Decía Enrique Jardiel Poncela en una vieja entrevista que donde hay risa palpita la vida y que cuando esta acaba solo quedan las tinieblas. Un aforismo que bien podría ejercer de pórtico de entrada para este ¡Todo sobre mí! en el que, pasada la barrera de los noventa y cinco años, Mel Brooks ha decidido plasmar sus memorias. O, como afina desde su propio título, sus memorables gestas en el mundo del espectáculo.

Porque pocas dudas caben de que, en efecto, memorables lo son. Y es que es posible que la vocación por la comedia más desbocada haya terminado distorsionando la valoración de una carrera que podría servir por sí sola como completo manual del show business norteamericano. No conviene olvidar que estamos ante una de las pocas personas que pertenece al selecto club de los EGOT, léase los artistas que han alzado un Emmy, un Grammy, un Óscar y un Tony.

Un personaje que fue pionero de la televisión estadounidense, que alcanzó el éxito internacional gracias a un puñado de películas descacharrantes, que superó la mágica cifra del millón de discos despachados con la grabación de uno de sus shows y que, como en una historia ejemplar, terminaría consiguiendo su auténtica ambición desde que con solo nueve años se acercara a Manhattan para ver un musical: pisar ese irreal escenario de los sueños que es Broadway.

Ni una mala palabra

Todo lo narra con el orgullo del bufón, con el disfrute de hacer de estas páginas una extensión más de esa comedia que lo ha sido todo en su vida. Porque este ¡Todo sobre mí! no es sino una continua celebración de una persona que en ningún momento se deja intoxicar por justificaciones o ajustes de cuentas ni guarda una mala palabra para nadie.

Y en los escasos momentos en los que el drama resulta inevitable opta por darle esquinazo por vía de la reconversión o de la omisión: la narración de su paso por el frente en la II Guerra Mundial más parece una escena de opereta, los fracasos se cuentan con la misma alegría que los éxitos, la muerte de Anne Bancroft, compañera de vida durante medio siglo, se salda fugazmente en un párrafo de apenas ocho líneas.

56 Todo sobre mí

Todo sobre mí

Mel Brooks



Traducción: Ana Julia Sarmiento. Libros del Kultrum. 496 páginas. 24,50 E

Todo es, en efecto, una fiesta sin fin para una persona que se muestra satisfecha de haber paladeado hasta la última gota de su vida y que despliega todo su disfrute en un jugoso recorrido de casi quinientas páginas.

España no fue ajena a la inmensa popularidad de Brooks. Si en los años sesenta su serie Superagente 86 marcaría un hito televisivo, en los setenta y ochenta se convertiría en un cómico queridísimo gracias a un largo listado de películas que no dejarían un solo género sin desmontar: Sillas de montar calientes (1974) la tomaba con el wéstern, Máxima ansiedad (1978) trituraba hasta el último ítem del cine de Alfred Hitchcock y La loca historia de las galaxias (1987) reducía a chirigota la saga estelar de George Lucas.

Todas tuvieron un exitoso paso por los cines españoles y prolongarían su vida en sucesivos pases televisivos que las elevarían a los altares del cine de culto: valga como ejemplo El jovencito Frankenstein (1974), que encontraría pocos rivales en cualquier listado de películas más celebradas por el respetable.

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Pero pese a la imagen de cómico chocarrero que ha terminado erigiéndose en torno a su figura, Brooks distó de abocarse únicamente a terrenos trazados de antemano y fue también un cineasta capaz de lanzarse al suicidio comercial de levantar una película muda cuando los vientos no soplaban a favor de tamaña aventura (La última locura, 1976) o de dar la alternativa desde su productora a jóvenes talentos abocados al underground: puso en manos de David Lynch El hombre elefante (1980) tras ver su Cabeza borradora (1977), dio carta blanca a David Cronenberg para reformular su remake de La mosca (1986), permitió al montador Graeme Clifford debutar como realizador en Frances (1982).

Todo ello sin dejar de situar al espectador frente a un espejo que no siempre devolvía una imagen amable y con pocos reparos a la hora de pisar terrenos pantanosos: hablamos de un cómico que ya en su primera película, Los productores (1967), apostaba por un cantable con Adolf Hitler.

No estaba mal para un chico judío capaz de rechazar un Kennedy Center Honor, máximo honor otorgado por el presidente de Estados Unidos, por ser el susodicho George Bush, o de retomar tras la pandemia su tradicional comida semanal con su gran amigo Carl Reiner para apoyar públicamente el movimiento Black Lives Matter.

No conviene, de todos modos, dejarse cegar por el brillo del éxito a la hora de afrontar la lectura de este ¡Todo sobre mí! Porque lo mollar del libro se esconde precisamente donde suelen pinchar estos relatos autobiográficos, en la vibrante reconstrucción de los años de infancia en Brooklyn, de los primeros esfuerzos por forjarse como cómico en los resorts para judíos de Catskill, del trampolín a la primera división del negocio de la mano de Sid Caesar en el legendario programa televisivo Your Show of Shows.

Un auténtico periplo americano con un desfile de secundarios apabullante: desde Woody Allen o Jerry Lewis hasta Orson Welles o Cary Grant, no parece haber nadie del mundo del espectáculo que en un momento u otro no haya acompañado a Brooks en su largo y fructífero recorrido.

Interminable anecdotario

Todo lo desarrolla por extenso Brooks en este libro de lectura disfrutona al que solo cabe poner un par de pegas: una traducción demasiado apegada a la literalidad y con alguna opción incómoda para el buen fluir del texto y la extemporánea decisión del editor de incluir alguna nota a pie de página para publicitar pasados o futuros lanzamientos del sello. Poca cosa, a fin de cuentas.

Resulta difícil entorpecer esta arrolladora celebración de la comedia y de la vida salpimentada con un interminable anecdotario y hasta con un best of de una carrera que ni tan siquiera la cercanía del centenario parece capaz de frenar: hace apenas un mes una plataforma estadounidense estrenaba una secuela de La loca historia del mundo (1981) donde las diversas generaciones de cómicos que han sucedido a Brooks muestran su respeto por un creador que se sabe padre de todos ellos y que, por supuesto, disfruta a lo grande de ese merecido estatus.