A Gustavo Gimeno (Valencia, 1976) la llamada de El Cultural le pilla en Cerdeña, isla en la que, por influjo de su mujer italiana y de su maestro Claudio Abbado, que tenía casa en Algero, pasa unos días todos los veranos. Pero no responde desde la tumbona en la playa sino después de quitar la vista de las múltiples partituras que anda estudiando. “Nunca tomo vacaciones al 100 %”. No extraña. En los últimos cuatro años su carrera se ha disparado. Alterna la titularidad de la Sinfónica de Toronto y la Filarmónica de Luxemburgo (un pie, pues, en cada continente), además de mantener una fluida relación como director invitado con otras muchas orquestas, incluida la Concertgebouw de Ámsterdam, donde se curtió como percusionista. La Filarmónica de Berlín, por otra parte, le ha citado para octubre. Y desde España, donde antes apenas existía, no paran de lloverle propuestas. Así que playa, lo justo.



Pregunta. Hace doblete en los dos festivales más prestigiosos del norte de España, junto a Yuja Wang, vieja compañera suya. Buen plan para el verano, ¿no?

Respuesta. Sin duda. Creo que Yuja es la solista con la que más conciertos he hecho. Siempre lo pasamos muy bien haciendo música. Era un plan que teníamos previsto para el año pasado pero lo importante es que se pueda llevar a término finalmente. Así que, paradójicamente, será un placer interrumpir las vacaciones.



P. En ambas plazas dispensará el Concierto rumano de Ligeti, que es por cierto una pieza que estará en el programa trazado para su debut con la Filarmónica de Berlín. ¿Cómo se gestó este encuentro?

R. Pues como cualquier otra colaboración en realidad. Creo que sus responsables asistieron a uno de mis conciertos con la Concertgebouw tras el lockdown y me extendieron la invitación. Fue una gran noticia en un momento en el que las malas se encadenaban.



P. Usted ya ha dirigido a muchas de las grandes orquestas mundiales. Aun así, ¿se siente algo especial cuando los berliner llaman a la puerta?

R. No cabe duda de que hay una serie de orquestas y de salas que están a un nivel superior, y la Filarmónica de Berlín es una de ellas, claro. Supone una ilusión aparejada a una responsabilidad tremendas. Pero, bueno, ya que ha sucedido esto en mi vida, voy a poner en práctica el consejo que me dio un amigo: sobre todo, disfrútalo.



P. En atriles, amén del Concierto rumano, habrá menú muy ruso: Prokófiev (Segundo concierto para violín) y Rimski-Kórsakov (Sheherezade). ¿Qué se propone ‘narrar’?

R. Pues teniendo ahí Sheherezade realmente es un concierto muy de storytelling. Los programas no suelen confeccionarse de cero a cien en unos segundos. Se arman como puzles, viendo qué le va bien al solista en la primera parte, qué obra tiene luego conexión para la segunda, qué le motiva y domina el director y la orquesta… Muchas piezas. No nos propusimos que fuera ruso pero salió así: una narración con la voz del violín en todas las obras como hilo conductor. No olvidemos que el concertino es la voz de Sheherezade.

Con la firma de Bieito

P. Con Prokófiev también debutará en el Teatro Real. El ángel de fuego es una aportación jugosa, apenas trillada.

R. Sí, de hecho Matabosch me comentó que en España todavía no se ha escenificado. Por eso es un acontecimiento: una obra importante de un compositor importante sin estrenar. Y con la firma de Calixto Bieito en la escena. Yo esta obra no la conocía a fondo pero a Prokófiev sí lo he trabajado con asiduidad, así que me lancé de cabeza a la primera. Prokófiev no la escribió porque se la encargara ningún teatro y le dedicó muchos años, algo que da prueba de lo personal que es este trabajo en el que tienen mucha importancia los territorios ocultos de la psique. Es muy sarcástica, punzante, rítmica y colorista, rasgos que siempre idóneos para la ópera.



P. En 2016 decía que de España no le llamaban. Ahora le llaman de todas partes y de todo el mundo, incluido su país. ¿Está llegando al punto de sentir cierto agobio?

R. No, no, en absoluto. Mantengo una comunicación muy clara con las orquestas que me invitan y atiendo lo que puedo. Hasta 2025 me debo básicamente a Toronto y Luxemburgo. No tengo muchas colaboraciones previstas, porque no es posible físicamente estar en tantos sitios y porque para estar a la altura en cada concierto hay que estudiar mucho. Me da pena pero tengo que decir muchas veces que no. Sí que estoy muy contento de ir al Real, como lo estuve antes de la pandemia en el Liceo y el Palau de les Arts, y también de hacer una gira en enero con la Filarmónica de Luxemburgo por Madrid, Zaragoza y Canarias. Venir a España implica una presión extra pero también un orgullo.

