Josefina Aldecoa, a las teclas. Foto: Chema Conesa

Hay muertes que marcan una época, cuando la historia pasa página, el caso de la entrada hoy en la eternidad de Josefina Aldecoa (La Robla, León, 1926), en su casa de Mazcuerras.



Era viuda de uno de los grandes novelistas de la posguerra, Ignacio Aldecoa, narradora de enorme éxito ella misma, y una importante pedagoga. Los Aldecoa pertenecieron a un grupo de personas que algunos llamarían intelectuales, pero que yo prefiero denominar las gentes de la tercera vía. La conforman los escritores, los profesores, los periodistas, los editores, los artistas, cineastas, músicos, entre otros, que existen, se sitúan, intelectual y socialmente, entre los poderes que se disputan el protagonismo en la vida española, la política y el mundo de la empresa. Su trabajo dota de perfiles humanos a la vida social, la embellece con sus imágenes e ideas, y sirve de refugio, crítico, del poder.



Josefina Aldecoa era pedagoga, fundadora del colegio Estilo, donde los niños son educados según el principio de Francisco Giner de los Ríos, de aprender con el ejemplo, atendiendo por igual a las artes y a las ciencias, y a eso que suena pasado de moda, a la civilización. Fue secundada en la labor pedagógica en todo momento por su hija Susana, hace años ya la verdadera directora del colegio, y por su yerno Isaac. Quienes la conocimos nunca olvidaremos su sonrisa, sus palabras, su voz de tono bajo, pero con un timbre decidido en la expresión. Tampoco su afición a la música clásica, que disfrutaba viajando cuando podía a las mejores venias de Europa.



Aldecoa tenía, pues, dos casas intelectuales, el colegio y su estudio, donde redactaba sus novelas. En varias ocasiones, cuando visité a los Aldecoa en Mazcuerras, Josefina inevitablemente comentaba orgullosa su empeño veraniego, la escritura de una novela, o, ya, al final, la reescritura de una que hace años quedó olvidada en un cajón. Mi mujer y yo siempre procurábamos llegar a su casa antes que acudieran otros invitados, para apreciar otro verano más los cambios realizados en el jardín por su yerno Isaac, un artista de la arquitectura de exteriores. Una vez admirados, Josefina nos invitaba a visitar su estudio, situado en un pequeño edificio junto a la casa principal. Carecía de orgullo al hablar de sus proyectos, si bien la dominaba la pasión creadora.



Curiosamente, Ignacio y Josefina coincidían en un aspecto de su creación. Ambos fueron letrávoros, pero de una manera diferente a sus amigos y coetáneos como Rafael Sánchez Ferlosio o Ana María Matute. Recuerdo todavía el contenido vivencial de sus explicaciones. Su familia, la de su marido, los amigos, los sucesos de la vida, de los infinitos viajes, los recuerdos de la infancia del nieto Ignacio, eran temas recurrentes al mencionar los materiales narrativos, lo que me hacía pensar en la emoción de la creadora, de la persona que no redacta desde la palabra, sino desde el recuerdo o reviviendo en el momento de la escritura las experiencias propias.



Luego, Josefina era una auténtica ciudadana española. Poseía la riqueza de haber nacido en un pueblo de León, pero se sentía en su casa en medio país, en Madrid, en Vitoria, en Lanzarote, o en Mazcuerras. Allí, en su elegante casona de indiano cántabro, puesta con un acento de hidalguía pasiega, donde tantas alegrías vivió, se despidió de nosotros.



Pienso que estos recuerdos deben incluir la mención de sus obras. Me ceñiré a la que ya forma parte del canon de la literatura española de posguerra, Historia de una maestra (1990), dedicada a retratar a gentes de la tercera vía, unos maestros durante la República.