La imaginación produce intuiciones que se instalan en los complejos distritos en que se asocian o se confunden el misterio y la belleza, la sospecha y la sorpresa. Fantasías, deseos, desafíos reforzados en su dimensión de aventura por la lejanía y la dificultad. El norte ha sido siempre un espacio para la proyección de un inacabable repertorio de fabulaciones, promesas, temores, oportunidades, purezas y peligros. El presentimiento o la certeza de un palpitante y desconocido mundo dentro del mundo.

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La invención del norte

Bernd Brunner

Traducción de José Aníbal Campos. Acantilado, 2023. 272 páginas. 20 €

Los relatos históricos de quienes se atrevieron a explorar este territorio son la base del libro de Bernd Brunner La invención del norte. Historia de un punto cardinal (Acantilado), una invitación al viaje, el conocimiento, el hallazgo. Y una constatación de que el norte es, también, una construcción cultural.

Al descubrimiento del norte contribuyen de manera relevante los viajeros de la Edad Moderna, entre ellos Olaus Magnus, Ole Worm (a cuyo gabinete de curiosidades en Copenhague, en el siglo XVII, acudían visitantes de toda Europa), Dietmar Blefken, Gottfried Schultz, Francesco Negri, Linneo y August L. von Schlözer, que en 1771 publica una Historia general nórdica en la que se plantea el reto del “correcto conocimiento de todos los pueblos escandinavos, finlandeses, eslavos, letones y siberianos”.

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Hay un cansancio del sur expresado por poetas y filósofos de finales del XVIII, entre ellos Johann Gottfried Herder, que ve en las Edda la “sala de armas de un nuevo genio alemán” y en la antigua mitología nórdica una alternativa deseable al clasicismo y la mitología grecolatina.

Un norte estimulante para la física y la astronomía proyecta un catálogo de riquezas que atrapa a intelectuales de diversa condición, si bien muchas voces notables no sucumben al entusiasmo. Goethe, por ejemplo, prefiere seguir sentado en “la mesa de los griegos”. Sí muestra interés por los cantos del bardo Ossian, publicados entre 1760 y 1765 por James Macpherson y que inspiraron a Napoleón, Schubert y Schiller (no así a Samuel Johnson, que cuestionaba que hubiese existido en las Highlands de Escocia una cultura escrita digna de ser tomada en serio).

La instrumentalización cultural del norte vive un momento culminante con Richard Wagner, que extrae de los mitos escandinavos el material para sus óperas

El olor del aire del Ártico excita la vocación exploratoria del naturalista Edward Daniel Clarke, que da a la imprenta en 1816 una crónica de sus viajes en la que ensalza “el paisaje salvaje y romántico” de la península escandinava y “el carácter sencillo” de sus habitantes.

“Aquí todo es paraje solitario, todo está vacío, todo es grisura y desesperación”, escribe Giuseppe Acerbi, mientras Karl Ludwig Giesecke, que recibe el encargo de estudiar las variedades de rocas de Groenlandia, describe con vibrante prosa la inquietud que le produce “la vista de este terrible mar de hielo, con sus acantilados centelleantes como un espejo”.

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Los repentinos cambios climáticos en el dramático paisaje escocés sorprenden a Emilie von Berlepsch, la primera alemana que recorrió la patria del venerable Ossian. Otra viajera de la época es Mary Wollstonecraft, que destaca la curiosidad de los noruegos y la tozudez de los daneses y se enamora del paisaje sueco: “Todo me recordaba a la Creación, a los primeros escarceos de la lúdica naturaleza”.

Historias del norte, relatos, conquistas, leyendas, teorías: del viaje siberiano de Alexander Theodor von Middendorff, que hace frente a los espejismos, las corrientes del mar de Ojotsk y la nieve de los montes Stanovói, a la conciencia ecológica de Agnes Deans Cameron; de la reconstrucción de la mitología de los pueblos germánicos de Jakob Grimm a la reivindicación que hace Joseph Arthur de Gobineau de los germanos como creadores de la cultura de la Europa moderna. La instrumentalización cultural del norte vive un momento culminante con Richard Wagner, que extrae de los mitos escandinavos el material para sus óperas.

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Islandia, que genera un valioso acervo de escritos nórdicos antiguos y que ofrece fenómenos naturales insólitos, merece un capítulo propio en el libro, así como el interés por los vikingos de la Inglaterra victoriana y las expediciones árticas del siglo XIX. Las esencias, sagas, texturas y paisajes del norte encuentran difusión en postales y revistas, así como en los cuadros de Caspar David Friedrich o Carl Gustav Carus y en la música de Grieg y Sibelius.

Los aventureros apuntan al norte más remoto y a comienzos del siglo XX se produce una pugna entre Robert E. Peary y Frederick Cook: los dos se reivindican como el primer hombre en llegar al Polo Norte.

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Brunner apunta que “el norte mítico sigue teniendo buena prensa”. Desde mediados del pasado siglo ha reforzado su condición de foco de interés turístico, sociológico, científico y cultural.

Como cierre de su relato, el autor regresa al gabinete de curiosidades de Worm, que ha sido objeto de una reciente recreación tridimensional por parte de la fotógrafa Rosamond Wolff. “Un punto de referencia casi mágico que une los siglos”. Y que no oculta la sospecha de que, en ese espacio de imaginación y misterio en que se proyectan nuestros sueños y deseos, todos tenemos un norte personal e intraducible.