Ensayo de Il finto sordo, que luce escenografía de Paco Azorín, que también dirige el montaje. Foto: Dolores Iglesias

La elegancia en las melodías y el dominio de la escritura para el canto son rasgos de la ópera de Manuel García que rescata, como ya hizo con Le cinesi, la Fundación Juan March. La estrena este lunes 6 en su sede madrileña.

El Teatro de la Zarzuela y la Fundación March, apoyados por la ABAO, se unen otra vez para una nueva aventura del llamado Teatro Musical de Cámara, protagonizada en este caso por Il finto sordo (1831) de Manuel García, de quien hace dos años se representó también en la sede de la entidad privada Le cinesi. La obrita que ahora se rescata es la quinta de las partituras de salón escritas por el ilustre artista, que supo condensar en ellas todo un cúmulo de conocimientos y reglas del canto más depurado, en la línea aplicada por otros insignes músicos como Cimarosa, Mozart y Rossini.



A la hora de escribir sus obras escénicas, el compositor, cantante, maestro y tratadista sevillano tiraba de sus amplios conocimientos del arte del canto: estaba al tanto, como testigo e intérprete de excepción, de todas las técnicas y usos que derivaban de una curiosa fusión del estilo español, el de los tonadilleros y actores -él mismo lo era-, con el aplicado a la ópera cómica francesa y a la ópera seria, semiseria o bufa italiana, en la que primaba generalmente un depurado belcantismo. Después de todo, García había llegado a conocer, en 1811, a Giovanni Ansani, un viejo tenor, antiguo discípulo de Porpora. Es cierto que el español no tenía el genio de los citados Mozart o Rossini, pero conocía desde dentro el métier. En su escritura admiramos la limpieza de trazo, la claridad de la exposición, la finura del dibujo, la voluta de la línea vocal y la elegancia de la melodía. Sus construcciones, dúos, tercetos y distintos conjuntos, nos informan de las bondades de su trabajo sobre un libreto al uso en el que las situaciones tienden a ser estáticas y a veces la música no consigue agilizarlas, por mucho que la vocalidad brille a alturas indudables.



En todo caso se promete una muy divertida sesión de la mano del incansable pianista-director Rubén Fenández Aguirre, especialista en este jugoso repertorio, que sin duda sabrá dar forma a la epidérmica y convencional anécdota -emparentada lejanamente con la de El viaje a Reims de Rossini- que ilustra música tan galana y que cuenta, en el marco de un abarrotado alojamiento parisino, los prolegómenos de la boda entre la joven Carlotta y el viejo pero rico Don Pagnacca. Todo se complicará con la llegada del Capitano, un joven enamorado de Carlotta que finge ser sordo para unirse a la muchacha. Desde ese momento se suceden los enredos, malentendidos y confusiones que pondrán en ridículo al petulante Don Pagnacca y harán brillar el ingenio del militar. Al final, y siguiendo los cánones de la comedia burguesa, el amor acabará imponiéndose sobre las cuestiones económicas, y la joven podrá casarse con el pretendiente de su elección. Como cabía espera, naturalmente.



Guiño a la commedia dell'arte

Se ha confiado esta vez la dirección de escena al multidisciplinar Paco Azorín, encargado asimismo de la escenografía e iluminación y que traslada la acción a la recepción de un hotel en la década de 1920 e incluye guiños a la tradición de la commedia dell'arte, lo que puede ser un divertido hallazgo. Por la escena corretearán, bajo su mando, y se atendrán en lo musical y vocal a los dictados de Fernández Aguirre, seis jóvenes cantantes españoles de valía, con tres buenos y bien diferentes barítonos líricos al frente: Gerardo Bullón, César San Martín y Damián del Castillo. De lo mejor que tenemos en esa cuerda. Junto a ellos, una gentil soprano ligera, Cristina Toledo, y una asentada mezzo lírica, Carol García. Y el actor Lobby Boy.