Imagen de Algo muy gordo

Algo muy gordo, de Carlo Padial, suscita el entusiasmo de los expertos pero es probable que genere odio entre el público. Zama, de Lucrecia Martel, es el mejor filme de su trayectoria.

Existen películas como Algo muy gordo con las que se genera un fenómeno ya conocido, las adoran los críticos y el público se queda perplejo. A falta de ver qué pasa con su estreno, este mismo viernes con copias reducidas, el filme de Carlo Padial suscita el entusiasmo de los expertos y es bastante probable que genere reacciones de verdadero odio entre un considerable porcentaje de inocentes espectadores que vayan al cine después de haber leído esas reseñas y tengan la sensación de que les ha tomado el pelo.



Con Berto Romero como protagonista absoluto de un show como mínimo desconcertante, Algo muy gordo es una suerte de falso making of sobre la película que supuestamente vamos a ver. Hay, por tanto, dos tramas: la del protagonista, un cuarentón al que obligan a volver al colegio, y el rodaje de la propia película, plagado de cromas y de efectos especiales. Lo fundamental es el tono, ese juego constante con la idea del tópico que define el post-humor en el que la frase hecha adquiere un significado distinto y más profundo en un ejercicio parecido al de Tarantino con la cultura popular, es decir, coger material de desecho y darle una nueva altura. Lo mejor es una indiscutible sofisticación, por momentos tan refinada como sugerente, que provoca situaciones realmente divertidas de una extraña hondura (las imágenes de Romero colgando por los aires o del propio director en el hospital). Lo peor es que Algo muy gordo, durante un buen rato, es muy aburrida y se recrea de forma excesiva en su propia radicalidad.



Recién llegada del Festival de Venecia, donde fue aclamada, Zama, de la argentina Lucrecia Martel, nos propone una fascinante recreación de la novela homónima de Antonio di Benedetto. Cuenta la película la mala suerte de Diego de Zama (espléndido Daniel Giménez Cacho), un oficial español destacado en una administración colonial de mala muerte en Argentina que lleva años esperando a que lo trasladen sin suerte. Conocemos por otros títulos de la directora como La mujer sin cabeza (2008) o La niña santa (2004) la capacidad de Martel para crear un cine matérico con amplias resonancias físicas que convierte a sus películas en una experiencia plástica. Zama es el mejor filme de su trayectoria y su principal virtud es que más que recrear una época histórica logra sumergirnos de lleno en ella. Es cine físico, que casi da la impresión de que se puede tocar, que logra crear un personaje tan seductor y fascinante como el pobre Zama que se pasa la vida esperando a que llegue una oportunidad que nunca llega y se convierte en la metáfora, acaso involuntaria, de la derrota de todo un imperio como el español.



Una escena de Zama, de Lucrecia Martel

Ganadora del premio a la mejor dirección en el último Festival de Sundance para Francis Lee, Tierra de Dios ha sido un éxito en Gran Bretaña con su plasmación de un romance homosexual entre dos granjeros en el condado de Yorkshire. Un lugar tan hermoso como solitario en el que un joven vive con la sensación de estar atrapado por un padre colérico y su abuela en un núcleo familiar muy reducido marcado por el abandono de la madre y la dura vida del campo. Ese joven Johnny verá cómo todo cambia cuando aparece un ganadero rumano al que contratan para que los ayude y el amor surja entre ellos. Lee cuenta muy bien su película creando dos personajes bien definidos y reconocibles (el chico británico alocado y el joven emigrante acostumbrado a llevar una vida dura) en una película que ha sido profusamente comparada con Brokeback Mountain pero que sin embargo nos ofrece una visión distinta, aquí hay una esperanza para los chicos y el mundo ha cambiado.



La italiana Corazón puro, de Roberto de Paolis, cuenta con modos de drama social la historia de amor entre dos jóvenes de la periferia romana. Ella es una adolescente muy marcada por la devoción religiosa de su madre que está muy influida por las clases con un sacerdote y él un chaval que viene de los bajos fondos y se enfrenta a la miseria de su madre y un futuro complicado en el que la posibilidad de la delincuencia está siempre presente. Paolis cuenta bien su película con ecos de Pasolini en un filme que quiere ser un reflejo de los tiempos convulsos que se viven en una Europa marcada por las tensiones raciales y miedo al diferente. Sin forzar mucho la máquina ni caer en las trampas del cine para adolescentes, Paolis logra crear un retrato urgente y apasionado de esas barriadas romanas que podrían ser perfectamente españolas.



El mar nos mira de lejos, del director sevillano Manuel Muñoz Rivas, nos propone un bello viaje a Doñana. Se trata de una película documental, de ritmo moroso e imágenes que buscan la poesía, sobre las vidas de los últimos habitantes del parque natural para descubrir en los contornos de lo documental la posibilidad de la existencia de un mundo fantástico soterrado en él.



@juansarda