De verdad, creíamos que había ocurrido algo grave. El 2 de septiembre de 2022, sobre las siete de la tarde, la gran mayoría de periodistas recluidos en la sala de prensa nos apretujábamos en las ventanas que daban a la Sala Grande: de repente, el murmullo que venía de la alfombra roja se había vuelto un griterío tremendo, audible incluso a través de las gruesas paredes del edificio vecino.



Afortunadamente, se trataba únicamente de Timothée Chalamet y su despampanante traje rojo brillantina, a conjunto por Hasta los huesos. Días más tarde, los titulares se escribían solos: los memes estaban proliferando con las enganchadas entre Olivia Wilde, Harry Styles y Florence Pugh en el estreno de No te preocupes querida.

Este año, el Lido ha estado preocupantemente silencioso. Ni Emma Stone, ni Mark Ruffalo, ni Willem Dafoe venían a presentar Pobres criaturas, ni Michael Fassbender estaba para acompañar a David Fincher en la rueda de prensa de El asesino, y Wes Anderson habló de su multitudinaria La maravillosa historia de Henry Sugar sentado tras una larguísima mesa presidencial vacía.

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A horas de empezar el festival, Bradley Cooper cenaba en un restaurante de la ciudad sin ninguna intención de acercarse al público: había venido únicamente a supervisar las pruebas de sonido del estreno de Maestro, su biopic de Leonard Bernstein. ¿Se acuerdan del espectacular paseo de Cooper en la alfombra por Ha nacido una estrella? Parece hoy una leyenda de otro tiempo.

También nosotros parecemos obsesionados con el ausentismo de las estrellas: cualquiera diría que un festival de clase A funciona como un escaparate de marcas con películas por excusa… Que se lo digan a MasterCard, que ha financiado buena parte del gran circuito festivalero (Berlinale, Cannes, Venecia) y cuya campaña para los carteles de la alfombra de esta última Biennale era Laughing Like We’re The Only Ones Here (“riéndonos como si fuéramos los únicos aquí”). O que nos lo digan a nosotros, periodistas, que nos quedamos sin entrevistas y reportajes por ser “los únicos aquí”.

Qué es de un festival sin estrellas: las controversias

En realidad, la situación podría ser mucho peor. En julio, el director artístico del festival Alberto Barbera anunciaba de último minuto que Challengers, la comedia sexy dirigida por Luca Guadagnino, y con Zendaya y Timothée Chalamet, retiraba su participación de un certamen que tenía que inaugurar. En su lugar, proponían Comandante, una película italiana de medio pelo protagonizada por el siempre fiable Pierfrancesco Favini… Pero a días de anunciar la programación definitiva, todo el mundo temía lo peor: que Challengers era la primera de muchas superproducciones estadounidenses en caer de la parrilla.



Al fin y al cabo, Venecia ha sido entendida tradicionalmente como la antesala de la gran cartelera de otoño y, sin la posibilidad de promociones cantonas, los grandes estudios están retrasando algunos de sus títulos más potentes al invierno. Ese ha sido el caso, por ejemplo, con Dune: Parte 2 y la adaptación musical de El color púrpura, que tenían que verse en Venecia o en Toronto y que de momento van a aplazar su estreno hasta Navidad...  De momento.

No obstante, siendo el suyo el festival que mejor ha tratado a plataformas y estudios, Alberto Barbera había asegurado ya una buena tanda de títulos importantes: en Venecia también se han visto las últimas películas de Juan Antonio Bayona (La sociedad de la nieve), de Richard Linklater (Hitman) o de Bertrand Bonello (La bête).

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El goteo de cancelaciones no significa, tampoco, una falta total de invitados en Venecia. Adam Driver, Jessica Chastain y Mads Mikkelsen llegaron para presentar, respectivamente, Ferrari de Michael Mann, Origin de Ava DuVernay y La tierra prometida de Nikolaj Arcel, y pasaron por el Lido Caleb Landry Jones por DogMan, Jacob Elordi por Priscilla… Junto a toda una sarta de caras europeas bien conocidas.

