Imagen de la obra Fantasía galaica del Ballet Nacional de España

Se cumplen 20 años de la muerte de Antonio Ruiz Soler, el bailarín que representó la alegría y el fulgor y el Ballet Nacional de España recupera cinco obras suyas

Cuando se cumplen veinte años de la muerte de Antonio Ruiz Soler, el Ballet Nacional de España, que dirige Antonio Najarro, rescata cinco obras suyas que abarcan la riqueza y diversidad de la danza española y muestran el sitio que este bailarín y coreógrafo conserva todavía hoy en el mundo de la danza. Del 18 de junio al 3 de julio, el Teatro de la Zarzuela se viste de gala y luce un brillantísimo programa que acoge los ritmos flamencos, el baile de castañuelas y las fantasías folclóricas que Antonio conocía bien, y que supo exprimir y estilizar para llevar a la danza española a su máxima expresión.



La figura del sevillano Antonio Ruiz Soler -Antonio el bailarín- personifica como pocos el salto de la danza española a los escenarios y su popularización en todo el mundo. Con este homenaje por parte del BNE, Antonio recupera su protagonismo en la compañía que dirigió en 1980 sucediendo a su fundador, Antonio Gades. Su polémico cese en 1983 dejó el cargo en manos de María de Ávila y desembocó en su lento pero irremediable alejamiento de la danza.



De entre las cinco coreografías que se presentan en Madrid, tan sólo una -Taranto (La Taberna del Toro)- es nueva para la compañía; todas las demás habían sido presentadas por el elenco del BNE en épocas anteriores y, en su conjunto, no sólo plasman a la perfección el lenguaje rico y heterogéneo que manejaba Antonio como bailarín y coreógrafo, sino también la destreza interpretativa que de siempre ha demostrado tener la plantilla de esta agrupación, que ha sido capaz de defender piezas de estilos tan diversos a lo largo de varias generaciones. Taranto (La Taberna del Toro) es un solo para mujer sobre música popular que el Ballet Español de Antonio estrenó en Londres en 1956, y que dos años después interpretó Carmen Rojas en la película Luna de miel; ha sido ella precisamente la responsable del montaje que se acaba de llevar a cabo en el BNE. Ese pellizco de autenticidad flamenca que caracterizó el baile de Antonio resalta también en su célebre Zapateado de Sarasate (1946), una pieza que el BNE ha interpretado con frecuencia desde que en 1982 se incorporara al repertorio de la compañía y se convirtiera en tarjeta de presentación de Antonio Márquez y tantos otros bailarines.



Antonio el bailarín

La Escuela Bolera fascinó especialmente a Antonio el bailarín, quien no se conformó con interpretar a lo largo de su carrera las piezas históricas de zapatilla que llegaron hasta él; engatusado e influido por la prodigiosa técnica clásica de Rudolf Nureyev, por la perfección de sus líneas y la brillante musicalidad de su salto, Antonio dio un paso definitivo en sus coreografías con atrevidas incursiones de un lenguaje más amplio que el utilizado hasta entonces en los bailes de repertorio bolero y que permitirían, años después, que otros coreógrafos se hayan atrevido a estilizar e incluso matizar el tipismo de estas piezas. Eritaña (1960), incorporada al repertorio del BNE en 1981, cuenta con música de Isaac Albéniz y unos favorecedores figurines de Vicente Viudes que convierten a los bailarines en llamativos aderezos de una coreografía de tremenda dificultad técnica por la velocidad de sus encadenamientos, que parecen provenir del más exigente ballet romántico.



Fantasía Galaica (1956), con música de Ernesto Halffter, se ha convertido con el paso de los años en un referente en la estilización del folclore. Partiendo de los bailes populares, la tradición galaica y sus rituales, Antonio Ruiz Soler creó un ballet que recurre a personajes alegóricos -como la Santa Compaña, a la que se hace referencia en el emocionante dúo de los protagonistas- y culmina con una brillantísima alborada final. Como sucede con Eritaña, los figurines de Carlos Viudes, originales del montaje del BNE en 1979, convierten esta pieza en un ballet inconfundible por la estilización inteligente y teatral de los trajes regionales.



Y como no podía faltar, el ballet que muchos consideran el más importante de Antonio: su versión de El sombrero de tres picos (1958) con la célebre partitura de Falla y los diseños originales de Picasso que presentó el BNE en 1981. Alejándose de la coreografía original que Massine creara para Les Ballets Russes y que él mismo había bailado en el Teatro de La Scala de Milán en su juventud, Antonio recurrió a toda la riqueza de la danza española y dio prioridad a los personajes protagonistas, potenciando el carácter propio de cada uno.



En la España de posguerra, Antonio el bailarín representó la alegría y el fulgor que el público anhelaba; como su célebre pareja de baile, Rosario, Antonio venía del pueblo y lucía un optimismo tan teatral, tan dramático, como su propia vida. Pupilo de la maestra Realito, niño prodigio y bailarín valiente, supo navegar por las aguas turbias del franquismo y se convirtió en un personaje popular que tuvo fama y reconocimiento dentro y fuera de España. Recopilar ahora su brillante legado es también resucitar el valioso repertorio que ha ido conservando el BNE durante décadas y recordar su pasado más espléndido.



@ElnaMatamoros