Jean Paul Rappeneau

El director francés estrena Grandes familias, una comedia con tintes autobiográficos, tras 12 años lejos de las cámaras.

A sus 84 años, Jean Paul Rappeneau (Auxerre, 1932) nunca ha sido un director hiperactivo. El autor de películas tan míticas como el superéxito mundial Cyrano de Bergerac (1990) o El húsar en el tejado (1995) solo ha dirigido nueve filmes en su vida que culminan con Grandes familias, una tragicomedia familiar en la que ha enfrentado algunos de sus propios demonios de infancia. Mathieu Almaric da vida a un atribulado ejecutivo expatriado en Shangai que al regresar a Francia debe lidiar con sus muchos problemas familiares en torno a la venta de su casa de la infancia, un caserón de provincias sometido a una disputa legal, a lo que debe sumar la mujer ilegítima de un padre desaparecido y su díscola hija.



Pregunta.- Nueve películas en cuarenta años no es un ritmo vertiginoso. ¿Le gusta trabajar a fondo cada proyecto?

Respuesta.- Nunca he tenido prisa. No sé cuál será el viaje, pero para mí siempre es largo construir un filme. En este caso estuve preparando un proyecto muy complicado que pasaba en varios lugares del mundo durante mucho tiempo y al final no pudo ser. De todos modos nunca he sentido la necesidad de encadenarlos. Mi amigo François Ozon realiza uno todos los años pero no sé cómo se hace, para mí una película es como un árbol, tarda en crecer.



P.- ¿Cuánto hay de autobiográfico en este filme?

R.- Mucho. Yo crecí en la vieja Francia de provincias. No regreso mucho pero ya no existe esa Francia de mi niñez. La globalización lo ha cambiado todo, lo ha acelerado. Ahora mismo hay más franceses trabajando en Londres que en ciudades pequeñas de la propia Francia. Lo vemos con ese protagonista que está mirando el reloj todo el rato. Mucho ha cambiado, pero mucho también sigue igual, esas damas de provincias y esas figuras locales siguen igual. En este caso, la inspiración es mi grupo de amigos de pequeño: yo acabé dirigiendo películas, mi mejor amigo se hizo notario y el otro promotor inmobiliario y hoy está en prisión.



P.-¿Entre el drama y la comedia del filme, con qué se queda?

R.- Veo lo dramático de lo divertido y lo divertido de lo dramático. Es mi carácter. Mi religión es "dame un buen drama y te haré una buena comedia". Esa casa del filme representa mi propia infancia aunque no era tan grande, pero está representada como yo la recuerdo, enorme. Hay una ironía en el título francés, Belles familles que me parece que se pierde en la traducción española. Se habla de Belles familles para referirse a la familia política y lo que sucede en la película es que es allí donde el protagonista encuentra un poco de amor.



P.- El protagonista huye a China pero al final se tiene que enfrentar a su caótica familia. ¿Es imposible escapar de la familia?

R.- Intentar olvidar es una ficción porque el pasado siempre vuelve. Este filme es mi propio regreso a casa y un intento por entender a mi padre, que fue un hombre distante. Él estaba muy en contra de que yo fuera director de cine, no le parecía serio, y murió antes de ver mi éxito. Ese dolor siempre me ha acompañado. Gracias a esa familia política, el protagonista puede descubrir una cara de su padre que desconocía y reconciliarse con él.



Mathieu Amalric y Marine Vacth son la pareja culpable en Grandes familias

P.- Los diálogos ingeniosos tienen ecos de Billy Wilder o Lubitsch. ¿Nota la influencia del cine clásico americano?

R.- La comedia americana de los años 50 fue mi primer amor. Algo de eso hay por ejemplo en la atención al texto. En general, todos hablamos demasiado. Al final la clave es el ritmo, todo el cine trata de ritmo, cuándo hay que subir y cuándo hay que ir más lento. Ese es el corazón de este oficio.



P.- ¿Cómo vivió el gran éxito, Oscar incluido, de Cyrano de Bergerac?

R.- Algo así es mágico para un artista. No haces este trabajo por eso, pero cuando pasa es maravilloso. Es curioso porque Cyrano suena maravillosamente bien en español, casi me gusta más que en francés.



P.- Comenzó su carrera como guionista de Louis Malle, ¿qué recuerdos tiene de él?

R.- Era un hombre muy seductor y carismático que jamás estaba contento. Estaba rodeado siempre por un grupo de gente con mucho talento. Es alguien que ganó la Palma de Oro en Cannes con 20 años (por El mundo del silencio, con Jacques Costeau) y que siempre estaba pensando en cómo superarse a sí mismo. Era un hombre en perpetua búsqueda que jamás estaba contento consigo mismo.



P.- ¿Cómo ve el cine francés actual?

R.- Me gusta que haya mujeres haciendo cine porque antes no había, pero este es un período difícil para hacer cine en Francia. Hay una apuesta por un cine mimético de Hollywood que no acabo de entender.



@juansarda