Basta recurrir a cualquier enciclopedia para confirmar que Norma Jeane Mortenson vio la luz en el Hospital del Condado de Los Ángeles un 1 de junio de 1926. Más complejo, sin embargo, resulta determinar la fecha de nacimiento de la persona en la que se transformaría, pero permítanos el lector aventurar la conjetura de que esta tuvo lugar un día del verano de 1939.



Los aires de guerra que soplaban en Europa eran solo un eco lejano para una Norma Jeane ilusionada ante la invitación de su primer novio a pasar la tarde en la playa de Ocean Park. La adolescente, que acababa de cumplir los trece años, no dudó en aceptar y se acercó a una tienda para alquilar un bañador que, por aquello de arañar unos centavos, terminó teniendo un par de tallas menos de la que le correspondía.

Marilyn contaría al guionista Ben Hecht su incomodidad al sentirse semidesnuda sobre la arena, pero también cómo “cuando llegué a la orilla unos jóvenes me silbaron. Cerré los ojos y me quedé quieta un momento. Y en lugar de meterme en el agua me di la vuelta y decidí caminar por la playa. Los hombres también se pusieron a silbarme y muchos se levantaron para acercarse y verme mejor. Incluso las mujeres se quedaban paralizadas a mi paso. Tuve una sensación extraña, como si fuera dos personas diferentes. Una era la Norma Jeane del orfanato. La otra, alguien cuyo nombre no conocía”.

Marilyn nunca se sintió tratada como una igual. El desdén que siempre intuyó en Miller acentuó sus problemas

Ese nombre terminaría siendo el de Marilyn Monroe, el mismo con el que otro verano, el de 1946, firmaría su primer contrato con la 20th Century Fox. La entrada en una major, por mucho que fuera por una puerta lateral, era la forma con la que Norma Jeane intentaba dejar atrás una infancia aterradora, en la que bajo el paraguas de un cristianismo integrista había conocido los abusos sexuales, los problemas mentales, el abandono familiar, el alcoholismo y unos malos tratos tan violentos como para acabar con la vida de su hermano.

Nada de aquello, sin embargo, le dejaría tanta huella como la ausencia de un padre al que nunca conoció: el que a su primer marido, James Dougherty, lo llamara en la intimidad “Daddy”, al segundo, Joe DiMaggio, “Pa” y al tercero, Arthur Miller, “Pappy”, no hace necesario ahondar en dónde radicaba el vacío que la devoraba prácticamente desde su nacimiento.

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No puede decirse que la relación de Marilyn con las majors resultara afortunada: la interminable sucesión de papeles de pin-up explosiva a los que quedó rápidamente condenada terminó por agotar la paciencia de una actriz que siempre ansió mucho más.

Su continua búsqueda de credibilidad tuvo por momentos aspecto de lucha desesperada, llevándola a tomar decisiones de una sorprendente valentía. Difícil calificar de otro modo la creación de Marilyn Monroe Pictures (MMP), la compañía con la que consiguió levantar por sí sola películas que la industria parecía tenerle vedadas: he aquí el origen de la cinta que le ofreció su primer papel dramático, Bus Stop (1956), de la que le permitió medirse de igual a igual con el reputadísimo Laurence Olivier, El príncipe y la corista (1957), e incluso del que sería su proyecto más personal y ambicioso, Vidas rebeldes (1961).

Más arriesgada aún sería la decisión de abandonar Hollywood para formarse en el Actors Studio neoyorquino, confrontándose en igualdad de condiciones con una larga serie de aspirantes que, precisamente por su categoría de estrella, sabía que la despreciaban profundamente. Quizás el error de Monroe radicó en no saber limitar esta necesidad de reconocimiento al ámbito profesional y trasladarla, tantas veces de manera tortuosa, a su vida personal.

No resulta arriesgado aventurar que a ello respondieron sus sonados emparejamientos con hombres cada vez más influyentes, cada vez más poderosos, que culminarían en esa confusa relación que mantuvo a un mismo tiempo con los hermanos John y Robert Kennedy.

Pero el punto de no retorno había llegado otro verano, el de 1956, que vio el anuncio de su matrimonio con Arthur Miller, el dramaturgo más admirado de Estados Unidos. Difícil saber si en la relación pesaba más la admiración que la actriz sentía por el escritor o la necesidad de verse reconocida intelectualmente por él.

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Fuera como fuese, Marilyn nunca se sintió tratada como una igual y el desdén que siempre intuyó en Miller acentuó los problemas de insomnio e inseguridad que la corroían desde la infancia y cronificó una adicción a los sedantes que terminaría llevándola a la muerte. Una muerte que tuvo lugar un último verano, el de 1962, hace hoy sesenta años.

Los problemas que arrastraba Marilyn eran ya lo suficientemente complejos como para haber estallado públicamente durante el rodaje de Something’s Got to Give, un filme convertido en bomba de relojería por ser el único cartucho que guardaba en la recámara la Fox tras la ruina a la que la había abocado la realización de la colosal Cleopatra (1963). La insoportable presión que marcó toda su mecánica de trabajo provocaría en un primer momento la expulsión de Monroe y en un segundo la cancelación de la película. Sin embargo, los amigos y la gente más cercana recuerdan a la actriz tranquila, de extraordinario buen humor y confiada ante los proyectos que tenía por delante.



Pero la madrugada del 4 al 5 de agosto su ama de llaves la encontró en su cama muerta por una sobredosis de barbitúricos. “Era inevitable”, dijo lacónicamente un Miller que decidió no asistir a los funerales. Las declaraciones de quienes estuvieron presentes aquella noche en el apartamento de Brentwood resultarían tan contradictorias que, tantas décadas después, siguen provocando auténticas oleadas de interpretaciones.

Desde venganzas de la mafia siciliana hasta complots comunistas, cualquier factor parece posible. Suposiciones que, desgraciadamente, poco importan a estas alturas: la única realidad es que una vida se quebró con solo treinta y seis años y que aquella muerte terminaría fijando en Marilyn un carácter icónico que la elevaría a un umbral de fama del que, tantos años después, nadie parece haber sido capaz de destronar.

La vecina de arriba de un Rodríguez neoyorquino

No hay película más veraniega en la filmografía de Marilyn Monroe que La tentación vive arriba (Billy Wilder, 1955). Estamos ante una más de las historias de los Rodríguez de Manhattan “desde los tiempos de los indios lenape”. Un Rodríguez (Tom Ewell) que, en la crisis de los siete años de matrimonio y en ausencia de su familia, se topa con una vecina rubia a ritmo de Rajmáninov que lo mismo riega sus plantas desnuda que refresca su ropa interior en el frigorífico.

La tentación vive arriba puede verse en Amazon Video o Google Play.