C. Tangana durante su actuación

Los tiempos cambian y dan como resultado formas artísticas diferentes. La juventud española del boom económico se dedicó a hacer una versión más o menos talentosa del indie pop de raíz sajona. Entre eso y una solemnidad ceremoniosa, el indie español precrisis tiene tendencia a lo intelectual y la fascinación con lo extranjero en un tono arty y sí, algo de razón lleva Víctor Lenore, con un tono algo pijo. Pudo haber sido peor. Es posible, sin embargo, que los tiempos duros, como ha sucedido con frecuencia a lo largo de la historia, den lugar a formas artísticas más interesantes. Tras dos décadas de letras irónicas, comentarios ácidos y actitud soberbia, el underground español ahora se viste de hip hop para darle una vuelta a un género elástico como un chicle y convertirlo en algo radicalmente hispano y con personalidad que explora la propia tradición con resultados, en sus mejores momentos, sorprendentes.



No se renuncia al sarcasmo, pero no es tiempo de bromas privadas de club cool sino de actitud contestaria y desafío a lo mucho por arreglar en el mundo. Son los tiempos del trap y son buenos tiempos gracias a artistas como Natos y Waor, C. Tangana, Ayax y Prok, Yung Beef y Dellafuente que el pasado sábado de madrugada se reunieron en Amanecer bailando, un evento que reunió durante unas horas en Móstoles a las principales espadas del trap con las entradas agotadas y un público entregado que convierte los shows en karaokes porque parte de la grandeza del rap son sus letras y entre estos nuevos MCs se encuentra un poliédrico, a veces contradictorio, pero siempre apasionante y rabioso retrato del mundo como lo ve un chaval de veinte años.



A las ocho y media saltaban al escenario Ayax y Prok, los gemelos granadinos (atentos a Granada, una vez más ciudad a la vanguardia musical) que ahora viven en Madrid y copan titulares gracias al reciente lanzamiento de su primer álbum, Cara y cruz, después de una serie de exitosos singles que ya les habían hecho muy conocidos en la escena. Con un tono que oscila entre la denuncia social y la confesión desgarradora, los raperos triunfan gracias al acierto con el que fusionan el trap con los ritmos sureños, muy particularmente el flamenco de su tierra natal pero también los sonidos de la salsa en un hit como la famosa Reproches, en la que el sample de Ray Pérez y su Orquesta ensambla con un trap de corte clásico a las mil maravillas.



En un cartel de jóvenes veteranos, Ayax y Prok gozaron de una puesta en escena más modesta para jugárselo todo a un duelo entre ambos hermanos, que convierten su música en una especie de mezcla entre el espíritu de Manu Chao y una vena trágica a lo Camarón. Es el caso de la tremenda Me hizo fuerte, en la que se la juegan artísticamente y salen ganando. Si a eso sumamos canciones tan divertidas y juguetonas como Fresas con nata o A veces se me pasa, a veces paso, tenemos un combo ganador y la realidad es que van lanzados al estrellato. No deja de ser curioso que unos chavales que llenan sus canciones de conciencia social, alusiones a filósofos de la antigüedad, himnos de amistad a los emigrantes y terminan su concierto pidiendo al público que se abracen los unos a los otros como en la misa dominical pasen alguna vez como peligrosos gamberros.



Acto seguido fue el turno de los madrileños, de Aluche, para ser concretos, Natos y Waor, que se han convertido en unas grandes estrellas en los últimos meses desde la más estricta independencia. Con su proyecto Hijos de la Ruina, los raperos enlazan el hip hop con el rock obrero de la periferia de Madrid con unas letras muy elaboradas que destilan una suerte de melancolía de asfalto y barriada, el uso intensivo de la guitarra acústica enlaza con un hip hop electrónico cada vez más sofisticado y original en una progresión que ya los está convirtiendo en grandes estrellas. Todo ello, con actitud canalla en una celebración de la "mala vida" tan castiza como pueda serlo. Los vi en abril el Palacio de Vistalegre, que llenaron para su propio asombro, y es curioso cómo cinco meses después son las mismas canciones pero mejor producidas en una clara mejora en todos los sentidos que demuestra que son artistas concienzudos y trabajadores. La gente se sabe de memoria canciones como Generación perdida ("chicos con principios, robando en el Carrefour y no en el chino") o Cicatrices ("no te confundas sé de dónde vengo, sé lo que cuesta ganarse los euros").



C. Tangana es una gran estrella por derecho propio. Con la actitud chulesca que le caracteriza, el rapero de 28 años lleva toda la vida en esto (comenzó siendo un niño en Agorazein) y es el más "famoso" en el sentido popular del cartel. Tangana también se aparta de lo que es habitual en el trap al no tener una actitud más o menos claramente izquierdista o antisistema para celebrar con su trabajo el "arte de los negocios" y de ganar dinero vendiendo una imagen de personaje exitoso y glamouroso que se pega la vida padre. Nada que objetar, no todo tiene que ser desahucios. Con mucho talento y un gran oído para captar las tendencias de la música internacional, la música de Tangana es la que mejor se escucha en Madrid, en Singapur y en Sidney y eso es un halago. Con gran dominio escénico, Tangana despachó sus hits (Bien duro, Antes de morirme y la traca final con Mala mujer) en un show que juega con una suerte de kitsch tropicalista en el que el rapero ejerce con sentido paródico el papel de macho ibérico.



El concierto de Dellafuente fue un éxito rotundo de un chaval que se presenta así: "Soy Pablo, de 25 años. Me llaman Dellafuente o El Chino. Soy del barrio Corea, en Armilla, afueras de Granada. Aquí vivo con mi mujer. ¿Estudios? Pocos. De automoción. Y empecé un grado de audiovisual en que suspendía por las faltas. He trabajado arreglando motos, en el mercadillo y en la tienda de armarios de mi padre. Mi madre, que es brasileña, siempre me ha dicho que somos de clase baja porque la clase media no existe".



Cual Banksy, Dellafuente oculta su identidad y se pasó todo el concierto diciendo que estaba "contento y triste a la vez" porque al parecer piensa retirarse de los escenarios una buena temporada después de su actuación en Móstoles. Cronista de las penurias de la clase baja, él mismo dice que tiene la intención de que si alguien escucha su música dentro de cien años pueda hacerse una idea de cómo era España. El suyo es un trap muy aflamencado de enorme fuerza lírica y pegada popular en el que también habla mucho de mujeres (Consentía) y de las mieles y lastres del éxito y el dinero, una temática que a veces acerca de manera notoria su música a la de los negros estadounidenses. Ya se sabe que la historia de la Cenicienta es un clásico del hip hop. No es casual, por tanto, el inspirado homenaje a 2Pac en un show excelente que da al artista una proyección enorme.



Fernando Gálvez, conocido como Yung Beef, cerró el Festival con un concierto espectacular en el que demostró que es sino el mejor, sí es probablemente el más talentoso de los traperos propios. Fenómeno de la naturaleza, las canciones del granadino no suelen tener el potencial pop de Natos y Waor o Dellafuente, por poner dos ejemplos, con excepciones, claro, como esa gloriosa Me perdí en Madrid, pero nadie es capaz de crear texturas musicales tan modernas y vibrantes como las del trapero, que convirtió su show en una suerte de trance hipnótico de trap supersónico y retrofuturista asombroso.



@juansarda