La de los Machado es otra de esas familias españolas que dinamitó la Guerra Civil. Pero, claro, no una cualquiera, por su proyección social y literaria. Los dos hermanos escritores, Antonio y Manuel, acabaron enfrentados, a pesar de haber compartido en la infancia ese evocador ‘patio de Sevilla’ del célebre poema y haber firmado conjuntamente éxitos teatrales como La Lola se va a los puertos. El primero se mantuvo fiel a la República hasta su muerte. El segundo, al que el estallido de la guerra le pilló en Burgos (en una visita con su mujer a la hermana monja de esta), abrazó la causa nacionalcatólica encabezada por Franco. Esta ruptura fratricida es una herida de nuestra historia que Alfonso Plou (autor) y Carlos Martín (director), líderes y fundadores de la compañía Teatro del Temple, intentan cicatrizar a partir del próximo jueves, 13, sobre el escenario del Teatro Fernán Gómez, con el montaje Los hermanos Machado.

Ambos dejaron de hablarse por sus divergencias ideológicas pero intentaban saber el uno del otro durante la contienda. Manuel se acercó a Colliure cuando supo de la muerte de Antonio. Allí se topó con el hieratismo hostil de José, tercero de los cinco hermanos, que no le dirigió la palabra. Una escena que da la medida exacta de las grietas abiertas en el seno familiar.

Una casa antes del 36

La obra de Plou se sitúa en el momento en que Manuel regresa a Madrid tras ese trance amargo, a la casa donde vivía el autor de Campos de Castilla. Era en realidad la de José y su mujer Matea, donde estos criaban a sus tres hijas y donde también se aposentó la matriarca del ‘clan’ en disputa, que murió asimismo en Colliure solo unos días después de Antonio. “Este siempre tuvo una habitación con cama y mesa de despacho en este domicilio. Iba casi todos los fines de semana desde Segovia. Pero ya en tiempos de la II República consiguió trasladar su plaza de maestro a Madrid y se instaló de manera permanente”, aclara Plou con rigor documental. De allí saldrían todos en el 36, persuadidos por León Felipe y Rafael Alberti, cuando Madrid parecía a punto de caer.

Adentrarse en esa casa causa una aguda aflicción a Manuel, que viene roto de Colliure. Pero el arte opera el milagro: Antonio, espectral pero redivivo, se aparece frente a él. La posibilidad del reencuentro (¿de la reconciliación?) se abre. La conversación se embala, con escalas en la niñez sevillana, los amoríos del uno y el otro, la juventud bohemia con pretensiones modernistas, los taquillazos escénicos, la familia, la guerra, la muerte… Ese Antonio renacido es, según Carlos Martín, “alguien diferente al Antonio más conocido, marcado por los tres años de guerra. Es más combativo, muy comprometido con la defensa de la República, está delgado y ha envejecido con las preocupaciones. Al mismo tiempo, guarda una fuerte conciencia sobre el valor de lo vivido y los problemas del país”. Pronto queda claro que se echaban mucho de menos, lo que ayuda a ir disolviendo su enroque inicial.

""Los personajes femeninos son la gasolina de esta historia: Lola Membrives, La madre...". Carlos Martín

Mención especial merece, tratándose de un montaje escénico, el tiempo de la conversación que le dedican al teatro, que tantas alegrías les dio. Aunque es cierto que esa veta suya hoy está desaparecida de la cartelera. “Ha envejecido mal, mucho más que su poesía. Pero supuso un intento de renovación escénica en algunos casos y un éxito popular en otros. En la obra se refleja el éxito que tuvo La Lola se va a los puertos por sus connotaciones políticas. Cuando se celebraron las 100 funciones, al evento acudió el dictador Miguel Primo de Rivera y fue prologado por su hijo José Antonio en una de sus primeras apariciones públicas”, apunta Plou.

El Teatro del Temple, compañía nacida en 1994, está especializada en este tipo de ‘renacimientos’ de figuras señeras de la cultura española. Lorca, Dalí, Buñuel, Picasso, Goya… han revivido en sus montajes. Incluso se atrevieron, con texto de Santiago Sánchez, a recorrer sobre las tablas el mismo itinerario que permitió a España, monitorizada por Adolfo Suárez, pasar de la dictadura de Franco a nuestra actual democracia. Lo hicieron en Transición, considerada en 2012 como la mejor obra del año por El Cultural. “A través de todos ellos reflexionamos sobre la amistad, el amor, el arte, la enfermedad, la política y siempre, siempre, el paso del tiempo”.



No es una casualidad que justo ahora hayan reparado en la tragedia de los Machado. En una España convulsa y propensa, de nuevo, a la división en dos grandes bandos antagónicos, la conversación escenificada por el Teatro del Temple se erige como un modelo para destensar los ánimos y entender al ‘otro’, en aras de una convivencia pacífica. O, al menos, civilizada. “Todos sabemos lo que es un diálogo que no pudimos tener, una despedida que no pudimos dar. Por esto decimos que es un diálogo sanador y que a través de la cultura podemos encontrar nuevas vías a la reconciliación y al despertar de las conciencias”, añade Carlos Martín, que, aparte de dirigir, encarna a Antonio, mientras que Félix Martín se encarga de Manuel.

Entre ambos se mueve la actriz Alba Gallego, pluriempleada en varios papeles femeninos. Ocho en total. “Son la ‘gasolina’ de la historia”, comentan al unísono sus artífices. Se trata de mujeres fuertes y determinadas que tuvieron una influencia capital en ambos hermanos: Paca, la sirvienta; Eulalia, la mujer de Manuel; Leonor, la joven esposa de Antonio; Lola Membrives, la actriz de La Lola se va a los puertos; Ana Ruiz, su madre; Matea, la mujer de José Machado; y Pilar Valderrama, el amor platónico de Antonio. Y por último la Lunares, personaje ficticio que toman prestado para hacer un homenaje a Valle Inclán. Todos ellos ‘habitan’ una escenografía esencial: cama, escritorio, sillón y, como ingrediente metafórico, el mapa de España en el fondo y en el suelo, del derecho y del revés. El toque contemporáneo lo aporta“una cortina de lamas plásticas a través de la cual aparecen los personajes que no vienen de la realidad sino del pasado o de un presente más ideado que material”, aclara Martín. Un pasado al que jamás debiéramos regresar. Un presente que nos toca mejorar. Golpe a golpe, verso a verso. Y también, por supuesto: obra a obra.

@alberojeda77