Para su octava película, Zombi Child, el director francés Bertrand Bonello (Niza, 1968) ha decidido internarse en la temática de los no muertos desde la perspectiva de sus orígenes haitianos. Es decir, siguiendo la estela de Jacques Tourneur en Yo anduve con un zombi (1943) y obviando la deriva posmoderna, cargada de subtexto, de una mitología que se fracturó a partir de La noche de los muertos viviente (1968), de George A. Romero. Lejos de la bacanal gore de vísceras y sangre a la que nos tiene acostumbrado Hollywood, el director se alía con la sugerencia (al menos hasta el desenlace) y crea un filme con un marcado acento político sobre las heridas del colonialismo, la esclavitud o la explotación laboral.“¿Qué es un zombie? Es un hombre que ha sido borrado del mundo”, explica Bonello. “Me lo imaginé como un hombre que camina lento y con la cabeza gacha. Es una imagen simple, pero para mí fue un verdadero punto de partida”.

En los primeros instantes de la película atendemos a la elaboración mediante un rito vudú de unos polvos que, introducidos en unos zapatos, provocan la muerte en falso de un hombre haitiano llamado Clairvius. Tras un entierro en el que los familiares ofrecen sentidas muestras de dolor, unos individuos sacan de su tumba en la oscuridad de la noche al fallecido para utilizarlo como esclavo en una plantación. El hombre se encuentra en un estado de semi inconsciencia y, como un autómata, se emplea en la recogida de caña de azúcar, sin recuerdos ni nada que le ate a su pasado. Si en las películas de Hollywood el zombi(e) es un ser completamente muerto que solo se guía por el ansia de devorar carne viva, la criatura de Bonello es un ser catatónico que se debate entre la vida y la muerte.

Bertrand Bonello mezcla materiales a priori irreconciliables sin la necesidad de justificarse a sí mismo

Acto seguido, el director da un salto en el tiempo de más de 50 años para situar al espectador en un internado de élite para jovencitas en las afueras de París. En este centro, guardián de los valores más arraigados de la sociedad y la cultura francesa, en el que es necesario tener algún familiar condecorado con la Legión de Honor para ser admitido, se desarrolla la otra línea argumental del filme. Aquí seguimos a Fanny (Louise Labèque), una adolescente soñadora que mantiene una apasionada correspondencia con un joven llamado Pablo, y que se hace amiga de una nueva alumna, Melissa (Wislanda Louimat), que abandonó Haití a los siete años tras la muerte de sus padres en el terremoto de 2010.

Bien podría haberse decantado el director por contar tan solo una de las dos historias del filme, pero –como ese Clairvius que navega entre la vida y la muerte– el director prefiere intercalarlas en busca de asociaciones e ideas inesperadas. Algo que se potencia con un sólido tratamiento visual, que brilla en las secuencias protagonizadas por ese hombre zombificado, casi siempre bajo una luz gris y espectral, como si viviera en un permanente crepúsculo. “Era consciente de que la idea del montaje en paralelo entre Francia y Haití podía no funcionar”, explica el director de Casa de tolerancia (2011). “Existía el riesgo de que resultase muy teórico, especialmente teniendo en cuenta que la película terminada se parecía mucho al guion. También sabía, ya que sucede con frecuencia, que existía la posibilidad de que una de las partes de la historia interesara mucho más a la audiencia que la otra. Todo esto hizo que fuese una especie de apuesta, una apuesta estructural. Al final, creo que funciona, más allá de mis mejores expectativas. Poco a poco,las puertas se abren, a nivel estético y político. Mi objetivo al escribir también es que en algún momento algo escape a mi control, yendo más allá”.

La ambigüedad de los dos relatos, conectados por la figura de Melissa (de la que se nos revelará lo predecible: es nieta de Clairvius), hace que la película sea inagotable en sus lecturas, provocando que aquello que parece irrelevante decodifique en parte el sentido del filme. Es lo que ocurre con el poema que recita la propia Melissa o con la clase de historia, en la que el profesor nos habla de que Napoleón traicionó los valores de la Revolución francesa y de cómo desde entonces la libertad ha protagonizado su propia historia subterránea contra el liberalismo y el capitalismo. En este sentido, el internado es el mejor ejemplo de cómo los privilegios de sangre rigen el mundo.

Si el zombi haitiano logra recuperar la memoria de manera fortuita y comienza un viaje para reencontrarse con el ser amado, Fanny tratará de imponer su voluntad sobre el chico que ahora la rechaza. Para ello, recurrirá a la tía de Melissa, una hechicera vudú. Su objetivo, en definitiva, no será otro que convertirlo también en un esclavo, en un zombi de amor. El problema es que no respeta el sistema de creencias al que recurre, y solo trata de aprovecharse de él. De nuevo, el colonialismo haciendo acto de presencia.

Podríamos detenernos en más detalles, como el uso del espacio de la residencia para generar desasosiego o en la gran carga de romanticismo que supura la historia, pero lo que deja claro el filme es que Bonello es capaz de ofrecer experiencias estimulantes, mezclando materiales a priori irreconciliables sin la necesidad de justificarse a sí mismo.

La inestabilidad de Haití

Cuenta el director que Zombi Child surgió del deseo de realizar una película humilde después de Saint Laurent (2014) y Nocturama (2016). Por eso, se impuso algunas restricciones: cuatro semanas de rodaje, un presupuesto de 1,5 millones, poca iluminación, un equipo reducido...“Todo el mundo me comentaba que no había país más complicado que Haití para rodar. La pobreza, la inestabilidad política, los terremotos y sus consecuencias provocan que nada sea fácil. Solo unos pocos cineastas se han aventurado: Charles Najman, Raoul Peck, Wes Craven, Jonathan Demme, y nadie más. ¿Cómo lo conseguimos? Creo que fue una combinación de suerte, tenacidad, capacidad organizativa y el gran compromiso del equipo haitiano”.

@JavierYusteTosi