Una imagen de Animales nocturnos

Animales nocturnos es una potente película sobre la culpa, la venganza y la pérdida construida como un fascinante rompecabezas que revela a Tom Ford como un refinado artista.

Existe un cierto recelo en el mundo de las artes hacia el mundo de la moda. Quizá tiene que ver con el apoteósico éxito comercial de la moda, que tiene la suerte de que su producto no se puede piratear y en gran parte ha robado al cine su capacidad para ser el epicentro del glamour. Sin duda, Tom Ford, ex director creativo de Gucci y después de YSL antes de crear su marca propia, es uno de los nombres mayores de la moda contemporánea y la gran sorpresa fue que su debut cinematográfico, Un hombre soltero (2009), la historia de un profesor universitario devastado por la pérdida de su pareja, se convirtiera en una de las películas más interesantes de aquel año (además de poner en boga un modelo de gafas porque Tom Ford sigue siendo Tom Ford).



En su segundo filme, el diseñador-director adapta una novela de los años 90 (originalmente llamada Tony and Susan) del escritor Austin Wright que plantea un interesante juego de espejos entre la realidad y la ficción. Vemos a una mujer en sus treintaymuchos (Amy Adams) que tras una etapa sintiéndose inquieta recibe la novela publicada de su ex marido (Jake Gyllenhaal), al que abandonó con malos modos en una relación fracasada por la que nunca ha dejado de sentirse culpable. Por una parte, veremos la historia que narra la novela, la de una familia que es atacada por un pandilla de delincuentes en las solitarias carreteras de Texas (patria chica del cineasta) y por la otra, el proceso de destrucción personal de la ex esposa culpable mientras se adentra en esas páginas.



Animales nocturnos es una potente película sobre la culpa, la venganza y la pérdida construida como un fascinante rompecabezas. El director logra hacer cine psicológico, algo que muchas veces no se le da bien al propio cine, penetrando en cada una de las membranas de esa esposa culpable que, como el protagonista de Crimen y castigo de Dostoievski, casi parece buscar su propia caída a los infiernos como forma de redimirse.



Ambientada en dos lugares que casi parecen pertenecer a dos épocas distintas, la salvaje y primitiva Texas profunda y el sofisticado Nueva York de la moda y el glamour, Ford nos muestra a la vez un mundo implacable en el que la "debilidad" es castigada con el ostracismo pero donde los fuertes están condenados a purgar sus propios pecados y enfrentarse a la inhumanidad de sus acciones. Las imágenes de Animales nocturnos, de una elaborada sofisticación, revelan al esteta pero en este caso también al refinado artista, impactan en el espectador dejando tras de sí un reguero de preguntas que ese demoledor plano final no contestan, dejando un nudo en el estómago y la convicción de que acabamos de asistir a un pedazo de vida, con toda la brutalidad que eso conlleva.