Arranca 2021 con tímidas novedades en la cartelera, quizá por el temor de las distribuidoras a que las fiestas navideñas nos conduzcan a nuevos cierres en las actividades de ocio. De manera que, en unas fechas tradicionalmente propicias para estrenos de envergadura –sin ir más lejos, en el primer fin de semana de 2020 llegaron filmes tan interesantes y comerciales como 1917 (Sam Mendes), El faro (Robert Eggers) o La inocencia (Lucia Alemany)–, tan solo desembarcan cuatro nuevos filmes en los cines españoles: Salvaje (Derrick Borte), un thriller psicológico con Russell Crowe como villano que ha sido vapuleado por la crítica anglosajona; Manual de la buena esposa (Martin Provost), la clásica comedia francesa de temporada; El pequeño vampiro (Joann Sfar), filme de animación para todos los públicos, y Las mil y una, de la joven directora argentina Clarisa Navas (1989), un coming of age de temática LGTBIQ que bien merece ocupar estas páginas por la potencia visual y el riesgo narrativo de la propuesta, aunque en circunstancias prepandémicas, con una decena de películas con las que competir, quizá hubiese pasado desapercibida. No hay mal que por bien no venga: como ya ocurrió en 2020, las circunstancias nos están permitiendo poner el foco en pequeñas joyas como esta.

Cine desde Corrientes

Las mil y una es un filme desarrollado en los márgenes del cine argentino, tan centralizado históricamente en Buenos Aires. Clarisa Navas es un talento salido del deprimido norte del país, y sus dos primeras películas, Hoy partido a las tres (2017) y la que nos ocupa, han sido rodadas en su Corrientes natal, con la práctica totalidad del elenco elegido entre vecinos de la ciudad y con la mayoría del equipo formado por profesionales de la zona. Esto le da al filme un carácter diferente, fresco, lejos de otras apuestas más acartonadas o convencionales que nos han llegado de la industria argentina en los últimos tiempos, y por la que podríamos empezar a pensar en Navas como en una autora con una prometedora voz propia, perteneciente a la estirpe de Lucrecia Martel (Zama), Anahí Berneri (Alanis) o Milagros Mumenthaler (La idea de un lago).

El filme sigue los pasos de Iris (Sofía Cabrera), una joven de 17 años que ha sido expulsada de la escuela y se dedica a jugar al baloncesto (en el barrio se empeñan en compararla con la estrella de la NBA Manu Ginóbili) y a pasar el tiempo con sus dos primos, Darío (Mauricio Vila) y Ale (Luis Molina), sin pensar demasiado en un futuro que se antoja complicado desde una realidad deprimida, la de una comunidad de viviendas protegidas marcada por la pobreza y la violencia. Los tres mantienen una profunda amistad y se acompañan en los temblores, sueños y pesadillas de la adolescencia, marcada por la construcción de sus respectivas identidades y por el despertar sexual. Iris es tímida, reservada y desconfiada, mientras que el temperamento alocado de Darío contrasta con la sensibilidad de poeta de Ale. En cualquier caso, los tres se apoyan ante cualquier contingencia. La principal es que tanto Sofía como sus primos se sienten atraídos por personas de su mismo género.

Si en su primera película Clarisa Navas apostaba por planos fijos, aquí toma protagonismo el plano secuencia, y gran parte del filme está rodado cámara en mano, de manera que todo, desde el ritmo a la puesta en escena, así como los sentimientos y la sexualidad de los personajes, fluye con la naturalidad y la ambigüedad de los tiempos marcados por las redes sociales y los teléfonos móviles. El primer gran acierto de la película es centrarse en la fisicidad, tanto de los cuerpos como del entorno, creando una geografía de callejones, patios, soportales y escaleras ruinosas, que tan bien dibujan los conflictos internos de los personajes. Todo ello acompañado de un cuidadísimo diseño sonoro, en el que los paseos de la protagonista están punteados por la música o las conversaciones que se pierden desde ventanas abiertas, y también por los juegos de los niños o las sirenas de los coches de policía.

“Hoy en día necesitamos más imágenes que se acerquen a las cosas en lugar de sermonear sobre ellas, provocando momentos intensos entre el barrio y los cuerpos adolescentes que resisten y profanan la falsa condena de vivir al límite en el día a día”, explica Navas. “La película es una exploración de las voces y los cuerpos que habitan estas realidades. También es una reflexión sobre los aspectos brillantes de estos encuentros que ayudan a aliviar la hostilidad de la adolescencia y a liberar el deseo en todas sus formas. Esta película se basa en el poder de estos encuentros que defienden una forma de vida disidente en una provincia del norte de Argentina, única y luminosa, pero siempre a punto de desaparecer”.

Aura de peligro

Este encuentro al que Navas hace referencia es el que se produce entre Iris y Renata (Ana Carolina García), una chica que vuelve al barrio de Las Mil tras varios años de ausencia, arrastrando una pésima fama y un aura de peligro al que la protagonista no puede resistirse. Pero igualmente podría hacer referencia a los oscuros y deprimentes escarceos de

Darío y Ale con otros chicos que los utilizan para aliviar una líbido desatada. En cualquier caso, la directora parte de su propia biografía para mostrar que, también en los márgenes y en la periferia, existe una resistencia queer que ya es imposible opacar.

Película sensual y vibrante, que en su acercamiento a la pobreza evita cualquier atisbo de maniqueísmo o tremendismo, Las mil y una consigue levantar un mundo que se percibe real en todos sus detalles y, al mismo tiempo, contar una historia que puede ser muy cruda por momentos, pero también tierna y emocionante. Ahí están los bailes eróticos de Darío en una webcam, la preocupante promiscuidad y lascivia en las discotecas nocturnas, la amenaza del sida, del bullying, el miedo a una muerte violenta. Pero también se atisba el amor y la amistad. En definitiva, Navas consigue elaborar un filme profundamente humano que evita las respuestas sencillas para vidas complejas.

@JavierYusteTosi