Salida de los obreros de la fábrica

Auguste y Louis Lumière no sólo fueron unos grandes científicos y pioneros de la imagen en movimiento. También fueron unos imaginativos creadores que establecieron las bases narrativas del lenguaje cinematográfico. Thierry Frémaux, director del Festival de Cannes, muestra en un riguroso documenal su pulsión fabuladora.

En los tomavistas de los hermanos Lumière ya estaba todo el cine. En los primeros balbuceos del endemoniado invento que dio luz al siglo XX y sus espej(ism)os. Auguste y Louis Lumière no solo fueron unos grandes científicos y pioneros de la imagen en movimiento, sino unos imaginativos creadores que establecieron las bases narrativas y estéticas del lenguaje cinematográfico. Ese podría ser el motor elevado a categoría de hipótesis de la película de Thierry Frémaux, primer largometraje del director del Festival de Cannes y del Instituto Lumière. En aquellos rollos de poco menos de un minuto, que embalsamaban el tiempo a 16 fotogramas por segundo, ya estaban la puesta en escena, el registro documental y la pulsión fabuladora, el drama y la comedia, la figuración y la abstracción. Todo lo que vino después ancla sus semillas en las placas fotoquímicas que los Lumière y sus operadores filmaron compulsiva y pasionalmente a lo largo y ancho del mundo.



"Esta película es un acto de amor -remarca el hiperactivo Frémaux-, un acontecimiento considerable. Es la primera vez en la historia que las primeras imágenes en movimiento regresan a las salas de cine. En la premiere de Lyon fue como si el público descubriera las grutas de Chauvet o los primeros versos de la historia de la humanidad". Transcurridos 120 años desde que los hermanos de Lyon filmaran a sus trabajadores saliendo de su fábrica -imágenes que se presentaron comercialmente al mundo el 28 de diciembre de 1895, en el Salon Indien del Grand Café de París-, Frémaux cierra un círculo con el plano final de su película: la exacta composición del mismo plano frontal al viejo edificio de la fábrica (hoy el Instituto Lùmiere) mientras los visitantes salen por la puerta principal. Entre ellos está Martin Scorsese, adalid de la restauración del patrimonio fílmico mundial, a quien la imagen congela para la eternidad.



¡Lumière! Comienza la aventura es un documental en forma de ensayo cinematográfico, pero es sobre todo una carta de amor al cine de los orígenes escrita y narrada por el propio Frémaux, quien otorga el absoluto protagonismo a las 108 tomas restauradas, dispuestas y comentadas por bloques temáticas.



Pasión y humor

Su viaje a los orígenes del cinematógrafo se proyecta a su vez como el palimpsesto seminal de la sintaxis fílmica, señalando con su peculiar voice over ecos con cineastas posteriores y hasta con la actualidad. Cuando todo parece haber sido dicho y escrito sobre los hermanos de Lyon, Frémaux aporta su análisis personal y pasional (con ciertas notas de humor) y recupera las primeras imágenes que fascinaron al mundo para la gran pantalla... demostrando de paso que su fascinación no ha perdido un ápice del impacto original. "Es la aventura de los hombres y las mujeres que somos -señala Frémaux-. Se dice que los Lumière no creían en el futuro de su invento, pero es un hecho que rehusaron venderlo a Méliès, y que realizaron 1.500 obras..."



En la colección de copias restauradas de los últimos años del siglo XIX y primeros del XX que fluyen por la pantalla, como si fueran los trenes de sombra de los que hablaba Gorki cuando asistió a las primeras proyecciones del cinematógrafo Lumière, se construye el relato de una historia del cine ya anunciada. En las escenas familiares de la acomodada familia Lumière yacían ya los primeros home-movies, en la geometría compositiva del seminal plano de la estación de Ciotat señala Fremaux la lucidez de un encuadre que divide la pantalla diagonalmente, en El regador regado nace el slapstick, unas imágenes de Kioto alumbran el cine de artes marciales, en las diversas tomas de una escena cotidiana aparentemente espontánea se revela la planificación y los ensayos, en el plano fijo de una pecera se intuye la primera película experimental que confía todo su sentido a la estética y abstracción de la imagen... Frémaux establece las grandes líneas temáticas de los Lumière y sus operadores, así como los descubrimientos a los que llegaron en muy pocos años los pioneros del cine, abordando el modo en que materializaron el efecto pretendido.



La llegada del tren

Los primeros travelling (entonces llamados panorámicas) filmados desde barcos, trenes o globos aerostáticos, el aprovechamiento de la profunidad de campo, los encuadres precisos, la necesidad de dotar de movimiento a los planos fijos y espectacularizar la imagen, el juego de iluminaciones y de sombras en busca de una imagen encantada... El alfabeto y la gramática del cine queda expuesto para vergüenza y asombro de quienes hasta ahora solo habían contemplado a los Lumière como los visionarios inventores de una técnica fotográfica, pero no de un nuevo lenguaje con sus códigos y particularidades. Frémaux recalca alguna de estas particularidades comparando sus conquistas con estilemas de Ozu, Kurosawa, Spielberg, Eisenstein, Visconti o James Cameron, entre otros, de modo que así refuerza el papel de los Lumière como genuinos cineastas. Incluso, señala el director, inventaron el remake al repetir la toma de los obreros saliendo de la fábrica en periodos separados en el tiempo. También filmaron la primera película sobre fútbol, la primera adaptación de Romeo y Julieta, las primeras danzas coreografiadas (y coloreadas), el primer duelo a pistola, y hasta la escenificación y trucaje del primer accidente automovilístico. Todo el cine ya estaba en los Lumière.



Una mirada al mundo

Probablemente ¡Lumière! Comienza la aventura no reescriba la historia del cine, pero sí aporta una mirada más profunda a ese reino de las sombras de los primigenios tomavistas, revelando su halo de misterio, como de imágenes procedentes de otro mundo que sin embargo era el mismo que hoy habitamos. Los Lumière vendieron sus filmes, cámaras y proyectores a todos los continentes con tal rapidez que, en apenas uno o dos años, públicos de todo el mundo conocían sus películas. El bloque dedicado a las deambulaciones de sus operadores por el planeta permite mostrar el lado más pintoresco y exótico, los pliegos de condiciones que debían capturar fielmente los monumentos, las gentes y el entorno. Los viajes deparan también instantes perniciosos, como en el rollo Niños anamitas recogiendo sapeques ante la pagoda de las damas, que revelan la actitud colonialista en los países lejanos.



La emoción se adueña del filme de Frémaux a medida que nos sumergimos en las escenas de un mundo que volvía a nacer bajo la belleza de los nuevos tiempos. En Namo, Vietnam, localiza Fremaúx la película más conmovedora: el operador Gabriel Veyre sale del pueblo perseguido por los niños. En sus rostros se contagia la fascinación que experimentamos nosotros, vulgares espectadores, frente al nacimiento del cine.



@carlosreviriego