Signo de los tiempos, Alejandro Amenábar (Santiago de Chile, 1972) se pasa a las series. Fuera de concurso, el penúltimo día del Festival de San Sebastián ha sido suyo y de La fortuna, seis capítulos de acción y buenos sentimientos que apasionan y entretienen. Con la serie resucita el director más lúdico, más juguetón y maestro a la hora de montar intrigas que atrapen al espectador. La Fortuna, adaptación del cómic El tesoro del Cisne Negro de Paco Roca, su particular visión sobre la lucha del Estado español contra la empresa estadounidense Odyssey por un tesoro encontrado bajo el mar divierte, entretiene y está muy bien rodada.

El director de títulos tan célebres del cine español de las última décadas como TesisLos otros o Mar adentro, construye una película con toque clásico sobre la lucha entre la decencia contra los “piratas” que parece sacada de los años 50, ahí está ese protagonista con look a lo Cary Grant. De paso, reflexiona también sobre el eterno conflicto de nuestro país con los anglosajones en una defensa encendida de la cultura española (“nuestro petróleo” se dice) y la dignidad del país. En La Fortuna, la derrota de Trafalgar, que diezmó a la flota española y fue una ruina humana y moral, aún escuece. “Gibraltar español”, grita el personaje de Manolo Solo (el clásico lunático que al final es el que dice la verdad). Como aquí también se habla de las dos Españas, la compañera del protagonista lo considera “facha”.

En el lado de los buenos, Alex Ventura (Álvaro Mel), un joven brillante que ha ganado una plaza en la carrera diplomática y comienza a trabajar en el Ministerio de Cultura como agregado. Le tocará defender, junto a la experta en pecios Lucía (Ana Polvorosa) los intereses de España frente a una compañía, Atlantis, que recorre los mares en busca de tesoros de la antigüedad perdidos.

Recuerda en su tono a Frank Capra, esas historias de “ciudadanos decentes” que se enfrentan a los grandes poderes para defender su dignidad. Y también a la tradición del cine americano por identificar los intereses legítimos nacionales con sus representantes públicos, aquí los protagonistas están orgullosos de ser funcionarios y se comportan de acuerdo a altos estándares. La propia cuestión de España como país de la pifia surge de manera constante en una serie que puede interpretarse también como la de la lucha que ejercen todas las culturas contra el dominio abrumador de Estados Unidos del entretenimiento.

En sección oficial, Enquète sûr un scandal d’état (Undercover), de Thierry de Peretti. Inspirándose en una historia real, cuenta la odisea de un policía francés, Jacques Billard (Vincent Lindon), líder de la lucha antiterrorista que es acusado por un periodista del periódico Libération de ser cómplice y enriquecerse con el tráfico de drogas. Muy bien dirigida, atenta a las rutinas policiales, detallista en su reflejo de las eternas reuniones de los altos mandos policiales y políticos, la película refleja la paranoia colectiva con la corrupción del sistema. El inocente Billard, engañado por su confidente estrella, se enfrenta a una opinión pública totalmente dispuesta a creer en su culpabilidad. Los brutales juicios mediáticos, tan crueles, son una de las más importantes fallas de las democracias contemporáneas. Hay cine clásico, apasionante, en esta disección meticulosa de los mecanismos de destrucción de las personas.

Mañana sábado concluye un festival con mucho, y muy buen, cine español con la película Las leyes de la frontera, dirigida por Daniel Monzón, una adaptación de una novela de Javier Cercas, también fuera de concurso, donde rescata los primeros años de la Transición, marcados por el fenómeno quinqui. Concluirá un festival que ha buscado la paridad en su Sección Oficial y que si los pronósticos no se equivocan, ganará la película danesa As in Heaven, retrato atmosférico de la crueldad de una sociedad machista y supersticiosa como la danesa del siglo XIX.

@juansarda