Vida de Galileo ha pasado en numerosas ocasiones por nuestros escenarios. Desde la Transición hasta nuestros día, la obra de Brecht ha sido interpretada en nuestras tablas como un canto a la libertad de creación. De Emilio Romero a L'Om Imprebís y de Maurizio Scaparro a Bieito, cada montaje ha aportado algo nuevo al texto del autor alemán.

José Osuna y Emilio Romero. 1976

Las hábiles manos de Emilio Romero convirtieron la obra de Bertolt Brecht en una pulcra versión de extensión reducida y con un ritmo colquial y fluido. José Osuna dirigió este montaje que contó con Ignacio López Tarso para encarnar al científico y con la música original de Hans Eisler, compositor y amigo del autor alemán que trabajó en varias de sus obras. Osuna la estrenó en el Teatro Barceló de Madrid y consiguió transmitir la madurez con la que fue concebida.



Grupo Internacional de Teatro. 1979

"Dar a los hombres el gusto de la libertad y no de la eternidad". Estas palabras de la obra guiaron el montaje del Grupo Internacional de Teatro (GIT), que la presentó en la Sala Olimpia, emplazamiento de Lavapiés sobre el que se construyó el Valle-Inclán del CDN y donde, casualidades, se estrenará la versión de Ernesto Caballero el próximo 29. GIT respetó con devoción la propuesta de Brecht y reforzó su discurso con una escenografía que la conectaba con las turbulencias políticas de la época.



Maurizio Scaparro y el Teatro Di Roma. 1989

El Festival de Otoño (y entonces su sede, el Teatro Albéniz) acogía esta propuesta de Scaparro, que impregnaba Madrid con un Galileo menos épico y más centrado en sus vicisitudes existenciales. El director italiano apuesta por un método clásico de narración, convirtiendo a Pino Micol en un científico atormentado en medio de una época atormentada mediante una puesta en escena dominada por una gigantesca estructura esférica convertida en claustrofóbico astrolabio de su condena.



Calixto Bieito. 1996

Una muestra de que representar el Galileo de Brecht no es un camino de rosas. Lo comprobó Calixto Bieito llevando al personaje hacia su lado más humano y ofreciendo una versión en la que un excesivo Carles Canut figuraba como cabeza de cartel -no en vano se comprometió personalmente en llevarla a cabo- y en la que brilló de manera especial el inquisidor Pep Tosar. La escenografía de Antonio García trasladó la acción a un hemiciclo que podría ser un lugar de encuentro, de enseñanza, de debate...



L'Om Imprebís y Santiago Sánchez. 1999

Decía de este montaje el añorado crítico teatral Enrique Centeno que rezumaba sinceridad, sensibilidad e imaginación. Y no sorprende porque la química producida por L'Om Imbrebís y Santiago Sánchez suele dar resultados de gran altura. Como la interpretación de Vicente Cuesta o la impagable traducción de Miguel Sáenz, que nos regaló su ya famosa "Florencia va bien". Montaje histórico, austero pero muy efectivo, que merece la pena ser recordado por su pasión, rigor y belleza.



@ecolote