Bertolt Brecht

La Fundación Juan March acaba de rematar el ciclo dedicado a la vis dramatúrgica de Liszt, concretada en sus numerosos melodramas. Ahora, en un alarde más de su meditadísima programación, tan sugestiva en equilibrios, variedad de ángulos y viajes de ida y vuelta, topamos con una propuesta inversa: la dedicada a la faceta compositiva de un dramaturgo, Bertold Brecht, que salpicó todos sus textos con un memorable ramillete de canciones. No lo hizo con una finalidad ornamental. Todo lo contrario. Como apunta Miguel Ángel Marín, director de la programación musical de la institución, "Brecht creía que sin la música su teatro no sería eficaz en la transmisión de su mensaje reivindicativo y su dimensión política y social".



El ciclo consagrado al compositor alemán arranca este martes 10 con una conferencia de Miguel Sáenz, que ha trasvasado al español su corpus dramático al completo. El prestigioso traductor presenta además el jueves 12 una serie de lecturas dramatizadas de fragmentos brechtianos a cargo de los actores Ester Bellver y Pedro Casablanc. Un día antes arrancarán los cuatro conciertos programados cada miércoles. El primero, con el barítono José Antonio López y el pianista Rubén Fernández Aguirre, aborda algunas de las canciones que Brecht compuso para sus primeras obras teatrales. La mayoría son apenas conocidas.



Miguel Sáenz nos recuerda su rudimentaria praxis compositiva: "Desarrolló, por pereza, su propio sistema de notación musical (puntos o cruces sobre el pentagrama y un ritmo que venía dado por el poema), y cuando cantaba se acompañaba discretamente con una guitarra (en argot de entonces, Klampfe), utilizando tres acordes: tónica, dominante y, todo lo más, subdominante". En su niñez había aprendido solfeo y a tocar el violín y el piano pero se dio cuenta de que las partituras que alumbraba no estaban la altura de sus propias exigencias como autor teatral obsesionado con la música.



Fue entonces cuando empezó a encargar las 'bandas sonoras' de sus piezas a compositores de primera fila. La Fundación Juan March repara específicamente en dos. Por un lado, Kurt Weill. El concierto del 25 de mayo, servido por la soprano Elizabeth Atherton y el pianista Roger Vignoles, repasa el fruto de muchas de sus colaboraciones, entre ellas la celebérrima Ópera de los cuatro cuartos. "A Brecht, curiosamente, parecía no gustarle del todo la música de Weill", apunta Sáenz. "Por eso dijo, por ejemplo, que el increíble éxito de esta ópera se basó en todo lo que a él no le importaba nada: la trama romántica, la historia de amor, la música...". Sí, la música. Brecht no estaba libre de flagrantes contradicciones: sabía que las melodías intensificaban la comunicación de sus palabras pero también temía que las eclipsaran.



"La suya fue una relación tormentosa", afirma Marín. "Chocaron dos titanes. Brecht tenía muy claro lo que quería y por eso se entrometía mucho en la labor de los compositores, hasta el punto de modificar sus composiciones cuando lo consideraba oportuno. Weill, que también tenía una personalidad muy sólida, defendía su libertad creativa. Estaban abocados al conflicto. A pesar de eso, su conexión, aunque corta, fue extraordinariamente fructífera". Algo más dócil era Hans Eisler, otro de los músicos que al hilo de los encargos brechtianos cuajó páginas muy meritorias, relegadas, sin embargo, en las salas de concierto. "Apenas se le conoce porque su música se considera de segunda categoría por haberse compuesto bajo premisas teatrales", lamenta el director musical de la Juan March. El 1 de junio el barítono Günter Haumer y el pianista Julius Drake darán cuenta de sus Hoollywoder Liederbuch, una colección de canciones consideradas como una de las cumbres del género lied en el siglo XX.



Su título no es casualidad. Las compuso en su exilio compartido con Brecht en los Estados Unidos. Ambos recalaron en la industria cinematográfica, un desenlace natural para dos creadores con una vocación popular y masiva. Brecht, en particular, siempre renegó del hermetismo elitista de conservatorios, teatros de ópera y auditorios. Por eso le deslumbró la espontaneidad rebelde y callejera del cabaret, que eclosionó en la Alemania de entreguerras. La cita del 18 de mayo rastrea esta querencia suya. La cantante Mary Carewe y Philip Mayers al piano abordarán algunas canciones que hicieron furor en el Berlín de la República de Weimar, de Eisler y Weill, sí, pero también de Spolianksy, Hollaender, Wolpe, Blitzstein y Muldowney. Un juego luminotécnico intentará recrear la atmósfera entre sórdida y festiva de los cabarets berlineses originales.