“Era el joven más guapo que haya conocido en mi vida”. Tennessee Williams es franco en sus memorias acerca de la impresión que le causó Marlon Brando la primera vez que lo vio, en 1947. El actor fue una apuesta de Elia Kazan, encargado de dirigir la producción escénica de Un tranvía llamado Deseo (cuatro años más tarde rodaría también él la película). Williams la suscribió de inmediato cuando le escuchó leer los parlamentos de Stanley Kowalski. Eso sí, deja clara una cosa: “Yo nunca he tonteado con actores”.



La abducción experimentada ante Brando por el dramaturgo, homosexual enfrentado a los prejuicios de su tiempo, es fácil de comprender. Un tranvía llamado Deseo lo convirtió en un icono erótico intemporal.

Su vigorosa anatomía, embutida en camisetas de duro menestral, tuvo un aliado idóneo para resaltar su atractivo: el calor húmedo de Nueva Orleans en verano, estación donde transcurre buena parte de la trama. Lamparones gigantescos de sudor en el tejido y los bíceps perlados. Un humano que se conduce como un animal y que suscita a su alrededor oleadas de deseo. Más que como un tren, habría que decir que Brando está como un tranvía.

La atribulada Blanche DuBois, de por sí voluble, no se puede sustraer a su torrencial primitivismo, de hombre que, cuando se le cruzan los cables, lanza la vajilla contra las paredes. Hablamos de una mujer criada con modales refinados y elegantes, pero Kowalski es mucho Kowalski.

Encarnada por Vivien Leigh en la famosa cinta, Blanche es la hermana mayor de Stella, la esposa del rudo currante de ascendencia polaca. Tras sufrir una crisis, de la que poco a poco se irán conociendo las razones, decide refugiarse en la casa de la pareja. Llega en mayo, como se apunta en la acotación de la primera escena. Es decir, cuando el bochorno en Nueva Orleans empieza a ser insoportable.

En la acotación de la séptima escena (el texto tiene once en total) se aclara que ya estamos a mediados de septiembre. Hemos atravesado lo peor del verano, un periodo durante el que los personajes sudan a chorros, beben con desesperado nihilismo existencial y discuten como hienas enjauladas.

Los ventiladores de techo aletean sin cesar en casas, boleras, bares… La temperatura no termina de bajar. Blanche, que con su presencia ha desequilibrado la sintonía conyugal previa, toma baños de agua caliente porque, dice, le calman los nervios. Kowalski se desespera. Lleva cinco meses con el aseo de su casa ocupado por una neurasténica con ínfulas de princesa de cuento. “Hacen treinta y ocho grados justos y a ella no se le ocurre otra cosa”, le espeta a Stella.



Está harto. Una mezcla de repulsión y deseo, fermentada en un estío a la vera del delta del Misisipi, acabará estallando en el salvaje final. “¡Desde el principio teníamos esto pendiente!”, le gritará Kowalski a Blanche una vez desembride a la calenturienta bestia que lleva dentro.

La película de Elia Kazan puede verse en HBO Max. El texto de Un tranvía llamado Deseo está publicado en Cátedra junto a El zoo de cristal.