B.B. King. Foto: Kike Para

Siempre te hacía sentirte bien. No he conocido artista más entrañable, quizá como un tierno y maravilloso anciano. Jamás olvidaré su amabilidad, su sana sonrisa y su conspiración con el trabajo.

"La insulina, que no le falte nunca la insulina", decía Laverne Toney, su manager, secretaria, probablemente, amante. Estábamos en un deprimente e inadecuado camerino del Poble Espanyol, una calurosa tarde del diez de julio del año 2006. Probablemente, su último concierto en España, porque aquella tarde me dijo que cada día le era más insoportable viajar a Europa, dada la distancia.



Siempre te hacía sentirte bien. No he conocido artista más entrañable, quizá como un tierno y maravilloso anciano. Jamás olvidaré su amabilidad, su sana sonrisa y su conspiración con el trabajo, allí sentados en dos sillas de tijera, de madera. Realmente, lo menos parecido del trono de un rey. Trataba de hacerle entender que ya era demasiado viejo, demasiado gordo, enfermo de diabetes para tener que subirse todavía casi a diario a los escenarios, a punto de cumplir los 80 años en aquellos días. Me miró con sus ojos clavados en mis ojos y me replicó que no le quedaba otra. Tenía muchas facturas que pagar, muchas mujeres rabiosas de dinero y, además, con lo que ganaba no le daba para meterse en un asilo, para morirse como un pobre diablo. Efectivamente, B.B. King era padre de quince hijos y, al parecer, ha superado los sesenta nietos. Hasta ese día había coqueteado con alguna señora. Era un mujeriego imparable.



Me contó que lo que más le había gustado en sus años había sido volar. Había sido piloto. Que tocar el cielo era como llegar a la cima de un sólo de guitarra. Quizá, con otra de sus chicas, la famosa "Lucille". Nunca me había creído del todo la historia de que le puso el nombre de esa mujer a su guitarra, porque dos hombres habían muerto, por pelearse por una mujer llamada Lucille. Murieron entre las llamas que se desataron en un baile de salón en Arkansas, en pleno invierno, en el que todavía utilizaban "keroseno" para calentar el enorme salón. Se volvió a reir cuando le pregunté por "Lucille" y me contestó que nunca miente cuando escribe una canción. No se acordaba del año de aquel suceso, pero no me extraña. Porque aquella historia es del año 1949.



Bono, Eric y Sinatra

También le pregunté por Bono. Me dijo que U2 eran buenos chicos y que le encantaba aquella When love comes to town que hicieron juntos, aunque se parecía mucho a una canción de Jimi Hendrix, otro de los maravillosos guitarristas que había declarado su amor y licencia artística por su ídolo, el único rey de la guitarra.



Me contó muchas anécdotas de Eric Clapton, con el que había hecho un álbum seis años antes. Por ejemplo, de como le había tratado de convencer para que hicieran juntos Come rain or come shine, su canción favorita, de su cantante favorito de todos los tiempos, llamado Frank Sinatra. Eric se empeñó en salir como su chofer e incluso con gorra, pero le pareció demasiado y ya estaba bien con aparecer en la portada de Riding with the king en aquel maravilloso Cadillac, prestado para la ocasión. Eric Clapton siempre decía que el primer artista global en la historia de la música había sido Riley King. Pero me llamó mucho la atención que nombrara tanto a Frank Sinatra. Me confesó que Sinatra fue el gran hombre que permitió que los negros pudieran actuar en Las Vegas. Y lo había conseguido al lograr el permiso de trabajo de Sammy Davis Jr, otro de sus amigos. Desde que pudo actuar en Las Vegas siempre ha estado el mayor tiempo posible en la "ciudad del pecado", de los casinos. ¿Por qué? Porque es un "buen jugador" y por la temperatura. Allí, precisamente, es donde ha muerto, secuestrado por su vieja amante, vigilante de la insulina. Aparentemente sin darse cuenta, en su cama, ensimismado quizá en un maravilloso sueño como su profética canción There must be a better world somewhere (En alguna parte debe haber un sitio mejor). Seguro, Rey.