Por definición, una road movie es una película en la que la trama se desarrolla principalmente en un viaje por carretera. A través de este trayecto, los personajes experimentan un proceso de autoconocimiento, que les brinda la oportunidad de iniciar un nuevo capítulo en sus vidas. Sin embargo, Un largo viaje, ópera prima de Victor Nores, pertenece al género de forma atípica, ya que el verdadero viaje comienza una vez concluye la película.

Violeta (una notable Elisabet Gelabert) y Samuel (Christian Checa), madre e hijo, viven en un austero piso que no se pueden permitir. Su mezquino casero les ha subido el alquiler y ella pierde su trabajo como limpiadora en un concesionario, el único ingreso de la familia. Por ello, se ven arrastrados a dejar su hogar y empezar a vivir en una autocaravana.

El cineasta madrileño, que debuta en el largometraje tras haberse hecho un nombre en el corto con Eutanas SA, presenta un drama social descafeinado, que enmascara la amargura con el humor ácido que emana su protagonista. Una mujer de carácter hostil e imprudente, que se mantiene fuerte y estoica frente a las adversidades. Es en ella donde se centra lo más interesante y ambicioso de la propuesta de Nores, ya que se distancia de la vulnerabilidad típicamente asociada con los personajes en este tipo de narrativas.

De hecho, la mirada de Violeta no refleja ni un atisbo de debilidad cuando le descubren robando en el centro comercial o cuando le despiden del trabajo, solo cuando se percata de que el vínculo con su hijo pende cada vez de un hilo más fino. Samuel, un chiquillo que sueña con ser streamer, se muestra comprensivo, quizá demasiado naif, hacia su impertinente madre, resaltando así la carencias afectivas de esta y representando esa inocencia interrumpida, al tener que adoptar el papel de padre de familia.

Aún así, el resentimiento de Violeta hacia la sociedad no es irracional; es comprensible e incluso compartido cuando se toma conciencia de que el sistema se ensaña con los que menos se lo merecen, pero no logra generar la suficiente empatía y comprensión con el espectador. El realizador opta por una narrativa no lineal, alternando entre el pasado y el presente de los personajes, sin explorar a fondo los motivos que los llevaron a la situación económica y vital actual. 

A través de esos flashbacks, Nores intenta explicar la complicada relación maternofilial que prospera a medida que se ven obligados a compartir ese espacio tan reducido. De esa decadencia, Norbes consigue arrancar escasos momentos bellos, como la escena en la que ambos convierten una gélida ducha en un autolavado, en un divertido chapuzón invernal. 



La autocaravana, representación para algunos de libertad e independencia, se convierte en el filme en un barco varado en medio del parking de un centro comercial, símbolo de un viaje que, hasta el final, parecía inalcanzable.