Fotograma de Amante por un día

En su última película el director galo construye con minuciosidad y talento unos personajes tridimensionales y reconocibles, una historia en blanco y negro que cumple con la imagen mental que tenemos del perfecto cine francés.

Hace tiempo, haciendo un reportaje en una escuela de cine, hablé con un estudiante de primero que estaba empeñado en que quería hacer películas "a la francesa". Cuando insistía en que me dijera algún director concreto no contestaba y repetía lo de "a la francesa" como si en el fondo quedara claro a qué se refería y no hiciera falta dar más detalles. En cierto punto, tenía razón. Del mismo modo que todo el mundo entiende lo que es una "americanada" y, aunque ya no quede tan claro, lo que es una "españolada", término lastrado por motivos políticos, todo el mundo entiende de una manera intuitiva lo que es una película "a la francesa". Y, si buscas en el diccionario esas palabras, es posible que no haya películas como las de Philippe Garrel (París, 1948) que cumplan con una perfección tan milimétrica esa imagen mental del perfecto cine galo: intelectual, en blanco y negro, en un París majestuoso en el que, como en las solapas de los libros, todo el mundo es "brillante" o "magnífico" sin olvidar el viejo lema "jodido, pero bien vestido".



Quizá los mejores filmes sean precisamente aquellos de los que resulta más fácil hacer una parodia porque son los que se arriesgan a hacer el ridículo. Despues de sus experimentos psicodélicos con Nico es cierto que Philippe Garrel no lleva haciendo la misma película desde hace cuarenta años pero sí una que se le parece bastante. Y le sale muy bien. El autor, un superviviente de los 60 y los tiempos de la Nouvelle Vague, vivió un revival hace trece años con Los amantes regulares, película en la que recordaba una etapa tan presente hoy mismo como la del mayo del 68 para contarnos la relación amorosa entre un revolucionario que fuma mucho opio (su propio hijo Louis, superestrella del cine europeo) y una escultora que además de soñar trabaja para mantenerse. En ese filme, como en este Amante por un día, el eterno asunto de la posibilidad de la fidelidad en la pareja cobra pleno protagonismo. Más allá del cliché de la tristeza chic, este título, como muchas de las películas del veterano maestro, acaba teniendo verdadera emoción.



Una escena de Amante por un día

Cuenta en ella la relación entre un profesor universitario en los 50 (Éric Caravaca) que vive una relación amorosa con una de sus alumnas, la turbulenta Ariana (Louise Chevillotte), cuando su vida se ve alterada por un acontecimiento inesperado. Su hija veinteañera, Jeanne (Esther Garrel, la nueva estrella de la familia) se traslada a vivir con él después de que rompa con su novio. Bajo el mismo techo conviven el padre, un dechado de bondad, la amante y la hija, ambas de la misma edad, en una convivencia tan frágil como explosiva que Garrel nos ilustra en blanco y negro con la clásica línea de piano a lo Satie que acompaña a todas sus películas. En un principio, parece que el cineasta quiere contrastar la alegría de la pasión entre el profesor y la joven con la amargura de la hija pero en Amante por un día las cosas pueden ser distintas a lo que parecen de entrada.



El director trata en este filme muchos de los temas que son habituales en su filmografía. Sin irnos muy lejos, el asunto de la diferencia de edad entre los amantes es central en Un verano ardiente (2011), donde vemos el romance entre Monica Bellucci, y Garrel Jr. Otro de sus filmes más conocidos, El viento de la noche, también cuenta un amor entre dos personajes con edad muy dispar, aunque en ese caso la mayor sea ella. Y el asunto de los celos aparece de forma más o menos explícita en casi todas sus películas. Ahí están esos "amantes regulares" que ensayan una relación amorosa sin ataduras en la que pueda haber lugar a terceras personas o uno de los últimos filmes del cineasta, La jaulousie (2013), en el que también se preguntaba por la posibilidad de eso que ahora llaman "poliamor".



Amante por un día es una buena película. Garrel construye con minuciosidad y talento unos personajes tridimensionales y reconocibles para acabar realizando un filme breve y bello en el que podemos sentir el dolor, las dudas y la naturaleza de sus protagonistas. Sin subrayados, con unos diálogos inteligentes que apelan a la sensibilidad del espectador y una puesta en escena irresistiblemente cool, el director demuestra por qué ser el más francés de los franceses no es tan fácil como quizá parece a primera vista.



@juansarda