Albert Boadella y Arturo Fernández durante un ensayo. Foto: Owain Shaw.

Albert Boadella vuelve a meter el dedo en el ojo de la progresía. Ahora ha urdido una reivindicación escénica del Tenorio y sus divisas: audacia, elegancia y galantería. En Ensayando Don Juan, que estrena este jueves en el teatro del Canal, echa mano de Arturo Fernández, fijado en el inconsciente popular como el eterno seductor. Contra el cliché que descalifica al personaje como un mito machista, el director ofrece su irreverente versión.

Albert Boadella ha preparado otro polvorín escénico en los Teatros del Canal. El año pasado volaron banquetas y las jarras en las trifulcas entre seguidores de Verdi y Wagner, que se aprestaban a conmemorar por todo lo alto el bicentenario del fallecimiento de sus respectivos tótems musicales. Esta temporada la tensión sobre las tablas late entre dos generaciones de actores con criterios interpretativos y vitales encontrados. Todo se encona a partir de los ensayos de un montaje de Don Juan. Una joven directora, decantada hacia un terco feminismo, pretende montar un Tenorio antimachista. Actores de su franja de edad la secundan en ese empeño ridículo. Pero da un paso en falso que torpedeará todo sus planes. Para encarnar al Comendador Don Gonzalo ficha nada menos que a Arturo Fernández, que se incorpora arrastrando un extenso historial de seductor impenitente y unos modales caballerosos que a ojos de sus compañeros de elenco están anclados en el Medievo.



Son diversos y variados los juegos que plantea el fundador de Joglars en esta pieza. Estamos ante un espectáculo que contiene teatro dentro del teatro. "Ando bastante liado. Está siendo un trabajo muy difícil. Hay que tener en cuenta el esfuerzo de interpretación que supone esta propuesta. Los actores interpretan a los personajes de Zorrilla, pero al mismo tiempo hacen de actores embarcados en unos ensayos y de personas con sus problemas y conflictos íntimos", explica a El Cultural en un hueco entre sus atosigantes quehaceres artísticos y de gestión de los Teatros del Canal. Por otra parte, choca de entrada ver a Arturo Fernández encajado en la piel del comendador y no en la del burlador. "Es que es un Don Juan dentro de Don Juan".



A Boadella una productora le propuso montar el clásico de Zorrilla. Su idea era presentar a tres don juanes de diferentes edades a lo largo de la representación. No le convenció del todo. Hasta que se le encendió la bombilla. "Hombre, si lo hiciéramos con Arturo Fernández esto tendría más miga", planteó. Al final se arremangó él mismo. Habló con el actor asturiano y éste se lanzó a la piscina. "Es un reto para los dos pero en particular para él. Este papel tiene muchos riesgos y se la ha jugado sin necesidad. Yo siempre le he tenido mucho respeto y una gran admiración. Él es de esos actores que ha hecho el auténtico teatro popular en nuestro país. Nosotros, los de la generación de los progres, con gente como Pina Bausch o Peter Brook, decíamos que queríamos llegar al pueblo y lo que en realidad hacíamos era teatro burgués para burgueses". Acto seguido matiza en lo que respecta a Joglars: "Bueno, nosotros empezamos en esa línea progre pero al final venía a vernos muchísima gente".



Boadella se embala con los elogios hacia Arturo Fernández: "Es de esos actores que cuando pisa el escenario ya no puedes dejar de estar pendiente de él. Tiene un sexto sentido para conectar con los espectadores. Me ha costado mucho colocar a su lado a actores jóvenes que no se los terminase comiendo sobre las tablas". A Doña Inés la encarna Sara Moraleda. A la directora obsesionada con acreditar la caducidad del mito de Don Juan, Mona Martínez. Y la responsabilidad de insuflar credibilidad al icónico galán recae en David Boceta, aunque en esta versión de Boadella el galán no pasa de pisaverde. No es rival para Arturo Fernández, que de hecho le acaba levantando a su chica, precisamente la actriz que interpreta a la ingenua novicia. A su juicio, cuando Arturo Fernández caiga en batalla la escena española sufrirá un fin de race: "Hoy día es insustituible. Antes estaban algunos otros, pienso en Paco Rabal, en José Sancho, en Alberto Closas..., pero ya se han ido".



Llama la atención la querencia de Boadella por Don Juan. Él, autor de las emblemáticas y polémicas Teledeum o Ubú president, vive felizmente casado desde hace siglos. "La verdad es que yo no he cultivado el donjuanismo. Me da un poco de pereza: conlleva mucho trabajo", afirma entre risas. No es tampoco este Ensayando Don Juan una exaltación de su leyenda: "Esta conducta, tomada en serio, es un patología que denota una insatisfacción perpetua y la imposibilidad de establecer relaciones sentimentales sólidas". Pero no deja sentir debilidad por el burlador sevillano, sobre todo por su talante pícaro y aventurero, cifrado en los célebres versos: "Por donde quiera que fui, / la razón atropellé /la virtud escarnecí,/ a la justicia burlé / y a las mujeres vendí./ Yo a las cabañas bajé, / yo a los palacios subí, /yo los claustros escalé / y en todas partes dejé / memoria amarga de mí". Un trilero capaz de regatear al demonio in extremis, cuando éste pretende llevárselo a pagar sus culpas en el purgatorio. Le basta admitir un "punto de contrición" para librarse de las calderas y acabar en los brazos de Doña Inés, ya en los dominios de ultratumba. "Muchos de los estafadores profesionales de la Administración deben de tener al Tenorio de Zorrilla como ejemplo. Pensarán que con un poco de arrepentimiento en el último minuto se escaquearán del castigo divino".



A Boadella la etiqueta de teatro didáctico le repatea pero lo cierto es que se aprecia una vocación ilustradora en buena parte de sus obras. Uno sale de ellas con la impresión de haber ahondado en figuras como Pla, Dalí, Amadeu Vives, Wagner, Verdi... "La verdad es que el teatro ha tenido siempre esa vocación. Pone al espectador frente a los vicios y virtudes de su época. Huyo del moralismo pero lo que sí me gusta es que mis aportaciones tengan un impacto positivo: que el público salga con la sensación de que los problemas se pueden arreglar. No me gusta el teatro que deprime". Aunque para eso ya tiene la realidad. En concreto, la realidad política catalana y su deriva independentista: "El nacionalismo secesionista se ha convertido en una religión laica. Es la fe la que lo domina y lo impulsa. No queda margen para la razón. Yo creo que no muy tarde llegará una generación que a los responsables de esta situación les hagan unos juicios de Nuremberg. Y les digan claramente que están saturados de banderas, de adoctrinamiento, de proclamas. Igual que la mía acabó harta de Franco, de la Falange, del Movimiento y de la madre que los parió a todos".