Lyuda Syomina (Julia Vysotskaya) es una soviética orgullosa que añora los viejos tiempos de Stalin. “Todo tenía sentido cuando él estaba vivo y sabíamos quién era un enemigo y quién era uno de los nuestros”, se queja la protagonista de Queridos camaradas, la nueva película del veterano Andréi Konchalovski (Moscú, 1937). Nos encontramos en Novocherkassk a finales de mayo de 1962, y todo a su alrededor parece desmoronarse. Los salarios en las fábricas se han reducido un 30 % y los precios de los productos básicos no paran de subir. La situación parece insostenible.

Lyuda, sin embargo, no sufre estrecheces y sí una profunda antipatía hacia las quejas de los trabajadores. Es miembro del Partido Comunista local y detenta unos privilegios de los que carece el resto de la población. En la tienda en la que se agolpan sus vecinos para conseguir las raciones de comida, ella pasa directamente a la despensa y allí le sirven salami, queso letón, chucherías, chocolate… A pesar de todo, en casa nadie comparte su fe ciega en el régimen: su descreído padre piensa que Kennedy debería lanzar “la bomba” sobre sus cabezas para que acabe la mala racha y su joven hija Svetka (Yulia Burova), que trabaja en una de las fábricas afectadas por los recortes, parece dispuesta a plantar cara a la dirección y si hace falta al partido. Al final, se produce lo impensable: una huelga en una sociedad comunista.

A partir de aquí, Konchalovski nos muestra cómo todo se va torciendo, en un filme que recuerda en su rigor a esos thrillers políticos de los 70 y 80 como Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976) o Missing (Costa-Gavras, 1982), y que también rima en su retrato del absurdo con la reciente La muerte de Stalin (Armando Iannucci, 2017), aunque con un tono diametralmente opuesto. Los empleados de la planta eléctrica han detenido la producción y se han encerrado dentro del edificio. Parece que Khrushchev está furioso con la situación y los altos cargos del comité entran en estado de pánico ante posibles represalias por haber permitido que la situación se les vaya de las manos. Todos agachan la cabeza con la esperanza de que la mierda no les salpique, algo que parece improbable. La realidad es que todo irá a peor: al día siguiente se produce una masacre.

Homenaje a sus padres

Asegura Konchalovski que Queridos camaradas es un homenaje a la generación de sus padres, aquellos obedientes y convencidos comunistas que participaron en la Segunda Guerra Mundial y que, con el paso del tiempo, se dieron cuenta de la trágica disonancia entre la realidad y los ideales del régimen. Probablemente no hay nadie mejor que él para narrar esta historia: cuando se produjeron los hechos que aborda la película ya estaba trabajando con Tarkovski en el guion de Andréi Rubliov (1966). La apuesta del director en su búsqueda de verosimilitud es un ejercicio de mimetismo con el cine soviético de finales de los 50. Al modo de películas como Cuando pasan las cigüeñas (Mikhail Kalatozov, 1957) o La balada del soldado (Grigori Chukhrai, 1959), el director apuesta por un blanco y negro nítido y contrastado y por una relación de aspecto de 1:33.

La película, eso sí, invita al espectador a recrearse en el apartado estético y desentrañar las historias que esconden las composiciones de los planos. Por ejemplo, es magistral cómo en las secuencias en la casa de la protagonista, en la que apenas hay privacidad, se nos remarca el aislamiento de los personajes al encuadrarlos en los marcos de las puertas abiertas. En otros momentos, son los carismáticos rostros de un reparto de actores no profesionales casi en su totalidad los que producen un encantamiento en el espectador.

Alter ego ausente

Si la película es un homenaje a la generación de sus padres, entonces Svetka, la hija de Lyuda, solo puede ser entendida como una especie de trasunto del director. Uno ausente, ya que la chica desaparece tras la masacre. Lyuda piensa que es una de las personas asesinadas en las revueltas y comienza una búsqueda desesperada de su cuerpo, en la que poco a poco se van resquebrajando sus ideales. Interpretada con convicción y una intensidad que rebasa la pantalla por Julia Vysotskaya, el personaje nunca busca la empatía y se comporta de la única manera posible ante el terror y los desmanes de las autoridades, que quieren prohibir que se comente lo ocurrido obligando a la población a firmar un documento: si le preguntan, ella no sabe nada; si le piden que entregue a su hija cuando aparezca, asegura que así será. Por momentos, nos los creemos.

Premio Especial del Jurado en el Festival de Venecia, Queridos camaradas es un drama preciso, majestuoso y épico que no busca ajustar cuentas con nadie sino reflejar la naturaleza humana cuando la idiotez de la burocracia se impone a valores como la solidaridad o la verdad. A pesar de la seriedad de la propuesta, en ocasiones todo es tan absurdo que se dan situaciones de una amarga comicidad, marcadas por la paranoia en la que vivían la mayoría de los responsables de la sociedad de la URSS. En cualquier caso, y aun siendo consciente de que la mayoría de los personajes que retrata están alejados de sus posiciones ideológicas, es de valorar el hecho de que Konchalovski reserve para ellos una mirada de compasión y entendimiento.

@JavierYusteTosi