Carsen muestra un mundo asolado e inclemente, en perpetua lucha por la riqueza. Foto: A. Bofill

El Teatro Real abre el próximo jueves la representación de El anillo del nibelungo de Wagner, ciclo que continuará las próximas tres temporadas. Arranca con El oro del Rin, su primera entrega, en una producción de Robert Carsen y con Heras-Casado gobernando el foso.

El Teatro Real se pone el ropaje wagneriano para afrontar, por segunda vez en su historia reciente (la primera, no del todo satisfactoria, tuvo a Willy Decker como regista), uno de los monumentos operísticos más extraordinarios: El anillo del nibelungo. Ciclo también conocido como la Tetralogía, ya que son cuatro obras las que encierra: un prólogo, El oro del Rin, y tres jornadas: La walkiria, Siegfried y El ocaso de los dioses. Estamos ante una saga monumental, la más ambiciosa de su autor, en la que se aglutinan y toman cuerpo todas las teorías, propósitos de renovación y originalidades poéticas salidas de su mente.



La obra de una vida, la forja de un espacio irreal alusivo por tantas razones al mundo en el que vivimos. Una gigantesca metáfora. Wagner fue capaz de trabajar en este fresco mitológico mientras escribía otras menudencias de la talla de Tristán e Isolda o Los maestros cantores. La configuración del ciclo le llevó largos años, ya que puso su primera piedra en 1848 con el ensayo literario Los nibelungos, historia universal desde la leyenda, un borrador en prosa de El mito de los nibelungos, proyecto para un drama. Enseguida abordaría La muerte de Sigfrido.



Condensación poética

En 1849 alumbraba El ocaso de los dioses y, sucesivamente, El joven Sigfrido y El robo del oro del Rin. Es el momento en el que anota el tema de las walkirias, primera idea musical de la Tetralogía. En noviembre de 1851 termina el esquema en prosa de La walkiria. Como se aprecia, el compositor había ido escribiendo el texto, o sus bocetos, de adelante atrás.



La saga completa se estrenaría, en Bayreuth, en el teatro construido al efecto, entre los días 13 y 17 de agosto de 1876. Las diversas fuentes míticas manejadas constituyen una base muy sólida que Wagner creía, no sin alguna razón, fácilmente comprendida por el espectador medio. "El alemán -decía- ama la nación que sueña". Y es justamente en el Prólogo, que es explicativo, ilustrativo y sirve de antecedente a los hechos que han de sobrevenir en las otras tres óperas, donde se contiene condensada toda la tesis, la filosofía, la poética que anima a la obra global.



La música es la gran expresión de Wagner y ninguna imagen puede describir mejor su obra. no me interesa lo recargado", dice Carsen

El compositor echó mano de distintos elementos. Por un lado, las llamadas Nibelungen-not, constituidas por tres series de sagas: burgundas, francas y góticas, que son recogidas por monjes que acaban latinizando la epopeya bárbara. En el poema subsiste el más viejo y poderoso símbolo: el oro. Saemund Sigfusson y Snorri Sturluson redactaron con esos antecedentes las dos Eddas, que vienen a ser una suerte de recensión de las sagas. Ahí ya se contienen excelentes descripciones que habrían de ser tomadas muy en consideración por Wagner para crear algunas de sus imágenes poético-musicales.



Con El oro del Rin, escrita entre 1853 y 1854, alcanza la maestría absoluta en la armonía, con empleo de dominantes alejadas, notas satélite que actúan de tónicas y proporcionan atractiva ambigüedad en unión de un exacerbado cromatismo, el uso de cadencias interrumpidas, agregaciones complejas, alteraciones y apoyaturas diversas y funciones plurívocas. Todo ello engarzado narrativamente mediante el procedimiento de los motivos conductores o leitmotiven.



Estamos ante una obra pétrea, concisa, unitaria, que dura alrededor de dos horas y media. Del Preludio nace buena parte del propio Anillo. Es el motivo de la Naturaleza, la Ur-Melodie. Todo empieza en un acorde básico de mi bemol mayor desde el grave. Una trompa enuncia pianísimo las notas del tema, una segunda las repite. Entran los fagotes sobre un murmullo imitativo de los chelos. La melodía progresa, pasa a las voces altas de la orquesta, se desarrolla y recomienza. Entra la quinta, luego la octava, después los demás armónicos. Aparecen ritmos rudimentarios que van adquiriendo complejidad. Ondulación permanente, en 6/8, del agua, que va ganando la fuerza de un torrente y domina toda la Tetralogía.



Alegato ecologista

El Real nos trae la producción exhibida en estas últimas temporadas en el Liceo firmada por Robert Carsen y proveniente de la Ópera de Colonia. Una seca metáfora de un mundo asolado e inclemente, en el que la lucha por las fuentes de riqueza toma gran importancia. Un alegato ecologista trazado de manera muy simple, nada grandilocuente. "La música es la gran expresión de Wagner y ningún efecto visual puede describir mejor su obra. No me interesa lo complicado o recargado", manifiesta el regista canadiense. En el foso, enfrentándose a su segundo Wagner en el Real -después de un aceptable pero no del todo conseguido Holandés errante-, Pablo Heras-Casado, que, sin temor de ningún tipo, se ha atado los machos para contarnos toda la saga. Tras su indudable éxito con Die Soldaten, una obra mastodóntica y complejísima, parecería que cualquier otra cosa es asequible. Pero, ojo, el entramado temático y armónico wagneriano, su fluido discurso, la fusión absoluta entre línea vocal e instrumental, plantean problemas aún más arduos. Soltura, conocimiento y aplicación no le faltan al granadino para salir adelante.



Cuenta con un equipo de voces bastante digno en el que descuellan la Fricka de la mezzo Sarah Connolly, de timbre oscuro y suficiente densidad vocal; el Alberich del bajo-barítono Samuel Youn, de tinte quizá demasiado lírico; la Freia de la gentil soprano Sophie Bevan; y el Loge del sólido tenor Joseph Kaiser. Wotan estará servido por el barítono Greer Grimsley, que es cantante estimable, un tanto engolado, sin extraordinario empaque pero que ha sabido encontrar en los últimos tiempos las resonancias adecuadas. Interesante el bajo Alexander Tsymbalyuk como Fafner. Destaquemos la presencia del tenor lírico-ligero vasco Mikeldi Atxalandabaso, que debuta como Mime. Es cantante muy musical. La parte se ajusta a sus medios y a sus posibilidades histriónicas.