Con el aval de elogiosas críticas y aplausos del público, este fin de semana aterriza en el Teatro Real de Madrid Afanador, la última creación del Ballet Nacional de España recientemente estrenada en la Maestranza de Sevilla.



Inspirada en las rompedoras sesiones fotográficas del colombiano Ruvén Afanador en Andalucía, la coreografía de Marcos Morau y su equipo de La Veronal se plantea como una amalgama de escenas cuyo hilo conductor debería ser la vida que se respira entre flashes y poses.



Todo ello con el apoyo de medios audiovisuales de altísima calidad, un diseño de luces impresionante, una escenografía estilosa y, sin lugar a dudas, la profesionalidad danzaria de esta compañía excelsa. Sin embargo, una máxima ha caído en el olvido: “decir menos para decir más”.

['Afanador', el flamenco y ecléctico homenaje del Ballet Nacional de España al fotógrafo colombiano]

Con un espectacular arranque y varias ideas dignas de ser mejor explotadas, Afanador tiene el propósito de erigirse como buque insignia del BNE. Luego del deslumbrante y prometedor inicio, todo se transforma para asistir a un momento de inspiración Bob Fosse donde los bailarines, colocados en perfecta fila y tras una cortina casi bajada para que sólo se vean sus pies, zapatean en intricadas composiciones; algo que termina con la vuelta a la realidad andaluza usando, simplemente, una bicicleta y el inconfundible sonido del afiliador. Sin cuestionamiento, lo mejor de la noche.



Mas, todo se desinfla debido a la sucesión indiscriminada de tramas, estilos, historias y sonoridades que se destejen en un mar confuso sin puerto a la vista. Por el escenario, siempre en riguroso blanco y negro —cual estampa de Afanador—, pasean quejidos, batas de colas, pasos de jota, cante profundo, percusión de otros lares y hasta escenas en las que reverberan otras coreografías aparentemente lejanas como Minus 16. Pero, faltó la prosecución, el pegamento mágico, el hilo que une el cielo con la tierra, el mar con la costa.

'Afanador' en el Teatro Real. Foto: Ballet Nacional de España.

Lo que pudo ser un espectáculo rompedor debido a los magníficos y bien trabajados ingredientes que lo componen ha quedado en un cúmulo, mal hilvanado, de escenas y frases coreográficas cuya luz propia ciega toda posibilidad de engranaje.



Este homenaje al insigne fotógrafo de tantas y tantas Vogue, Elle, Vanity Fair y Rolling Stone necesita una revisión profunda para destacar las luces y eliminar las sombras. Admito que en cada arista de la coreografía se vislumbran destellos de genialidad, de esos que son difíciles de generar.



Hacerla funcionar será cuestión de encontrar las cremalleras necesarias y dejar partir aquellos excesos que restan.