Leonard Bernstein

Estamos en el año Bernstein (1918-1990). A lo largo de él se está festejando el centenario del nacimiento de este gran compositor, pianista y director. El maestro estadounidense nos ganaba como creador, entre otras cosas, por su soberbia capacidad de orquestación y su manejo de los más variados ritmos, con frecuencia derivados del jazz. Se servía a su manera de una tonalidad excitante y excitada, que daba paso a excursiones episódicas a lo modal, al empleo de estratégicas disonancias, de eventuales procesos cromáticos y al manejo eficaz de formas actualizadas del pasado.



El Liceo levanta en versión de concierto esa obra maestra que es Candide, estrenada en 1956. El viaje iniciático de este personaje volteriano lo llevará de Westfalia a Constantinopla, pasando por Lisboa, París, Cádiz, Buenos Aires, Montevideo, El Dorado y Surinam. Todo un desfile que permite al compositor trazar, con una maravillosa orquestación, ritmos variados y una vena melódica admirable, distintos y muy atractivos cuadros, llenos de vida y de color. Suponemos que se interpretará la definitiva actualización de la partitura de 1988.



Parece que los mimbres con que cuenta el teatro barcelonés son adecuados para servir la chispeante narración. En el foso actúa un veterano especialista de estos pentagramas, John DeMain, y el reparto está cuajado de cantantes conocedores del metier. Como los dos protagonistas principales, el tenor Paul Appleby y la soprano Meghan Picerno (que sustituye a la anunciada Kathryn Lewek). Y aparecen dos importantes viejas glorias: la mezzo Doris Soffel y el tenor Chris Merritt.