“Todo es muy confuso hoy por el chirimbolo ese”. ¿El chirimbolo? ¿Se refiere al coronavirus? “Sí, lo llamo así por no llamarle otra cosa peor”, dice a El Cultural Luis de Pablo (Bilbao, 1930), al otro lado del teléfono. Está en su casa, en el centro más castizo de Madrid, protegiéndose del maldito -recogemos el guante- 'chirimbolo'. Es lo que toca con 90 años, qué remedio. El peligro es alto. También la frustración por el encierro, que le impedirá, por ejemplo, recoger este viernes el León de Oro con el que le ha reconocido la Bienal de Venecia por su rica hibridación de los lenguajes musicales de vanguardia. Un galardón que también lucen en su currículum figuras como Steve Reich, Luciano Berio y George Benjamin. “Me lo van a mandar, el león, vendrá en una caja”, explica, contrariado. Una pena dentro de una alegría.

La relación del compositor bilbaíno con la ciudad de los canales se estrecha así todavía más. “He ido muchas veces a la Bienal. Mi música ha sido programada en múltiples ocasiones allí. Este premio es una manera de coronar todas esas visitas”. Es curioso que una de las últimas piezas que ha estrenado, en la Fundación Juan March, estaba precisamente inspirada en Venecia. Nació -explica- de un libro de Brodski, Fundamenta degli incurabili, donde cuenta su primer viaje a Venecia. Llegó en invierno y no paraba de llover. La ciudad estaba vacía y no hablaba italiano. Fue un desastre al principio pero acabó seducido. Habla de cuando fue a la iglesia donde trabajó Vivaldi. Al llegar se encontró a los músicos tocando subidos sobre una tarima por l'aqua alta. En ese momento tuvo la impresión de que la música es la gemela del agua”.

Preciosa imagen. Más evocadora, imposible. Hubiera sido una elección idónea para sonar en el acto de homenaje que le tributará la Bienal este viernes en el Teatro Tesse. Pero no está entre las obras incluidas de su cosecha. La apuesta se ha centrado en otras dos. Por un lado, el Concierto para viola y orquesta, que nació de su flechazo en 1991 por el violista Garth Knox, que en esa época militaba en el Cuarteto Arditti. Tal fue el impacto que le causó que se comprometió consigo mismo a escribir algo para él. Después de tantos años, lo ha hecho ahora, animado por la propia Bienal. “La viola recibe un tratamiento muy lírico, flexible y casi onírico, aunque por momento también resulta muy brillante. La orquesta mantiene con el solista una conexión multiforme de diálogo o entrelazamiento contrapuntístico”, describe De Pablo, que va buscando cada palabra despaciosamente. Será el mismo Knox quien la interprete, arropado por la Orquesta de Padova y el Veneto.

Por otro lado, cerrando el menú musical de la velada, aparecen las Fantasías para guitarra y orquesta, compuestas a petición de Radio France y dedicadas al guitarrista Thierry Mercier, que, como Knox, estará presente en el Teatro Tesse para acometer unos pentagramas ideados a su medida. De Pablo evoca en estos pentagramas la Fantasía IX de Alonso Mudarra, del siglo XVI. “No quise hacer un pastiche, más bien continuar la línea de coexistencia pacífica de estilos -mejor dicho: de materiales- que inicié con la serie Elephants ivres en 1972”. Serán pues dos pequeñas calas en el fruto de una larguísima carrera en la que De Pablo ha sido adscrito en corrientes como el serialismo, el dodecafonismo, la música concreta… Aunque él siempre ha ido por libre, sin preocuparse demasiado de las etiquetas.

De esta independencia creativa se ocupa el breve -20 minutos- documental Déjame hablar, elaborado por Samuel Alarcón, que se proyectará antes de que suene la música. Alarcón se acercó a su casa en numerosas ocasiones para entrevistarle e ir dándo forma a la película a partir de esas conversaciones. La idea, en principio, era realizar un documental más o menos canónico, que interconectara vida y obra y se desarrollara cronológicamente hacia delante. “Pero según avanzaba me di cuenta de que había cierta impostura en ese tratamiento. Tras meses de dudas e incertidumbres todo se estancó. Pero una frase del propio compositor en una entrevista de archivo me dio la clave: ‘No hay que hacer nada para entender mi música, simplemente oírla’”.

Eso es lo que más le colma, desde luego. Pero siente que en España no se le presta la sufiente atención. “Este es un país pintoresco”, afirma irónico. ¿E ingrato? “Si usted lo que quiere definir así... Creo que no va desencaminado”, responde al periodista, que escucha cómo busca, en mitad de silencios prolongados, cada palabra. Lo hace no sin cierto esfuerzo. Desliza su mujer, la pintora Marta Cárdenas, al quite durante la conversación, que hoy día le cuesta más hablar que componer. De hecho, sigue atendiendo los encargos que todavía le solicitan músicos e instituciones, sumergiéndose en el copioso desorden de libros, papeles y discos que puebla su estudio.

De Pablo apunta que en Italia se le hace más caso. Allí es miembro de tres Academias, en Roma, Bolonia y Turín. La firma que edita su música, Suvini Zerboni, también es transalpina. “Italia ha sido siempre un refugio para mí”, concluye. Aunque concede que en nuestro país sí se le programa con asiduidad en Bilbao, su ciudad natal. Y celebra que el Teatro Real haya incluido su ópera El abrecartas para 2022, una composición basada en la novela homónima de Vicente Molina Foix que lleva más de una década en el cajón . “Espero estar vivo para entonces. Voy camino de lo 100 pero no sé si llegaré”, señala escéptico. Ojalá.

@alberojeda77