“Cuando Matabosch me propuso 'El ángel de fuego', me lancé. es sarcástica, punzante y colorista. rasgos idóneos para la ópera”

Al Palau de les Arts, el coliseo lírico de su ciudad natal, volverá en diciembre, pero para brindar un concierto sinfónico con la Orquesta de la Comunidad de Valencia, que en su día ahormaron batutas de relumbrón como Lorin Maazel y Zubin Mehta, y que acaba de fichar al neoyorquino James Gaffigan. Tendría sentido que a medio plazo, sin embargo, esa titularidad cayera en manos de Gimeno. Él, prudente, que es lo que toca, no quita ni pone rey: “Bueno, quién sabe… Eso es entrar en el mundo de la especulación, que a poco nos lleva. Es una orquesta fantástica, que ha sido dirigida por muy grandes directores y que ahora acaba de nombrar a un nuevo titular. Sus planes van fructificando. La temporada programada por Iglesias Noriega [director artístico] es excelente, más allá de lo sinfónico y lo operístico”.



P. De Valencia también es Francisco Coll, el compositor del que acaba de lanzar el disco con varias obras suyas, incluida Four Iberian Miniatures. ¿Cómo se encontró trabajando con el sustrato flamenco de esta pieza?

R. Coll es un mago, cada obra suya tiene orígenes y atmósferas diferentes. En Four Iberian Miniatures consigue que el folclore español esté todo el tiempo presente, lo notas, sabes que es algo familiar, pero lo desfigura y lo maquilla, y así lo conduce a un nuevo marco.



P. ¿Qué balance hace hasta ahora de su etapa al frente de la Sinfónica de Toronto?

R. Fue una orquesta con la que sentí amor a primera vista. Conecté desde el primer ensayo, también con la ciudad, que es como a mí me gustan las ciudades: grande, activa y cosmopolita. Es un colectivo refinado, con cultura y gusto. Y excepcional nivel. El balance está condicionado por la pandemia. En Ontario sufrimos unas restricciones muy severas, nada que ver con España. Así que hemos tocado poco todos juntos. Esperamos que la próxima temporada lo podamos hacer con regularidad, allí esperamos a figuras como Perianes, Trifonov, Kopatchinskaja… Tenemos preparado un crescendo de menos a más en músicos en escena y solistas internacionales que terminará con la Novena sinfonía de Beethoven, por su mensaje.



P. ¿Cambia mucho su manera de trabajar en Toronto con respecto a Luxemburgo?

R. Sí, hay diferencias culturales importantes. En Norteamérica se ensaya menos. Los músicos acuden al primer ensayo con mucho trabajo avanzado. Son muy eficaces. En Europa nos lo tomamos con más relajación, algo que también es bueno para la música. Pero ver que se consiguen resultados de calidad en poco tiempo es muy gratificante. Aquí también se trabaja más con equipos, compartiendo y contrastando puntos de vista. Allí esperan del director musical que abra el camino, que tome decisiones que van más allá de elegir compositores y solistas.



P. ¿Salirse de la música para liderar, por ejemplo, campañas de recaudación de fondos para atraer mecenas le resulta enojoso?

R. Es algo que se asume cuando vas a dirigir una orquesta en Norteamérica. Y el que no lo sabe lo aprende rápido. El frente institucional es muy importante. A mí me gusta tener un pie en ambos mundos, de todo se aprende.

Adiós al percusionista

P. Antes de San Sebastián, tiene dos conciertos en la Concertgebouw. ¿Cómo es su relación actual con la orquesta que fue su casa.

R. Muy buena. Vivo a un paso de la sala y Ámsterdam sigue siendo el sitio donde voy cuando estoy libre. Es la orquesta que mejor conozco del mundo. Pero la relación es cada vez más profesional, entre un director invitado y una orquesta. Ya se ha quedado al margen que fui uno de sus instrumentistas. Está bien así.



P. La pandemia truncó, como decía, la primera temporada de su cosecha en Toronto. ¿Cree que la música se recuperará de tanto destrozo?

R. Ha habido lecciones importantes. Yo, cuando en su momento nos decían las distancias a las que debían situarse los músicos entre ellos, pensaba que iba a ser imposible hacer música así. Y luego hemos hecho muy buenos conciertos, nos hemos acostumbrado, casi. La necesidad de comunicar el arte se ha abierto paso siempre. Todo esto nos ha hecho muy conscientes del valor social de la música y del privilegio de interpretarla. Ahora vamos a los ensayos con una ilusión muy especial. Antes solíamos decir, para motivarnos, que debíamos tocar como si fuera el último concierto de nuestras vidas. Ahora lo sentimos de verdad.

@alberojeda77