Celia Rico Clavelino

Basada en sus propias experiencias biográficas, Celia Rico Clavellino (Sevilla, 1982) debuta en la dirección con Viaje al cuarto de una madre, que ha arrancado muchos aplausos en San Sebastián, donde se llevó un premio del Jurado en la sección Nuevos Directores. Cuenta en esta película una historia mínima narrada a base de gestos y miradas gracias al mucho talento de sus dos actrices protagonistas, Lola Dueñas en el papel de madre sufriente y devota pero también un poco egoísta y el de su hija, Anna Castillo, que después de probar, sin mucho éxito, el oficio de costurera de su madre quiere mudarse a Londres para volar libre. Situada en un pueblo del sur de España, con tono naturalista, el filme traza dos personajes de carne y hueso para acabar haciendo una película hermosa sobre el paso del tiempo y la transmisión generacional.



Pregunta.- ¿Hasta qué punto se basa en su propia experiencia?

Respuesta.- Cuento una historia personal, ese momento en el que me marché de casa a otra ciudad y de repente pasas de una relación que estás con ellos todos los días a otra en la que te tratan como una niña pequeña cuando regresas al hogar. Esa mesa camilla que vemos en el salón muy típica de Andalucía para mí simboliza muchas cosas: el confort, el nido, ese lugar en el que estás a gustito y te quedarías toda la vida. Yo no me fui al extranjero, me fui a Barcelona y es un momento en el que siempre tienes la impresión de que te lanzas a la intemperie. Ahora tengo una edad en la que podría ser madre y creo que puedo entenderles mejor.



P.- Los americanos que siempre tienen palabras para todo llaman "síndrome del nido vacío" al duelo de los padres cuando sus hijos se marchan de casa. ¿Es inevitable esa tristeza?

R.- Todos nos acabamos marchando de casa, es ley de vida. Pero eso no rompe los lazos que te unen y te atan. No es casual que la protagonista sea costurera como mi madre. Para mí siempre habrá una relación entre la maternidad y la costura, que es algo que veo como una labor de vestir y proteger cuerpos ausentes. Aunque no estén contigo te siguen cuidando, como cose ese vestido para un cuerpo que no está.



P.- La trama es muy liviana. ¿Quería huir del melodramatismo?

R.- Me gusta mucho escribir sobre cosas cotidianas. Toda una vida se puede contener en pequeños gestos que nos definen, a veces no hace falta buscar grandes giros a los acontecimientos porque la misma vida te da lo que necesitas. Me interesan esos minúsculos enfados cuando te despiertas por la mañana o nuestras reacciones ante pequeños conflictos porque es con lo que podemos empatizar más con los personajes. Me gusta definir al personaje de la madre a partir de detalles y gestos que las definen. Al mismo tiempo quiere mantener la tensión en esa estructura minimalista.



Lola Dueñas y Anna Castillo en la película

P.- ¿Incluso el amor de una madre puede ser ruin y egoísta?

R.- Lo complejo es querer bien al otro. Una tiende a proteger y sobreproteger. Todo el rato estamos proyectando en los otros nuestros propios miedos. Son los miedos que impiden a la joven salir de esa mesa camilla. En las relaciones paterno-filiales esas dinámicas son muy habituales. La madre también tiene que superar un duelo hasta que no acepta la ausencia del marido. En el caso de la hija, a veces la distancia también te ayuda a conectar de una manera más verdadera. Nunca dejan de ser una madre y una hija que se quieren y se cuidan. Pueden ser un poco mentirosas y comportarse de manera egoísta pero ese amor siempre está allí.



P.- ¿De qué manera se implicó su familia en la película?

R.- La rodamos en mi pueblo y todo el equipo conoció a mi familia. Entre las actrices y mis padres yo quería que se establecieron lazos y vínculos y que ellas pudieran captar en vivo esos gestos y miradas. Trabajamos mucho en los gestos de amor y de protección. Era necesario que identificaran esas emociones porque son muy mínimas y tenían que compartir la mesa camilla con nosotros. En el caso de Lola Dueñas pasó dos meses con mi madre aprendiendo a coser con su máquina. A veces me asomaba y las veía a los dos y era algo muy bonito. No era un simple curso de costura sino la transmisión de una vocación. Mi madre le puso mucha energía en enseñar a Lola y ella en intentar coser como mi madre. Me gusta haber mezclado cine y familia. Al final acabaron cosiendo juntas por placer, una locura.



P.- ¿Y qué opinan sus padres de una película que les retratan?

R.- No sé cuál será su reacción. Cuando leyeron el guion les parecía raro y no acababan de entender qué estaban haciendo. Mi madre me decía: "¿Esto qué interés tiene?" He escrito la película planteándome la pregunta del amor de los padres. Quizá es imposible corresponder a ese amor y no hay que corresponderlo. Natalia Ginzburg habla de los padres como un punto de partida, un trampolín para dar el salto. Qué ebemos ser los hijos para los padres es una pregunta importante.



P.- ¿Es inevitable que a los mayores les sorprendan las costumbres de los jóvenes?

R.- Siempre sucede que los hijos también tenemos que educar a nuestros padres, está muy claro, por ejemplo, en los asuntos tecnológicos porque muchas veces son los hijos los que ponen al día a sus padres. Me he dado cuenta últimamente de que muchas personas mayores utilizan el teléfono móvil para comunicarse con sus hijos. De repente ves a una madre haciendo vídeos porque sabe que es la mejor manera de conectarse con sus hijos. Me parece interesante cómo se mezcla lo nuevo con lo viejo. Los cambios generacionales y culturales muchas veces funcionan como espejismos. Por mucho que uno viva en un pueblo y otro en la ciudad, eso sigue allí.



P.- ¿Cómo quería reflejar la experiencia de la emigración que han vivido tantos jóvenes españoles?

R.- Quería darle una vuelta a esa vida en Londres de escaparate que sale en Facebook porque todo tiene su doble cara. En la vida en el pueblo nunca estás del todo solo. Si tus vecinos ven que estás flojita te encargan unos trajes. Cada uno tiene que descubrir cuál es su vida, no repetir lo que ha visto.



@juansarda