Emily Mortimer en La librería.

En La librería, basada en la novela de Penelope Fitzgerald, Isabel Coixet muestra una historia de resistencia y devoción cultural a través de una viuda que encarna la versión femenina del westerniano "solo ante el peligro".

La librería, el nuevo filme de Isabel Coixet, puede verse como una película a contrapelo. Contra la afluencia dramática y romántica de gran parte de la obra de la cineasta catalana, esta adaptación de la novela homónima de Penelope Fitzgerald apuesta por la sobriedad en su abordaje a una historia de resistencia femenina y de devoción cultural. La protagonista, Florence Green, es una viuda de mediana edad determinada a abrir una librería en un pequeño pueblo de la costa este de Inglaterra a finales de la década de los 50: una tierra que no sabe escapar de la sombra de la posguerra, y a la que, probablemente, sólo llegarían los ecos lejanos del Swinging London de los 60. Curiosamente, es la tersa voz (en off) de Julie Christie, emblema de aquella revolución juvenil, la que nos da la bienvenida a La librería con su elegante acento británico y un halo de premonitoria melancolía.



Una crónica intimista

El armónico recitado de Christie se desliza por unas imágenes que transitan entre el retrato algo pintoresco de la Inglaterra pueblerina, una expresiva observación del paisaje y la crónica intimista y expeditiva de los esfuerzos de Green por cumplir su sueño. El empleo de una voz en off que tiende a subrayar más que enriquecer la narración, así como la contextualización historicista de ciertas figuras literarias -Coixet aporta una referencia a Ray Bradbury ajena al texto de Fitzgerald- acentúan el trasfondo novelesco del filme. Sin embargo, el mayor interés de La librería radica en sus apuestas más puramente cinematográficas: esa escena sombría en la que la protagonista, abandonada a su soledad doméstica, rasga una pared tintada de humedades (un momento que haría las delicias del gran Terence Davies), o la disposición a la elipsis que permite a Coixet asordinar el dramatismo de ciertos pasajes, o una silente tensión romántica (inexistente en la novela) que, por momentos, inclina la película hacia la estremecedora contención de las adaptaciones de James Ivory de las novelas de E. M. Forster. Bajo este prisma, incluso es posible imaginar a la protagonista como una versión femenina y melodramática del arquetipo westerniano de "solo ante el peligro".







Por desgracia, el conjunto, algo previsible, no está a la altura de sus arranques de genio. Emily Mortimer en la piel de Green resulta más convincente en su faceta resignada que en su encarnación de la osadía, y además se ve eclipsada por la fascinante labor de dos intérpretes que subvierten majestuosamente los roles por los que son conocidos. Patricia Clarkson -en su tercera colaboración con Coixet- doblega la honestidad habitual de sus creaciones para invocar, con espíritu maquiavélico, un autoritarismo revestido de pompa aristocrática; mientras que un soberbio Bill Nighy cortocircuita su comicidad expansiva para sublimar, con voz susurrante y un quietismo doliente, la cronificación de una desolación antisocial. Suya es la frase más inspirada de la película, tomada directamente de la novela de Fitzgerald: "Entender las cosas hace que la mente se vuelva perezosa". Una esquiva invitación a cultivar el misterio del arte que Coixet abraza en los márgenes de la narración y en la labor de sus actores secundarios.



@ManuYanezM