamburguer, que la solicitó como asistente temporal en la Universidad de Washington. Se quedó 30 años. Él también buscaba entender cómo da sus primeros pasos y se desarrolla el sistema nervioso. En su laboratorio, Rita pudo dar cuenta del factor de crecimiento neuronal. Conoció allí al bioquímico Stanley Cohen, también premio Nobel en 1986 y ambos pudieron aislar al factor de crecimiento neuronal y determinar que se trataba de una proteína. Rita no sabía nada de bioquímica, Cohen no tenía ni idea del sistema nervioso: "Rita, tú y yo somos buenos, pero juntos somos maravillosos", le dijo él al culminar con éxito el experimento.



El descubrimiento del factor nervioso de crecimiento dio lugar a la comprensión no sólo de procesos básicos de la naturaleza del cuerpo humano, sino también a cuestiones del ámbito medico. Pero más allá de la ciencia, el lector descubre a lo largo de Elogio de la imperfección una vida entregada al conocimiento, una historia sobre la perseverancia y un texto del que emana un pensamiento feminista, avanzado y precursor.