Plácido Domingo. Foto: Javier del Real

El debut de Plácido Domingo como Giorgio Germont en La traviata que estrena este jueves el Met de Nueva York ha reabierto el debate sobre su eventual retirada. A sus 72 años, el "rey de los cantantes" presume de una agenda llena de compromisos. Los que le procura su recién iniciada carrera como barítono: "No puedo retirarme mientras los teatros estén llenos".



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  • ¿Debe abdicar Plácido Domingo? ¿Ha llegado la hora de su renuncia? ¿Tiene que replantearse un cantante de 72 años la eventualidad de la retirada? El prosaico debate en cuestión ha vuelto a suscitarse a propósito de la actuación de Domingo en I due Foscari. Se probaba el maestro en el papel baritonal protagonista, pero la adhesión de los espectadores en las funciones valencianas, incondicional, entusiasta, discrepaba de la beligerancia de algunas críticas. Que urgían más o menos a la conveniencia de una despedida.



    Domingo está inmunizado frente al debate desde que aparecieron las primeras reclamaciones hace 30 años, incluso 40, pero es cierto que su edad actual ha recrudecido la causa tanto como lo ha hecho un estrafalario contexto de abdicaciones que parecen acuciarlo como una epidemia. Abdica la reina de Holanda a los 75 años. Renuncia Benedicto XVI. ¿Por qué entonces no iba a hacerlo el rey de los cantantes? ¿Está Domingo en condiciones de sobrellevar la corona? ¿Hay un heredero en condiciones de reemplazarlo?



    Ha venido a decirse que un tenor sin agudos no es un barítono. Y que el imponente historial de Domingo merece una clausura en la plenitud, aunque el cantante madrileño puede objetar, como siempre ha hecho, que no se arrastra como un fantasma, sino que se legitima en los grandes teatros del planeta. Así nos lo explicaba inequívocamente. "No voy a cantar un día más de lo que deba ni un día menos de lo que pueda. No quiero dejar de cantar, pero es el canto el que un día me va a dejar a mí. Lo único que espero, mi único deseo, es que todo lo que haga tenga la calidad que el público espera. Ése es el único límite que me pongo: que el público vea que si estoy ahí es porque realmente puedo hacerlo. No puedo retirarme mientras los teatros están llenos. Y no sólo es una cuestión de adhesión popular, sino de honestidad y de rigor, quede claro. Seré el primero en saber que no puedo cantar. Y actuaré en consecuencia, con la misma profesionalidad con la que he actuado en todos estos años de carrera. A mi edad, tengo la agenda llena de compromisos y de estímulos".



    El último de ellos consiste en La traviata del Metropolitan. Una ópera que jalona el año Verdi de Domingo y que forma parte del patrimonio personal, bautismal y hasta sentimental del cantante porque ya la frecuentó en Monterrey, nada menos que en la temporada de 1959. Desempeñó entonces el papel gregario de Gastone, pero aquellas remotas funciones mexicanas permitieron a Domingo impresionarse con Giuseppe di Stefano -el tenor italiano protagonizaba el rol de Alfredo- y enamorarse del papel de Giorgio Germont a propósito de la gran aria del II acto que entonces interpretó Manuel Ausensi: Di Provenza il mar, il suol. Medio siglo y cuatro años después, corresponde a Domingo evocar e invocar, este jueves, el mismo pasaje en el teatro talismán de Nueva York. Un reencuentro con el Met que acredita la seriedad y la responsabilidad con que el tenorísimo ha mutado en barítono o ha evolucionado.



    La gravedad del barítono

    Es cierto que no tiene el color ni la naturaleza de un especialista ortodoxo, pero la idoneidad de Domingo estriba en la afinidad estilística a Verdi, en la musicalidad congénita, en la construcción teatral de los personajes, en la capacidad de sugestión, en la verosimilitud artística. Unas y otras razones relativizan tanto el debate de la retirada como la polémica de su carrera baritonal. Domingo es Domingo, de tal forma que los límites entre el tenor y el barítono se desdibujan frente a la personalidad inequívoca del cantante y a su impresionante salud vocal. "La verdad es que estoy adoptando algunos roles de barítono por la belleza de esas partes y porque la tesitura se acopla muy bien a mi voz hoy en día. Este tipo de papeles, sobre todo en las óperas de Verdi, son dramáticamente ricos y muy nobles. Me veo capacitado para explorarlos con la seriedad de siempre". Es una alusión al compromiso neoyorquino, pero también una introducción a la agenda verdiana que Domingo se ha concedido esta descomunal temporada. Después de haber debutado en I due Foscari, prosigue su aventura baritonal con el Nabucco del Covent Garden londinense y con la Giovanna D'Arco prevista en el Festival de Salzburgo.



    Añádase a la lista el Simon Boccanegra de Viena y su debut en Berlín en el papel del Conde Luna del Trovatore. Es decir, que Domingo se expone en los teatros de mayor exigencia y en los festivales de mejor reputación, contradiciendo explícitamente a quienes le reclaman un gesto de abdicación. De producirse, ocurrirá cuando no supere el ritual con que se levanta cada mañana. Se trata de verificar si la voz está ahí. Y no ha dejado de estarlo en 50 años de carrera: "Se ha dicho que he cantado mucho y que he pasado muchas horas, demasiadas, en la tarima, pero siempre he tenido el ejemplo de mis padres, que hacían doble función de zarzuela cada día y dedicaban las horas libres a preparar las del día siguiente. Eso sí que era trabajar. Cuando me reprochan que trabajo demasiado, me entra la risa. Estudié las carreras de los grandes tenores del pasado, que trabajaban con mucha mayor intensidad que los contemporáneos, permitiéndose cantar docenas de espectáculos al mes, porque eran más técnicos que la generación actual. Pienso que tengo el enorme privilegio de ser una fuente de deleite para millones de personas en todo el mundo".