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Valeria Castro ha titulado las canciones de su último disco en minúscula. Como una declaración de intenciones o por una simple cuestión estética, lo cierto es que la artista canaria transmite en vivo esa sensación de cercanía ortográfica. Lo demostró este viernes, 9 de enero, en el Movistar Arena de Madrid.

El recinto, con 9.000 butacas vendidas, se convirtió en una fiesta íntima sin perder la perspectiva de las grandes ocasiones. A pesar de lo que pudiera sugerir la coyuntura, no hubo estruendo ni grandilocuencia, sino algo incluso más difícil de sostener: grandes dosis de lo que algunos han llamado “la revolución de la ternura”.

Durante dos horas, Valeria Castro transformó el pabellón en un espacio doméstico. El folclore se volvió nana y la emoción compartida desplazó al espectáculo entendido como artificio. Tirando de una entrega genuina y de una voz que transforma la fragilidad en fortaleza, la cantante hizo lo que sabe hacer de forma sobresaliente: arrullar con sus letras, deleitar con una amplia horquilla de sonidos y crear una hermandad donde sobran las espinas.

Y no se conformó con eso: consciente de la oportunidad, se reservó sorpresas, se explayó en agradecimientos e introducciones y desprendió esa aura intangible que sólo las personas con un toque especial saben cargar con ligereza.

La noche arrancó con ‘la soledad’, un tema que resumía bien el espíritu y el formato del concierto: despojar para quedarse con lo esencial. De blanco, acompañada por teclados, percusión y viento, esta joven de 26 años tiró de una familiaridad que no abandonaría en ningún momento.

La cantante y compositora Valeria Castro durante el concierto que ha ofrecido hoy viernes en el Movistar Arena de Madrid. EFE

En ‘tiene que ser más fácil’ la velada parecía avanzar con cuidado, como si no quisiera romper el silencio reverencial que ya se había instalado entre los asistentes. “Soy Valeria Castro y supongo que se imaginan lo feliz que me siento de estar aquí. Voy a pensar que estoy con 9.000 amigos”, dijo a continuación, rebajando de golpe la distancia entre escenario y grada.

‘honestamente’ se alzó como una plegaria laica, seguida de ‘parecido a quererte’. Ambas, con una interpretación contenida, sin aspavientos, que reforzaba la convicción de estar asistiendo a algo más cercano a una charla que a un espectáculo multitudinario. El eje de la noche era ‘El cuerpo después de todo’, álbum que da nombre a la gira.

“Aquí estamos, presentando mi segundo disco, uno que de alguna forma me ha salvado la vida”, explicó. “Escribí lo que sentía antes de poner una melodía. La música es la que permite que nos salgan aquellos dolores, aquella presión que nos hace sentir el cuerpo más vulnerable”, añadió, aludiendo al corte que encabeza la producción.

“Me dolía especialmente escucharla durante la baja laboral”, afirmó. Se refería a la pausa de unos meses que se tomó el año pasado. Ese alejamiento del público por “agotamiento físico y mental” vino precedido por pérdidas en su entorno y una criticada actuación en Operación Triunfo. “De ahí nació también la necesidad de crear algo amable que te recuerde que no estás sola”, apostilló antes de interpretar ‘el cuerpo después de todo’.

El recital ya ganaba mimbres de cena entre colegas: le caían piropos que ella contestaba espontáneamente, se improvisaban aplausos o se reprimían silbidos. En ‘debe ser’ aumentó el paisaje sonoro con la presencia de mariachis, dándole color sin romper la coherencia del conjunto.

Tocando al piano ‘Techo y paredes’ incidió en hablar del cuerpo, de nacer semillas, de no conformarse. Y con ‘Cuídate’ o ‘Poquito’ exprimió el cariño y el consuelo mientras aprovechaba para alabar a sus compañeros. Uno de los instantes más conmovedores llegó con ‘devota’. Bajo un foco desnudo, usando la guitarra de cajón, Valeria Castro se ganó una ovación de más de un minuto. Fue entonces cuando la idea de ternura dejó de ser un concepto abstracto para transformarse en experiencia material.

La cantante y compositora Valeria Castro durante el concierto que ha ofrecido hoy viernes en el Movistar Arena de Madrid. EFE

“Subirse al Movistar Arena no es tarea fácil, y menos sola. Pero soy parte de este público. Hace tiempo que decidí escribir para honrar”, insistió, dedicándole unas palabras a su madre y a su abuela, las dos mujeres “más importantes” de su vida, también a “quien está librando una gran batalla o para toda la que la necesite”.

‘Guerrera’, una canción adelantada en redes y surgida tras ese receso profesional, reforzó la noción del cuerpo como límite y como territorio político. En el ecuador, asombró con la bienvenida a Aida y Olaia, de Tanxugueiras. Juntas, como un “matriarcado”, entonaron a coro y pandereta 'Hoxe, mañá e sempre’. Pero aún quedaban sobresaltos. “Este es el hito más grande de mi carrera”, subrayó, recordando todo “lo que ha pasado”. Ella, agregó, empezó versionando a otros.

Y aunque no suele incluir repertorio ajeno, las circunstancias demandaban una excepción. Eligió ‘El universo sobre mí’, de Amaral, que la resucitaba “cuando tocaba fondo”. Con la primera estrofa diluyéndose entre suspiros, apareció Eva Amaral y Madrid rugió. Tal era el clamor que la autora original tuvo que respirar para sofocar las lágrimas y arrancar con la letra.

‘Abril y mayo’ o ‘sobra decirte’ consolidaron un cierre cargado de verdad, sin imposturas. Hasta que puso el broche con ‘La raíz’, por la que la nominaron al Grammy Latino en 2023.

No podía bajarse del escenario sin homenajear a su tierra, La Palma, “una isla fuerte y resiliente”. El éxito derivó en cumbia, baile y celebración con ‘sentimentalmente’, un adiós inundado de afecto. Valeria Castro se despedía de Madrid caldeando los corazones, meciendo ansiedades, levantando sonrisas. Y eso, en estos días social y climáticamente gélidos, es una proeza digna de escribir en mayúsculas.