Con la excusa de glosar la capacidad de Francisco Franco para superar la adversidad, contener la frustración y encaminar toda situación negativa hacia el bien, la propaganda del bando rebelde en plena Guerra Civil no tuvo reparo en recordar una cualidad escatológica del bebé Paquito, su supuesta autocontención de los esfínteres: "A la incontinencia infantil pone dique con reflexión prematura", enarbolaban los apologetas. Dos décadas más tarde, el periodista y colaborador del CSIC Francisco Salvá y el comandante Juan Vicente, profesor de la Academia General Militar, destacaban la "inmensa" capacidad intelectual del dictador, que "creeríase que posee varios cerebros".

Ya en los últimos compases de la Transición, el falangista José María Fontana Tarrats, que en la posguerra había sido gobernador Civil de Granada, publicó una radiografía de Franco en la que dibujaba a un hombre dotado de un "espíritu de represión voluntaria tanto para manifestar sus sentimientos, como para exteriorizar sus necesidades sexuales". Un varón ajeno a los placeres de la vida, aunque con ciertos indicios de voyerismo: pese a su abstinencia respecto al alcohol, las drogas o el sexo, tanto en su época en la Academia de Toledo como en África, habría mostrado "una gran curiosidad por todo lo que sus compañeros habían hecho durante las noches de juerga".

Para el historiador Javier Rodrigo, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, estas imágenes hiperbólicas subrayan dos mitos fundamentales de la figura de Franco: su predestinación desde bien pequeño para alcanzar y permanecer en el poder y la idea de sacrificio, de martirologio personal, presente durante toda su vida. "Él mismo se considera un agente de la divinidad para la salvación de la patria. Acepta la responsabilidad que España le carga encima y Dios le pone en su camino", resume el investigador.

Desfile de la victoria, 19 de mayo de 1939. BNE

Rodrigo acaba de publicar Generalísimo (Galaxia Gutenberg), un ensayo original, vasto en fuentes y delirante —por las exageraciones que se han vertido sobre el personaje, claro— que recorre la biografía de Francisco Franco Bahamonde (1892-1975) a partir de la multiplicidad de denominaciones que generó su persona, desde el perfecto y humilde "aldeano gallego" al detestable "criminalísimo". Es decir, cómo su imagen real e imaginada se ha proyectado sobre la sociedad. "A través del estudio de las representaciones biográficas de Franco consigo acercarme a las peculiaridades de su poder. En cierta medida, el libro incide en la gran pregunta historiográfica sobre la larga duración del régimen", avanza el autor.

Una de las tesis principales de la obra, tildada de "metabiografía", es precisamente que las cuatro décadas de franquismo tuvieron mucho que ver con la idea que el propio dictador tenía de su persona como elegido por Dios. Pero ese caudillaje providencialista se esfumó con su muerte. "El desmontaje de la arquitectura de legitimación del régimen fue rápido, pero no el del aparato propagandístico y cultural", sintetiza Rodrigo, uno de los mayores expertos sobre el fascismo en España.

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Porque la propaganda fue el principal elemento que utilizó Franco para autolegitimar su propio régimen y reforzar su autoridad y su mesianismo. "Uno de los descubrimientos de este libro es la centralidad que tienen las biografías de Franco como género de literatura política, que nadie había estudiado como tal", explica el historiador. "Como acto de amor, respeto o reconocimiento hacia Franco, de manera consciente y voluntaria los biógrafos individuales deciden adscribirse a los parámetros y a la construcción de la propaganda franquista sin que nadie les empuje a ello". 

Más difícil de determinar resulta del grado de conocimiento que el dictador tuvo sobre estas obras."No creo que barbaridades que se dicen en algunas de las biografías pudiesen pasar sin la anuencia de Franco", opina Rodrigo. "En el Pardo no tenía biblioteca y en Meirás los libros eran los de Emilia Pardo Bazán. Según algunos hagiógrafos era experto en ciencias sociales, pero esto no está verificado por una fuente empírica válida. Algunos de sus conocidos decían que leía muy poco y que prefería cazar, pescar o ver el fútbol. Es difícil saberlo, pero creo que las de Joaquín Arrarás, Millán-Astray o Luis de Galinsoga sí las tenía que conocer porque eran amigos suyos".