El espacio que deja la ausencia de estrellas es de una oscuridad considerable, por mucho que Alberto Barbera insista en relativizarla. Al fin y al cabo, su festival ha descuidado la paridad de género una vez más para programar, en cambio, a tres figuras relacionadas con casos de abuso sexual: eran Luc Besson con DogMan, Roman Polanski con The Palace y Woody Allen, con Golpe de suerte.



De hecho, e independientemente de los veredictos en los tribunales, el mayor griterío que oímos en la alfombra vino de la manifestación contra Woody Allen y la “cultura de la violación”. Barbera, decíamos, relativiza: “La historia del arte está llena de artistas que fueron criminales y, sin embargo, seguimos admirando su trabajo”. ¿Hubiera la presencia de Emma Stone eclipsado esta polémica? Seguramente, por lo menos la hubiera maquillado.

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La huelga y los actores que no querían ser vistos

El Festival de Venecia abría sus puertas más de mes y medio después del arranque de la huelga del sindicato de actores el pasado 14 de julio, pero con las vacaciones de por medio aún se percibía como la primera palestra donde discutir un conflicto lejos de resolverse. De hecho, para Venecia, el sindicato SAG-AFTRA sí permitía a los actores la presentación de películas consideradas de “producción independiente”, es decir, no ligadas a un gran estudio o plataforma en su fase de producción y/o distribución.



SAG-AFTRA animaba a sus miembros a participar en la promoción de obras independientes, decía en un comunicado emitido a finales de agosto, “para reforzar la posición del sindicato en las negociaciones y para manifestar su solidaridad de forma pública”.

Sin embargo, tal es el clima de crispación generalizada que buena parte de los repartos con permiso para hacer promoción se ha abstenido, y el ambiente entre quienes sí han venido ha sido de nerviosismo: Adam Driver asistió a la première de su biopic sobre Enzo Ferrari, pero finalmente ni siquiera pasó la noche en Venecia.

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Leía en un artículo del Los Angeles Times la opinión de un publicista, que explicaba que la reducción de las estrellas en espacios públicos se ha traducido en un aumento de la presión mediática, porque ahora todo es posicionamiento, y el posicionamiento implica el detrimento de una de las partes. O con los actores o con los estudios, no hay más: David Fincher quiso ser equidistante (“Estoy muy triste. Obviamente me siento en medio de ambas partes”), y su opinión fue vista como acobardada. Por ello, incluso estrellas que están participando en producciones independientes están prefiriendo mantenerse al margen.

Al mismo tiempo, no hay consenso sobre la independencia real de algunas de las producciones con permiso para la promoción del sindicato. Son ejemplo de ello Teherán, la película basada en la serie israelí de Moshe Zonder, Dana Eden y Maor Kohn para Apple TV+, o The Watchers, película distribuida por la casa New Line (de la Warner) que recibió la condición de rodaje independiente del sindicato justo antes de firmar con la major.

A principios de agosto, la actriz Sarah Silverman (ausente en Venecia, donde tenía que presentar Maestro), colgaba un encendido vídeo en Instagram donde tildaba a las estrellas que siguen en activo de “esquiroles”. Sus argumentos sacaban a colación la responsabilidad individual ante los grises de las excepciones expedidas por SAG-AFTRA: “No sé si estoy enfadada con las estrellas que siguen haciendo películas que obviamente van a acabar en plataformas, o si lo estoy con el sindicato por montar todo este acuerdo interino”. El perfil bajo permite no entrar en este tipo de contradicciones incómodas.

Camiseta con eslogan a favor de la huelga de guionistas / Foto: Claudio Onorati.

La mayoría de quienes han asistido al Festival de Venecia, en todo caso, se han postulado a favor de la huelga: Damien Chazelle, Martin McDonagh y Laura Poitras, miembros del Jurado Oficial, vistieron camisetas con el eslogan de “Writers Guild on Strike!” (“¡Sindicato de guionistas en huelga!”) para la inauguración del certamen, y Adam Driver fue el primero en exclamar: “¿Por qué si una empresa de distribución más pequeña como Neon y STX International [tras Ferrari] puede firmar para satisfacer las demandas del sindicato, y las grandes compañías como Netflix o Amazon no pueden?”.



Hasta que sindicato y estudios no resuelvan este sencillo nudo, la normalidad no volverá a los festivales y a todo lo que de ellos depende, que no es poco.

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