Parafraseando el famoso lema patrio, podría decirse aquello de "Paraguay existe". Su cine, no demasiado, pero una película de ese país como Las herederas, dirigida por Marcelo Martinessi (Asunción, 1973), ha logrado el indiscutible milagro de ganar un Oso de Plata en el Festival de Berlín y sumar su notable éxito en festivales y cines de todo el mundo. Reflejo de un país enigmático de poco más de siete millones de personas, que el director describe como "una estancia con patronos", cuenta la historia de dos mujeres maduras lesbianas de la clase alta paraguaya, Chela (Ana Brun) y Chiquita (Margarita Irún) que se van a la ruina. La primera se ve obligada a trabajar por primera vez en su vida como conductora, la segunda lo pasa peor e ingresa en la cárcel. La película está contada a partir de detalles y con planos cerrados que simbolizan el propio encierro de esas mujeres "armarizadas" y atemorizadas en una sociedad desigual y violenta. Hay que estar atento viendo Las herederas porque el director juega con las elipsis y las sutilezas para desvelar los misterios de la trama. Hablamos con Martinessi sobre este filme de gran impacto en su propio país, reflejo de las heridas de una larga dictadura protagonizada por el terrorífico Alfredo Stroessner, cuyas huellas siguen muy vivas hoy día en el país.

Pregunta- ¿Quería hacer una metáfora sobre la decadencia y el fin de una clase social y una forma de vivir en Paraguay?

Respuesta.- Quería hacer una película acerca de la relación de dos mujeres que están en crisis financiera y en crisis de pareja, pero que también pudiera contar un poco de mi país. Aunque sea en sentido metafórico, cuando trabajas en un lugar como Paraguay no puedes hacer una película sin hablar sobre esa sociedad, aunque me imagino que eso pasa en todas partes. Paraguay es un país desconocido incluso para sus vecinos, no solo para España. Es un país que parece una estancia que siempre tuvo patrones ante los que tuvo que responder. Es muy extraño, ha sido un Estado mezclado con una élite que lo controla todo.

P- ¿Con esos planos cortos quería reflejar la ceguera de unas mujeres aisladas de la realidad?

R- En el eje narrativo de la película están los encierros. Los encierros de una clase social que te impiden saber cómo es el mundo, es lo que llama la "realidad" en su pregunta. Paraguay es un país que fomenta esos encierros, no tenemos experiencia de vida comunitaria. Hay excepciones maravillosas en la historia como la liga agraria, que fue muy importante en su momento, pero los autoritarismos precisamente se distinguen por separar a la gente. Esa élite en particular se encierra mucho en sí misma. Chela y Chiquita para mí son lesbianas homofóbicas porque nunca han estado cómodas en su piel. Puede haber películas sobre mujeres más militantes o más libres en su forma de vivir su sexualidad. Son mujeres viviendo con identidades prestadas. Al escribirla fue importante la idea de que una clase social puede ser un encierro. La película va con Chela y en el estado en el que estaba no vería mucho más allá del jardín. Poco a poco, a medida que va saliendo, vamos viendo un poco más. Vemos esa vaca, ese árbol, escuchamos pajaritos… pero la película tenía que mantenerse en ese lugar.

P- ¿Por qué cuenta su película dando importancia a los detalles y dejando a la imaginación los momentos "importantes"?

R- Mucha gente no lo entiende. Me llama mucho la atención cómo son estas mujeres que en la vida real están en esos territorios grises. Uno las conoce y no sabe muy bien si son amigas o son pareja. Esa misma sensación tiene que tener el espectador al comienzo. ¿Qué son estas dos mujeres? Ir construyendo en su cabeza, haciendo el ejercicio de pensar en este país o en esta sociedad. Una historia como esta contada abiertamente no me interesaría nada. Quiero que el espectador una las piezas para darse cuenta de qué pasa en este mundo. El cine es cada vez más una receta, el personaje central tiene que tener un deseo y luego otro giro de guion. Leí muchos libros de guion buscando la iluminación y no la encontré. Uno busca las formas de narrar a partir de lo que uno sabe o siente.

P- ¿Hay una culpa de clase colectiva por haber apoyado a un dictador tan despiadado y longevo como Stroessner, que gobernó el país de 1954 a 1989?

R- Stroessner a mí me impresiona mucho porque mi padre tenía diez años cuando llegó al poder y yo tenía 16 cuando el dictador se marchó. Estamos hablando de más de una generación teñida por un sistema autoritario y perverso. Chela y Chiquita pertenecen a una élite que tuvo un romance con el déspota. Stroessner no hubiera podido en ningún caso durar tanto si no fuera porque tuvo un romance con una clase privilegiada. A diferencia de España, o la España posfranquista, donde siento que hubo un quiebre y unas ganas de los españoles de crear otra cosa. En Paraguay no hubo ese rompimiento. Después del dictador, el siguiente presidente fue consuegro de Stroessner. El presidente actual de Paraguay es hijo del secretario privado del dictador. Me parece que sí, que esta clase social es culpable y ha seguido intacta.

