Jesús Palacios

Crítico de cine. Autor de Satán en Hollywood (Valdemar)

¿Quién teme al milenio feroz?

De un tiempo a esta parte, existe un runrún constante acerca de qué puede hacer un género cinematográfico como el terror para darnos más miedo que la realidad misma. Una pandemia planetaria, con un corolario de crisis cuyos efectos apenas hemos comenzado a notar. Erupciones volcánicas, temporales e inundaciones, sombríos panoramas de calentamiento global, hambrunas y destrucción de vidas, empleos y hábitats… Por no hablar de otros espectros que parecen superar las pesadillas más fantásticas del género de horror distópico y catastrófico: megacorporaciones controlando economía y política, totalitarismo, deterioro de los derechos individuales, nuevas censuras, sustitución de la realidad por el simulacro digital, conspiraciones a derecha e izquierda, para todos los gustos y disgustos, que ya sean reales o imaginarias no pertenecen al reino de la fantasía, sino a telediarios, redes y medios informativos. Ante todo esto y mucho más, ¿qué puede ofrecernos el cine de terror que nos haga temblar? Hoy, más que nunca, se escucha aquello de que “la realidad supera a la ficción”.

Las épocas de crisis son siempre el mejor caldo de cultivo para el cine de terror. Ahí están los títulos que nos invaden desde esas plataformas digitales que a mí sí que me dan miedo

Pues bien: no es cierto. La realidad nunca supera a la ficción, aunque bien es verdad que a veces se le aproxima bastante, especialmente en lo malo. Pero un buen meme, como dicen ahora muchos que no leyeron nunca a Richard Dawkins, no es una “verdad”, es sólo y como mucho una posverdad psicológicamente convincente. ¿Ha tropezado usted alguna vez con un auténtico vampiro? ¿De esos que viven siglos y vuelan como murciélagos? ¿Conoce a algún asesino que mate a través de los sueños? ¿Los habitantes de su pueblo han sido sustituidos por alienígenas? ¿Su edificio ha sufrido un ataque zombi? ¿Tiene usted un hijo o hija poseídos por un demonio sumerio? Confío en que la respuesta sea “no”. Porque, por supuesto, la realidad no supera la ficción. Los miedos imaginarios van siempre por delante, por encima y por debajo, de los que nos acechan en la vida real. No hay que ser Lovecraft –aunque ayuda– para saber que “el más fuerte y antiguo tipo de miedo es el miedo a lo desconocido”.

Por supuesto, nuestro nuevo milenio, que se quiere apocalíptico, genera nuevos modos y modas en el terror. Hoy, la tendencia es en el cine como en la vida: las películas se vuelven claustrofóbicas y ascéticas. Abundan encierros y confinamientos. Violaciones de hogares, casas, cuerpos y mentes. Contagios físicos y morales. Reina el miedo a la pérdida de identidad, a la incomunicación. Predomina la desconfianza en un panorama hobbesiano de hombres que son lobos para el hombre, aunque se disfracen de zombis. A veces, como en la saga de La Purga, este miedo privado se convierte en público y pasa de la sala de estar a la nación. Pero no faltan vampiros, posesiones, casas encantadas ni monstruos en el armario de toda la vida. Porque si la realidad no supera a la ficción, las épocas de crisis (¿cuál no lo es?) son siempre el mejor caldo de cultivo para el cine de terror. Ahí están los títulos que nos invaden no ya desde cines, claro, sino desde esas plataformas digitales que a mí, si me lo permiten, me dan mucho, pero que mucho miedo.

Paula Ortiz

Directora de El asfalto (Historias para no dormir)

Desaparecer

Todas las civilizaciones han fabulado sobre su propio apocalipsis. Sobre su desaparición. La supervivencia es una batalla contra el miedo. El miedo simple a desaparecer. Incontables generaciones han visto cómo la naturaleza impredecible, implacable, imparable, a veces invisible e inaudible…, opera sin tenernos en cuenta. Y por eso cada cultura ha buceado a través de sus cuentos, con razón o con magia, como ha podido y sabido, según su tiempo y su sensibilidad, en experiencias ficticias y cerradas, que empaquetan los miedos colectivos, para que cuando lleguen estemos, quizá, un poco más preparados. Por eso todo relato de terror no es otra cosa que un abrirse paso ante el peligro inevitable, un baile con la muerte, una fabulación interminable a golpe de amor y lucha.

Me preguntan sobre el hecho de qué puede o debe contar un narrador o narradora en un relato de terror en estos días donde muchos de nuestros temores se han materializado con una fuerza arrasadora. En estos momentos de pandemia, cambio climático, volcanes en erupción, ¿qué decir?, ¿qué se puede fabular ahora que las fantasías apocalípticas se miden en probetas, mientras empresas y estados trafican con ellas? Pudiera parecer que ya no queda nada que contar. “Está pasando, lo están viendo”, diría el periodista. “La realidad superó a la ficción”, pensarían muchos.

El miedo a desaparecer alumbrará miles de historias que seguirán nombrando brujas, pestes, virus, terremotos, extraterrestres y hálitos de aniquilación posibles e imposibles

Sin embargo, yo me inclino a creer que, posiblemente ahora más que nunca, es preciso imaginar. Ordenar el caos. El motor del alma y de los relatos no es otro que la búsqueda de un cierto orden, un sentido a todo esto. Tratar de encontrar la imagen de una salida que ahora mismo no vemos. Las historias son pequeños ejercicios individuales o colectivos imprescindibles hoy para intentar proyectar una vida posible y con sentido. Son la única manera de tener la fantasmagórica sensación de que estamos preparados y de que sobreviviremos. Una experiencia controlada, envuelta convenientemente en 50 minutos, 200 páginas o 4 temporadas, donde probar y probarse ante el peligro. Donde asomarse al abismo. Donde examinarse ante el caos.

Mientras la naturaleza aceche, y la muerte se dibuje como final, el miedo a desaparecer como individuos y como especie, alumbrará miles de historias que seguirán nombrando brujas, pestes, virus, tornados, terremotos, venenos, extraterrestres, sombras negras, hálitos de aniquilación posibles e imposibles. La razón de los relatos de terror es una razón existencial y existencialista. Cada cuento, cada película, cada danza carnavalesca, cada grito, es una expresión que evoca el miedo a no ser. Miedo a desaparecer bajo este cielo y que aquí no pase nada. Miedo a que la travesía de la vida no haya tenido ningún sentido. Miedo a ser olvidados. Y es este impulso primordial el que nos ha traído hasta aquí sanos y salvos. Es el miedo el que enciende la capacidad de imaginar, de predecir, de preparar. Y son las historias de terror las que nos recuerdan, además, que existen a cada paso infinitas posibilidades. Siempre hay salida. Siempre habrá escape.