Cristian Mungiu. Foto: Cos Aelenei

Con 4 meses, 3 semanas, 2 días Cristian Mungiu puso en lo más alto el cine rumano. Ahora vuelve a la gran pantalla con la historia de una adolescente que busca un futuro mejor como estudiante. Nos muestra un país donde impera la ley pero con no pocas dificultades...

Pocos directores europeos irrumpieron con tal contundencia como Cristian Mungiu (Isle, Rumanía, 1968) ganador de la Palma de Oro en Cannes con su segunda película. 4 meses, 3 semanas, 2 días (2007) fue el filme con el que el director retrató en toda su crudeza la vida cotidiana bajo la dictadura de Ceaucescu, que su cámara convierte en una película de terror en este desgarrador drama sobre una joven que recurre a un médico abortista clandestino. Con Mungiu, el mundo descubrió asombrado una nueva ola de cineastas llegados de este país comunista como Corneliu Porumboiu (12:08 Al este de Bucarest) o Cristi Puiu (La muerte del señor Lazarescu) que han marcado el cine más reciente.



Dice Mungiu a El Cultural que las mujeres son las protagonistas de sus filmes porque son las personas más débiles de la sociedad y porque suelen ser las víctimas: "Pero no pienso en mis personajes femeninos de manera muy distinta a si fueran hombres". Después del martirio de una novicia en Más allá de las colinas (2012), en su cuarto filme, Los exámenes, Mungiu divide el protagonismo entre una joven, Eliza (Maria Victoria Dragus) que va a pasar los exámenes finales del instituto y su preocupado padre, Romeo (Adrian Titieni), un médico dispuesto a cualquier cosa para que su hija tenga éxito en esas pruebas y así pueda estudiar en una universidad británica.



Emerge una Rumanía corrupta pero distinta a la de anteriores filmes, donde el imperio de la ley se impone poco a poco aunque con no pocas dificultades. Los exámenes es el retrato de un país que se asoma titubeante a la modernidad, una reflexión sobre la educación de los jóvenes y un soberbio drama familiar con tintes morales en el que Mungiu vuelve a brillar como gran creador de personajes y situaciones.



Pregunta.- Decía Camus que "entre la justicia y mi madre me quedo con mi madre". ¿Existe alguna respuesta correcta al conflicto que plantea, con ese padre que se deja corromper para ayudar a su hija?

Respuesta.- Creo que de una forma u otra todos padecemos este tipo de dilemas en nuestras vidas. Por otra parte, queremos que nuestros hijos tengan valores y que construyan una sociedad mejor. Por la otra, también tenemos que enseñarles a sobrevivir en el mundo en que realmente vivimos. Hay otro conflicto aún más profundo que es el futuro que nos espera como país si mandamos fuera a los jóvenes mejor educados y más valiosos. Puedes entender que el padre quiera un futuro mejor para sus hijos pero surge esa pregunta de qué país tendremos si precisamente se marchan los estudiantes más brillantes.



He hecho un gran esfuerzo para trasmitir emoción. Quiero que el espectador se convierta en testigo de lo que les sucede a los personajes"

P.- ¿Es imposible escapar a la corrupción en determinados contextos?

R.- Cuando hablo con periodistas del Este de Europa, de Suramérica o de España siempre me dicen que se sienten identificados con ese retrato de la corrupción. Creo que hay que diferenciar entre la corrupción a gran escala y la pequeña corrupción que te acaba comprometiendo quieras o no. Hay mucha gente que si pudiera comportarse siguiendo escrupulosamente las normas lo haría pero Rumanía es la que es, y es difícil condenar a alguien que se acaba comprometiendo por su supervivencia.



P.- Los españoles podemos identificarnos en ese odio del padre por su país. Sin embargo, vemos señales de luz. ¿Ha avanzado Rumanía desde la muerte de Ceaucescu?

R.- Sin duda, ha experimentado un gran avance aunque entiendo la frustración de mucha gente que pensaba que ese avance sería bastante más rápido. Ahora existe una especie de decepción colectiva, una idea de que el cambio es posible pero no a corto plazo. Entonces surge esa fantasía de que el cielo tiene que existir en alguna parte y esa parte se llama Occidente. Pero no deja de ser una fantasía porque la vida no es fácil en ningún sitio. Hay una búsqueda de la felicidad que siempre es irracional y que construye ese tipo de falsos paraísos.



Una imagen de Los exámenes

P.- Más allá del retrato social plantea una historia sobre la familia. ¿Es ese el verdadero campo de batalla?

R.- Quiero que mi cine esté lo más apegado posible a la realidad. Busco la ambigüedad en las situaciones y los personajes que encontramos. La mayoría de los padres quieren a sus hijos pero eso no significa que no cometan muchos errores en nombre de ese amor. Lo que vemos en los adultos es algo que sucede muchas veces, cómo poco a poco vas viviendo en un mundo de mentiras del que ya no puedes escapar.



Mentiras y verdades

P.- ¿Podemos decir aquello de que es muy difícil saber lo que es verdad pero todos sabemos lo que es mentira?

R.- En mis anteriores películas me planteaba la línea que separa el bien del mal. Aquí quiero hablar de la diferencia entre las mentiras y las verdades. Lo vemos en la joven Eliza, ella quiere preservar su honestidad. Mucha gente me dice que no entiende el final. Ella acaba reafirmando su identidad aunque hasta cierto punto acaba haciendo lo que él quiere. En los jóvenes siempre anida el deseo de decirles a sus padres que son mejores que ellos. Es un idealismo que casi siempre se pierde con los años.



P.- Surge otro conflicto, el deseo de rebeldía frente a la comodidad burguesa...



R.- La gente joven además no suele ser muy racional, es una época en la que uno toma decisiones de forma alocada. La relación entre ser fiel a tus ideales y conseguir vivir bien es de lo que trata ser adulto.



P.- ¿Al final, lo más importante es la búsqueda de la emoción?

R.- He hecho un gran esfuerzo para transmitir emoción. Me gusta que el espectador se convierta en testigo de lo que les sucede a los personajes, de los momentos íntimos que los definen como personas. No hago películas para montar discursos políticos.



@juansarda