Jakub Hrusa. Foto: Andreas Herzau

A sus 36 años, es una de las batutas jóvenes más prometodoras. Elegante, claro y con una gran autoridad, Hrusa llega este sábado al Auditorio Nacional al frente de la Sinfónica de Bamberg, con sus compatriotas Smetana y Dvorák en atriles.

El ascenso imparable de Jakub Hrusa (Brno, 1936) en el orbe sinfónico experimentó un acelerón la temporada pasada. Hizo su primera incursión en los Proms y debutó con las sinfónicas de Chicago y Boston. Fue nombrado primer director invitado de la Philarmonia de Londres y la Sinfónica de Praga, una posición desde la que puede vislumbrar una potencial titularidad de ambas. Y completó el primer curso al frente de la Sinfónica de Bamberg, formación alemana en la que ha sustituido a Jonathan Nott y con la que visita este sábado el Auditorio Nacional, convocado por Ibermúsica.



Viene con dos partituras de compatriotas suyos bajo el brazo, que ofrecen un llamativo contraste identitario. La primera, Vltava (el nombre checo del río Moldava), es el más popular de los seis poemas sinfónicos que conforman el ciclo Ma Vlast (Mi patria), de Bedrich Smetana. El conjunto es una evocación impresionista de paisajes y leyendas locales, alentado por un impulso nacionalista. El tiempo lo ha convertido en una especie de himno oficioso de Chequia que moviliza el sentimiento de arraigo de sus habitantes. "Yo vivo a sólo 15 minutos andando del tramo en el que el río entra en la ciudad de Praga. ¿Cómo permanecer inmune a esa circunstancia cuando lo interpreto? Es imposible", explica Hrusa a El Cultural.



Pero a pesar de ese poso nacionalista, de la querencia por el terruño que activa, Hrusa defiende la prevalencia de su calidad musical: "Es uno de los mejores poemas sinfónicos jamás escritos. Eso es lo que mayor apego me produce hacia esta obra, más que la significación que tiene para mi país". Y también reivindica su eco universal: "Podría ser el retrato de cualquier río del mundo".



El curso de su cita madrileña, tras atravesar el Concierto para violín de Sibelius (con Viktoria Mullova de solista), desembocará en la Sinfonía del Nuevo Mundo, la inmersión de Dvorák en las melodías populares afroamericanas de los Estados Unidos. Aunque Hrusa puntualiza que no se alejó tanto de su cuna sonora: "Es una sinfonía que tiene tantos elementos del folclore checo como del de los nativos estadounidenses".



Curiosamente, uno de los principales retos que le plantea el podio de Bamberg lleva el nombre de otro compositor de su tierra: Mahler, la gran especialidad de la orquesta. Nott contribuyó a consolidar ese sello mahleriano. Y Hrusa quiere hacer su propia aportación, apoyándose en su origen común: "Yo me he amamantado con la música de Mahler. Crecí en el mismo país donde él nació. Hemos respirado el mismo aire".



Todo confluye en esta historia, porque la Sinfónica de Bamberg, tan germana, la fundaron músicos de la vieja Orquesta Filarmónica Alemana de Praga en 1946. Lo hicieron tras abandonar Checoslovaquia a la fuerza, por los Decretos de Benes, que ordenaban la expulsión de los alemanes como reacción a la ocupación nazi durante la II Guerra Mundial. Ahora un checo toma la batuta titular en Bamberg. Podría concebirse como un paso más en la cicatrización de las heridas. "Asumo que aquello sucedió en un momento crítico de nuestra historia pero ya no puede darse marcha atrás. Entiendo por qué sucedió algo así pero no estoy orgulloso de ello", señala Hrusa, midiendo las palabras. No las mide tanto cuando enuncia, categórico, los efectos benéficos de la música: "Nos ayuda a despertar del letargo de la realidad virtual e intensifica nuestra vida real".



@albertoojeda77