Amparo Pamplona, doña elena en un gran reparto femenino. Foto: Marcos GPunto.

El teatro de la generación realista española ha ido quedando arrinconado con los años. Ni siquiera sus componentes más notables, Buero Vallejo y Alfonso Sastre, tienen muchas opciones hoy. Y de Martín Recuerda, Carlos Muñiz, Alfredo Mañas, Gómez Arcos, entre otros, apenas recibimos noticias desde nuestras tablas. Tampoco de Lauro Olmo, que conectó la carga social de este grupo con el sainete arnichesco. A primeros de los 60 gozó de gran popularidad gracias a La camisa, obra que le valió el Premio Nacional (1962) y que él mismo describió como "un honrado intento más de poner en marcha un teatro escrito de cara al pueblo". Pero luego fue paulatinamente desapareciendo del mapa. La pechuga de la sardina, estrenada en el Teatro Goya en 1963, fue acribillada por la crítica.



"No le perdonaron el éxito", advierte a El Cultural Manuel Canseco, encargado de escenificarla cuatro décadas después en el Valle-Inclán (a partir del miércoles, 25). También lamenta que el decorado de aquel montaje alejaba demasiado al espectador de las cinco mujeres que la protagonizan (María Garralón, Amparo Pamplona...). Para no incurrir en el mismo error ha creado en la sala Francisco Nieva una corrala sobre la que se asoma al público. Canseco aviva así un voyeurismo que enfoca las miserias y decepciones de las huéspedes de la pensión de Juana. "Se le reprochó que no pasaba nada pero lo que hace Olmo es mostrar una diversidad de momentos cotidianos. ¿Qué es acaso la vida sino la suma de todos esos momentos?", advierte Canseco, que explota la veta chejoviana del texto.



Aunque el subtexto aquí es más explícito que en el autor ruso: "La escenografía permite también contemplar lo que sucede en la calle. Constatamos así la asfixiante sociedad en que están inmersas estas mujeres: el machismo y los malos tratos a que se enfrentan, lacras que todavía no hemos superado en este país". Y por tanto la conclusión que empujó a Olmo a escribirla tiene plena vigencia: "La vida no puede caminar llevando en los tobillos unos prejuicios, unos pequeños seudodogmas que, como grilletes, le dificultan el devenir".