Franco, en su última intervención en público antes de morir. DMAX

Generalísimo, que combina el trabajo de los retratos serios y profundos de Paul Preston o Enrique Moradiellos con la enumeración de anécdotas blanqueantes de los Rogelio Baón y compañía, desvela otra finalidad esencial de la propaganda: resaltar la presunta capacidad de superación del dictador para sobreponerse a complejos físicos —la fea voz o el insulso tono en público— y de la infancia —el abandono del padre o el golpe que supuso la pérdida de las últimas colonias en una ciudad de marineros como El Ferrol, su localidad natal—. "No son traumas, son desafíos, puestos por Dios en algunos casos, que tiene que afrontar y superar convirtiéndose en elementos configuradores de su personalidad y persona", destaca el catedrático.

¿Genocida?

Tras examinar más de medio centenar de biografías rimbombantes y críticas y de empaparse de su figura consultando otras fuentes más atípicas como la prensa rosa o la radio, Javier Rodrigo, autor de una obra pionera sobre los campos de concentración franquistas y varios estudios de referencia sobre la historia europea de la violencia colectiva, esboza el siguiente retrato de Franco: "Una persona bastante mediocre —no en el sentido peyorativo— en lo personal, muy ambicioso y con mucho éxito, a quien no se puede considerar derrotado; un hombre frío y distante, de escasos intereses culturales y de fuertes afectos personales, que creía en el carácter de predestinación para el poder que regía su vida".

Habla el historiador de cinco mitos principales, yuxtapuestos, que todavía hoy están enraizados en la mentalidad española contemporánea: "Uno, el de guerrero invencible de Marruecos; dos, la predestinación nacida tras convertirse en jefe del Estado; tres, el del padre de la paz interna y externa, el pacificador nacional en la posguerra y quien salva a España de la II Guerra Mundial; cuatro, el del desarrollismo, del agente del bienestar de los españoles: sale muy indemne de la autarquía cuando es una política económica desastrosa; y cinco, el de la mala muerte, el del abuelo feliz que se sacrifica, pone su cuerpo, su experiencia y su vida al servicio de los españoles".

Portada de 'Generalísimo'. Galaxia Gutenberg

Pero los mitos no encuentran su embrión exclusivamente en las fuentes adulatorias. Rodrigo subraya uno provocador y polémico: la imagen del dictador como gran represor y genocida. "Esto hay que matizarlo. Franco es jefe del Gobierno del Estado a partir del 1 de octubre de 1936, pero antes ha habido miles de asesinatos que no dependen ni de su poder ni de su capacidad de decisión. Es responsable del Ejército de Marruecos y de las políticas de ocupación a partir del 1-O, pero eso no lo convierte en agente omnipresente ni omnipotente".

¿Y por qué al caudillo se le colocaron tantos adjetivos y calificativos ridiculizantes en comparación con los otros dictadores del silgo XX? "Perteneciendo a la familia política europea de la contrarrevolución, y al menos en sus años iniciales del fascismo, es el 'jefe natural' cuyos rasgos físicos y de presencia pública son los menos masculinos en términos de construcción de un poder fuertemente masculinizado", responde el investigador. "Toda esa batería denigratoria basada en la voz aflautada, la adiposidad abdominal, la escasa estatura o la alopecia proviene del antifranquismo, de la propaganda republicana de la Guerra Civil que ya construye a Franco como el pequeño, melifluo y gordito criminal cuyo único interés reside en poner a España al servicio de Hitler y Mussolini".

Rodrigo reconoce que a la hora de abordar la figura de Franco está todavía presente en el debate público una visión maniquea, pero dice que queda la imagen de un dictador banal, de meme, para la nostalgia, la broma cruel y el sensacionalismo. "Buena parte de la sociedad identifica los roles o su figura a través de una serie de estereotipos heredados de la propia propaganda franquista y que de vez en cuando vemos en los grupos de WhatsApp", cierra. "Pero Franco está subsumido en la completa irrelevancia política de la que solo le sacamos los historiadores".