P- ¿Quería reflejar su desazón con el devenir del país?

R- Comencé a escribir la película en 2012 después de una situación muy compleja en Paraguay. Fui director de una televisión pública durante un pequeño momento en el que hubo un gobierno progresista. Hubo una crisis política que en realidad fue un golpe de Estado y para mí fue triste ver que mi propia clase social lo había apoyado. Allí sentí la necesidad de alejarme de Paraguay durante un tiempo para mirar ese mundo que no miraba. Chela tiene un poco eso. A partir de su crisis personal y financiera comienza a trabajar y a darse cuenta de que el mundo no es tanto como le contaron.

P- ¿Cuál es el sentido simbólico y narrativo de la casa?

R- Es una casa oscura. Cuando le dice, "¿Este reloj anda todavía?", a mí me parece como un tiempo que se detuvo. Trabajo con un equipo de gente muy querida y la casa fue nuestra gran discusión con nuestro director de arte. Paraguay, como no hay industria del cine, tiene esa cosa de que puedes pedir prestadas las cosas, platería, manteles, para las películas. Toda esa cantidad de herencia que no sirve para nada. Y venían todos a prestarnos cosas. Me parecía importante que la casa tuviera todo ese peso. Y que en el momento en el que Chela comienza a descubrir cosas se empiezan a abrir ventanas y puertas. Creo que eso le pasa a muchos seres humanos, viven encerrados sin darse cuenta. No son conscientes de ese encierro ni de lo que se pierden. Vivo en un país con un índice de delincuencia alto y se vive con mucho miedo. Hay muchos sitios a los que se supone que deben ir. En Paraguay hay guardias y cámaras por todos lados.

P- ¿Cómo rueda las escenas de cárcel?

R- La conocía porque había hecho reportajes para televisión allí. Una de las cosas que más me atraía de este proyecto era precisamente poder rodar en la cárcel. No sé si en otros países es fácil hacerlo, a nosotros nos costó mucho pero lo conseguimos. Hicimos un curso de actuación con las internas para darles instrumentos profesionales para que aprendieran algo. Por otra parte, hicimos cine debate durante seis meses, viendo películas y comentándolas. Allí empezamos a tener una sintonía. Siempre me llamó la atención que allí las mujeres son mucho más libres mientras fuera son más constreñidas, de careta decimos nosotros. Me llamaba la atención que las mujeres de afuera buscaran el encierro y las mujeres de adentro la libertad.

P- ¿Hay un contraste entre la hipocresía de la clase alta y la mayor espontaneidad de las clases bajas?

R- Para mí el personaje de Pituca es central, esa mujer de ochenta años que habla mucho. Tiene esa carga, esa herencia de prejuicios que se transmite de generación en generación como una enfermedad genética. Es muy difícil de romper. Me interesaba mucho el personaje de Angie como un rompimiento. Es una mujer que habla con libertad de su sexualidad, de sus hombres.

P- ¿En Paraguay siguen metiendo a la gente en la cárcel por dinero?

R- En Paraguay, hasta hace quince años, te metían en la cárcel. Hoy no es así pero te pueden meter en la cárcel por fraude. De alguna manera había dos cosas importantes aquí. Mi sociedad estaba dominada por ese sector bancario, ellos son los que mandan e instrumentalizan la justicia o lo que necesiten para defender sus intereses. Hay algo más y es que estas mujeres estaban perdiendo su estatus. Antes podrían haber llamado a un banquero o a un juez y nunca entrarían presas. La vulnerabilidad de ellas empieza cuando dejan de pertenecer a ese lugar y el banco si quiere te puede meter presa. Hay una mezcla entre Estado y élite económica que siempre van a conseguir lo que quieran. Paraguay es uno de los países más corruptos y desiguales del mundo.

P- ¿Cómo vivió el escándalo que provocó su película en su país?

R- Hubo una senadora que se puso violenta a decir cosas como "fuera lesbianas" o "la próxima vez que vengan se querrán casar". Creo que son pataleos de una parte del país que insiste en volver atrás. Eso no quita que haya tenido una acogida muy positiva. La película ha servido para demostrar que la prensa y una parte importante de la sociedad no son tan conservadoras como quizá pensábamos. Ha sido tomada casi como bandera por muchos sectores de Paraguay que cree que el país tiene que mirar al futuro. En realidad creo que en ese sector tan conservador que se hace llamar profamilia son muy pocos. Pero son ruidosos. Sí hubo algunos grupos que pidieron el boicot. Lo que me llamó la atención fue que dos meses antes de empezar la película, Ana Brun (Chela) me dijo que ella no podía hacerla. Argumentó que ella es una abogada con muchos clientes y que algunos podrían abandonarla después de verla haciendo de lesbiana. Incluso al principio quiso aparecer con otro nombre, pensando que la película sería pequeña y nadie se enteraría. Creo que ahora, de alguna forma, todo lo que ha pasado le ha hecho cambiar su cabeza. Es un ejemplo claro de un país en el que una senadora habla por una parte de la sociedad que existe y quiere volver atrás.

@juansarda