Puesta en escena de Dmitri Tcherniakov, procedente del Festival de Aix-en-Provence. Foto: Pascal Victor.

Tcherniakov ataca de nuevo. Tras su polémico 'Macbeth', el director de escena ruso vuelve al Teatro Real con la ópera más trágica de Mozart. Su montaje, que cuenta con la complicidad de Alejo Pérez en el foso, pide piedad por el mito.

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  • Don Giovanni, "la ópera de óperas", como la definía Kierkegaard, es una obra polifacética, una síntesis de contrarios, una tragedia nimbada de aires napolitanos, una narración que aúna lo bufo con lo fantasmagórico, una historia envuelta en una extraña y contradictoria poesía, que ancla sus raíces en lo más profundo del mito y que rebusca en las fuentes de la música germano-austriaca. Una partitura magistral e inabarcable que gira en torno a la figura del conquistador, una personalidad tan contradictoria como el mundo en el que se mueve y que necesita de los demás personajes para existir. Siempre está presente aunque no esté en escena.



    El Teatro Real se viste de gala para recibir el miércoles este demoledor dramma giocoso, protagonizado por un "joven caballero extremadamente licencioso", como lo definía el propio Mozart. Aunque la producción que se va a contemplar, en colaboración con Aix-en-Provence, el Bolshoi y la Ópera de Toronto, no lo ve desde ese ángulo. No es la visión de su creador, Dmitri Tcherniakov, artista de una fantasía y unas dotes inventivas bien probadas, muchas veces discutibles, como atestiguan sus puestas en escena de Eugene Onegin y Macbeth. Para él Don Giovanni es, al contrario, "un hombre un poco ajado y cansado, solitario, añejo, ni joven ni guapo, ni vencedor ni conquistador", pero, eso sí, "con una gran presencia interna y mucho carisma".



    El regista hace que los personajes sean miembros de la misma familia, lo que supone modificar la entraña dramática de la ópera, tal y como la concibieron sus autores, Mozart y Da Ponte. Y todos lo siguen como hipnotizados, lo que tiene su lógica. Nos encontramos pues con una mezcla de demiurgo y de taumaturgo que logra que los demás acaben dejándose arrastrar por sus locuras. Lo que nos hace pensar en Teorema de Passolini. Y hay, como en Onegin, una gran mesa donde se come y se platica. Una propuesta original y veremos hasta qué punto descabellada.



    Los mimbres musicales tienen entidad aunque, a priori, no nos parezca que todas las voces encajen del todo en sus particellas. Las de Christine Schäfer y Ainhoa Arteta no poseen el tinte dramático mozartiano ideal. La primera es una lírica-ligera, dotada de un timbre penetrante, pero en exceso claro. A la segunda, una lírica en estos instantes, quizá le falte esa enjundia, esa sustancia, ese cuerpo que corresponde a la conturbada doña Elvira, rol que debuta en estas funciones. Mojca Erdmann está dotada de una bella y leve voz, soleada y dúctil y es adecuada para una Zerlina al uso. Paul Groves, un tenor algo fatigado hoy en día, puede cumplir como Ottavio. Anatoli Kotscherga es un veterano bajo, ya un poco estentóreo, pero sólido. Kyle Ketelsen es un experimentado Leporello y Russell Braun un consistente Don. Veremos hasta qué punto domina el recitativo, las medias voces y plasma la elegancia, que añejo o no, es seña de distinción del personaje. Eduard Tsanga, joven miembro de la compañía del Mariinsky, encarna a Masetto.



    En el foso se sitúa, hasta la última función del 24 de abril, el argentino Alejo Pérez, quien nos dejó buen sabor de boca en un muy decoroso Rienzi wagneriano. Para él Don Giovanni destaca por su componente trágico. El protagonista "se sumerge en una reflexión sobre la muerte", dice, y se encuadra en una obra que "esgrime la chispa genial del enredo magistralmente tejido, pero también la profundidad del vértigo ante la muerte".



    Se antojan muy juiciosas sus ideas respecto al tempo, que considera debe entenderse alla breve, y acerca de la importancia del recitativo, que es, según cuenta, "el tiempo teatral por excelencia, donde la acción avanza, donde los personajes muestran su verdadero rostro". Por ello, afirma, su enfoque "intenta reforzar el ritmo ágil de la palabra", por lo que ese recitativo "no debe cantarse tanto como actuarse y, más que nada, decirse".