La actriz Behnaz Jafari (con gafas) en un momento de Tres caras

El incómodo cineasta iraní Jafar Panahi vuelve a demostrar su interés por estudiar las lacras de su realidad social en Tres caras, un acercamiento a las dificultades que tienen los artistas y las mujeres para expresarse con varios homenajes a Kiarostami. El propio director y la actriz Behnaz Jafari se interpretan a sí mismos.

Entre otros placeres vinculados a la belleza de sus escenarios y a la magia de sus imágenes, Tres caras, la nueva película del iraní Jafar Panahi (ganadora del premio al Mejor Guion en el pasado Festival de Cannes), nos descubre a un director que, tras una prolongada travesía por el cine más furioso y urgente, abraza finalmente un registro luminoso y meditativo. Un nuevo estadio de sosiego y reflexión que permite al director de El círculo abordar con renovadas energías el propósito que cohesiona su imaginario artístico: el estudio de las posibilidades políticas de la expresión fílmica.



Un interés por denunciar las lacras de su realidad más próxima que ha convertido a Panahi (1960) en víctima de la intransigencia del estado iraní, que en el año 2010 condenó al aclamado director a seis años de cárcel y 20 de inhabilitación como cineasta por, supuestamente, realizar actividades propagandísticas contra el gobierno. Una sentencia que Panahi ha burlado en repetidas ocasiones, como cuando, en 2011, realizó el ensayo fílmico This Is Not a Film y lo hizo llegar al Festival de Cannes en una memoria USB escondida en el interior de una tarta; o cuando en 2015 ganó el Oso de Oro del Festival de Berlín con su feroz ejercicio de autoficción Taxi Teherán.



En Tres caras (que se estrena el día 23 en nuestro país), su nuevo acercamiento a las dificultades que tienen los artistas y las mujeres en Irán para expresarse con libertad, Panahi propone al espectador un viaje a la frontera con Azerbaiyán, la tierra que le vio nacer. Estamos, por tanto, ante un retorno a los orígenes del cineasta, un periplo para el que el director de El espejo utiliza su medio de transporte favorito: el coche. De hecho, tras una escena rodada con un móvil, en la que una joven aspirante a actriz filma su (posible) suicidio, Panahi vuelve a emplear el dispositivo fílmico de Taxi Teherán -y antes de Ten de Abbas Kiarostami- para poner en escena una larguísima secuencia en el interior de un vehículo, donde la actriz Behnaz Jafari y el propio Panahi, interpretándose a sí mismos, van en busca de la suicida. La notoria alteración de Jafari, la actriz, en esta prolongada escena inaugural parece pronosticar un nuevo ejercicio de cine estridente, el registro característico de obras anteriores de Panahi como Offside -donde el cineasta cargó contra la ley que prohibía a las mujeres iraníes acceder a los estadios de fútbol- o la ya mencionada Taxi Teherán, películas proclives al subrayado de su denuncia. Sin embargo, lejos de toda vocación didáctica, Tres caras deviene en una obra tocada por una sutil corriente de ambigüedad, empezando por el modo en que se propone la (con)fusión entre diferentes ficciones y realidades. No es solo que Panahi y Jafari se interpreten a sí mismos, sino que, en la primera parte del filme, sobrevuela la sospecha de que Panahi podría estar involucrado en la escenificación y filmación del suicidio de la chica. No será la única ocasión en la que se acuse a un personaje de engañar a los demás, un cruce de miradas y pareceres que perfilará una fructífera reflexión sobre el valor de las representaciones y sus simulacros. Estamos ante una película fulgurantemente laberíntica, en la mejor tradición del cine de Kiarostami.



Un cálido humanismo

La herencia del director de Close Up late con fuerza en las imágenes de Tres caras, una película que no solo se divierte zigzagueando por carreteras que atraviesan valles y montes, sino que también sabe abrazar un cálido humanismo. Además, la ambigüedad latente en las piruetas metalingüísticas del filme acaba contaminando, afortunadamente, el retrato social. A medida que el relato va desplegando sus múltiples idas y venidas, se perfila un posible ligamen entre la represión sufrida por el cineasta en Teherán y la que experimentan varios personajes, sobre todo mujeres, en el Irán rural. Panahi advierte que el modelo social autoritario y patriarcal que evidencian sus películas urbanas hunde sus raíces en las tradiciones más atávicas. Una crítica de orden histórico y cultural que, sin embargo, no impide a Panahi advertir la belleza de los escenarios y las gentes que pueblan su nueva película. Su mirada afectuosa le permite incluso romper con su tendencia a controlar con mano férrea todos los pliegues del relato. En Tres caras, surgen líneas narrativas que quedan suspendidas, como la protagonizada por una anciana empeñada en probar la tumba que acaba de cavar, o la que gira en torno a una veterana actriz que vive oculta, de espaldas a una comunidad que la rechaza (una subtrama con ecos lorquianos). Panahi nunca muestra el rostro de esta mujer, pese a que se intuye que es uno de los tres que dan título a la película.



La obra a la que termina apelando de manera más directa Tres caras es seguramente Y la vida continúa, el segundo episodio de la Trilogía de Koker, donde Kiarostami (guionista de El globo blanco, la ópera prima de Panahi) se adentraba en el Irán rural y descubría un magma inextricable de gracia y devastación. Sin ocultar el homenaje al director de El árbol de las cerezas, Panahi elabora una película que es al mismo tiempo un delicado objeto poético y un inquieto ejercicio autorreflexivo. En una escena brillante, trufada del humor que planea por todo el filme, un anciano le describe a Panahi el código de bocinazos con el que se comunican los conductores que transitan por las estrechas carreteras que rodean un pequeño poblado. El sistema "tiene sus propias reglas", afirma el viejo. Por su parte, la nueva película de Panahi también tiene las suyas: unas reglas en las que tiene más peso la alusión que el manifiesto, la sugerencia que la sentencia.



@ManuYanezM