Lang Lang. Foto: Gregor Hohenberg

El pianista chino, uno de los músicos más aclamados del mundo, llega al coliseo madrileño de la mano de Formentor Sunset Classics para tocar el Concierto para piano de Beethoven y la Sinfonía Júpiter de Mozart.

La Fundación de Amigos del Teatro Real ha organizado para este viernes, con colaboración de Formentor Sunset Classics y el patrocinio de Barceló, una muy atractiva sesión en el coliseo madrileño protagonizada por Lang Lang. El pianista chino es uno de los músicos más aclamados de la actualidad, un auténtico superdotado, una de esas luminarias que surgen de vez en cuando en torno a la cual se teje todo un conglomerado a veces independiente del valor auténtico del propio artista; valor que es, al menos en este caso, innegable. Sería muy difícil montar la que se monta con este instrumentista chino, nacido en 1982, sin que en sus dedos no hubiera mucha destreza, en su mente una preclara inteligencia musical y en su temperamento enormes dosis de pasión, de esa que emociona, envuelve y llega al gran público.



El pianista es hijo artístico de Zhao Ping-Guo, con quien estudió en Pekín, y del americano Gary Graffman, con el que estuvo en el Curtis Institut de Filadelfia. En 1999 tuvo su primer espaldarazo tras sustituir a André Watts en el festival de Ravinia. Posee cualidades envidiables, como la soberana nitidez de pulsación, el abracadabrante mecanismo, la calidad satinada del sonido, la frescura de las ideas, más allá de que éstas puedan ser discutidas, el manejo del rubato, la capacidad para el canto lírico, la exactitud del ataque, la libertad fraseológica, el poder de la pulsación. Atributos que le dan una solvencia extraordinaria pero que no diluyen ciertos excesos, libertades inesperadas, acentuaciones en principio exageradas o fuera de canon. Pero ya se sabe que la música es una de las artes más subjetivas y que conceden mayor libertad al intérprete.



Poco a poco, no obstante, va encontrando ese equilibrio, esa pureza estilística, ese poder misterioso para establecer la lógica indiscutible de la estructura interna de una partitura; sin perder por ello la divina espontaneidad de la que suele dar muestra. Paulatinamente se va acercando a la almendra, en ocasiones tan esquiva, de los pentagramas que aborda. Como los que conforman el Concierto para piano n° 2 de Beethoven, realmente el primero de los que compuso el músico alemán, que requiere toque fino, ligereza de concepción, agilidad de ejecución y ese perfume sonoro tan característico de una obra que, como ésta, es una consecuencia directa del clasicismo más gentil, aquel que viene representado por Mozart y Haydn.



Ecos de Schubert

Lang Lang ha de saber extraer de esta rica partitura esa pureza lírica, esa transparencia, ese recogimiento que anima el movimiento lento; y trazar con su característica agilidad y reconocida donosura el sabor danzable del Rondó final, en el que, curiosamente, aparecen inesperados rasgos de un carácter próximo al de muchos lieder de Schubert. Esta es la composición que, a la espera del seguro bis, cierra el programa anunciado, que se completa, muy juiciosamente, con dos obras de estilo muy similar, ambas de Mozart. La primera es la Sinfonía n° 41, Júpiter, un sublime modelo del sinfonismo más estricto, de un trazado rectilíneo y de una sabiduría constructiva única, con ese impresionante colofón final, que reúne en un solo movimiento las formas y líneas del rondó, la sonata y la fuga. Sólo un genio es capaz de un monumento semejante.



La otra pieza, que abre la segunda parte del concierto, es la obertura de la que fue la última composición operística del salzburgués, La clemenza di Tito, nacida aparentemente a destiempo. Ivor Bolton, que disfruta lo indecible con estas músicas, se sitúa al frente de la Sinfónica de Madrid.