Image: J. R. R. Tolkien. Autor del siglo

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Letras

J. R. R. Tolkien. Autor del siglo

Tom. A. Shippey

3 julio, 2003 02:00

J. R. R. Tolkien, por Gusi Bejer

Tom. A. Shippey Traducción de Estela Gutiérrez. Minotauro. Barcelona, 2003. 375 páginas, 19 euros
A más de uno puede parecerle descabellada la tesis con la que se presenta este libro: que J. R. R. Tolkien es el autor más representativo del siglo XX (¿en el mundo angloparlante?). Esta combativa opinión, expresamente dirigida contra todos aquellos poderes culturales que han menospreciado a Tolkien, y sobre todo contra la intelligentsia vanguardista y presuntamente de izquierdas que, según el autor, ha copado y sigue copando cátedras y suplementos literarios, se fundamenta, sin embargo, en un reposado estudio que permite apreciar la originalidad de este autor y el pensamiento que sustenta su obra. Sostiene Shippey que la tentativa de su colega y predecesor en diversas cátedras universitarias responde a un estímulo básicamente filológico. Como los hermanos Grimm, en Alemania, o el finlandés Lünnrot, compilador del Kalevala, la pretensión de Tolkien no fue otra que resucitar el ámbito legendario que adivinaba tras ciertas coincidencias terminológicas entre el inglés antiguo y otras lenguas ger- mánicas emparentadas. Su intención era cubrir determinados vacíos de la tradición cultural, y para ello se basó en una lectura atenta de Beowulf, Sir Gawain y el Caballero Verde y otras obras antiguas que conservaban, siquiera fuera de forma alusiva, un recuerdo vivo de esas tradiciones perdidas. Sus métodos de trabajo fueron los típicos de su oficio: reconstruir, a partir de las formas existentes, el arquetipo hipotético del que éstas surgieron. Sus elfos, orcos y “espectros” tienen este origen: Tolkien jamás se atuvo a las imputaciones de indeterminación y confusión con que otros estudiosos despachaban las fuentes donde estas criaturas de la imaginación eran mencionadas, sino que se aplicó a la labor de armonizar contradicciones y construir, a partir de ellas, personajes complejos, sumamente coherentes con el mundo imaginario que los cobija. No se le escapan a Shippey las coincidencias entre este modo de proceder y la obsesión lingöística y mitológica que demostraron los denostados “modernistas” (entiéndase, vanguardistas como Eliot o Joyce). La diferencia, dice, está, por una parte, en los resultados: transparentes y accesibles los de Tolkien, oscuros y recónditos los de los otros. Pero más relevante parece la segunda diferencia: la existencia de un complejo, aunque definido, designio moral en la obra de Tolkien, ausente o extremadamente ambiguo en la obra de sus coetáneos más señalados. éstos, a decir de Shippey, no perdonaron jamás a Tolkien ni su catolicismo ni su éxito. Y tiene razón. Sólo que él mismo incurre, quizá inadvertidamente, en el mismo prurito excluyente que los criticados cuando olvida mencionar, entre los predecesores de Tolkien, a dos autores que tampoco han gozado del beneplácito de los poderes literarios contemporáneos: me refiero a Kipling y Chesterton. Del primero hereda Tolkien la capacidad de “leer” en el paisaje inglés los vestigios de un pasado legendario y mágico, evidente en el ciclo de poemas y cuentos que el autor de Kim dedicó a las tierras de Sussex. En cuanto a Chesterton, es el primero en reivindicar la Inglaterra anterior a la Reforma protestante, el primero en intuir el subversivo anhelo de medievalismo que latía en el inglés medio, y que resulta perfectamente acorde con la percepción de la dolorosa inconsistencia moral del mundo moderno: ambos extremos están perfectamente expresados en El Napoleón de Notting Hill y en El hombre que fue jueves, obras cuyo rastro es más que visible en las del gran amigo y mentor de Tolkien, el hoy un tanto oscurecido C. S. Lewis... Mucho podría decirse de esta otra tradición de las letras británicas, felizmente “reaccionaria” (por reacción contra el realismo y el vanguardismo modernos), y es una pena que Shippey coincida con sus denostados colegas en el pecado de silenciarla. Lo que no resta, sin embargo, un ápice al interés con que se lee este libro, en el que el lector hispánico encontrará gratos recuerdos del Borges que cantó a los héroes de Finnsburg o explicó las complejas kenningar o “metáforas-adivinanza” de la poesía anglosajona. No es, desde luego, un libro dirigido a los posibles lectores adolescentes (no tantos como se cree, sospecho) que hayan accedido a El Señor de los Anillos en la estela de las recientes adaptaciones cinematográficas. Pero en esto está la grandeza de Tolkien: en suscitar el interés de los pocos aficionados a las literaturas recónditas y a los misterios de la filología, por un lado, y el de un amplio público totalmente ajeno a esos refinamientos de la curiosidad.