Fotograma de Julieta, de Pedro Almodóvar.

Kleber Mendonça Filho radiografía la canibalización social brasileña en la prodigiosa Aquarius, que coloca a Sonia Braga en lucha directa por el premio a Mejor Actriz. Julieta, de Pedro Almodóvar, quien finalmente habló de Panamá, siembra desconciertos y divisiones en el ecuador del festival.

Pedro Almodóvar nunca lo tuvo mejor que Con todo sobre mi madre para alzarse con la Palma de Oro. Era la favorita absoluta junto a Una historia verdadera, de David Lynch. El jurado presidido por David Cronenberg se decantó entonces por Rossetta, de los hermanos Dardenne, y lo cierto es que hay poco que reprochar a la decisión. Cualquiera lo hubiera merecido. Aunque este año acuda con una gran película (la cuarta con la que compite en Cannes), aunque se trata de un Almodóvar que, lejos de acomodarse, emprende un nuevo salto al vacío con el audaz, sólido, conmovedor gesto de repliegue de una poética tan reconocible -como si Almodóvar filmara contra sí mismo, de ahí las tibias y desconcertadas reacciones-, lo cierto es que la competencia de este año no es menor a la que se encontró en 1999. El asunto de Panamá, que inevitablemente ocupó el protagonismo de la rueda de prensa -donde el autor de Volver cargó tintas contra la agresividad mediática española: "Si se hiciera una película sobre los papeles de Panamá yo ni siquiera aparecería como figurante, pero me han convertido en el protagonista"-, no debería obnubilar el criterio estrictamente fílmico de un jurado con la supuesta misión de premiar la calidad y relevancia de las películas a concurso.



Y lo cierto es que el festival está mostrando a competencia prácticamente una película importante cada día, un baño de cine enorme que los cronistas congregados ni recordamos ni seguramente sospechábamos que fuera posible. El premio a Julieta se otorgaría sin duda con justicia, pero también a las milagrosas películas de Jim Jarmusch (Paterson) y de Cristi Puiu (Sieranevada), y a las de los dos únicos primerizos en el festival galo este año, la alemana Maren Ade y el brasileño Kleber Mendonça Filho. Con la magnífica Aquarius, este último introduce además la pertinente denuncia política de un país al que los poderes financieros y la derecha más rancia y prehistórica le han usurpado la democracia, tal y como expresó el equipo del filme, liderado por la legendaria Sonia Braga, en la alfombra roja. Los hermanos belgas, habituales del festival, sin embargo no opositan con fuerza en esta 69.ª edición con la mecánica y descuidada La Fille inconnue, proyectada hoy. De ella informaremos en la próxima crónica, así como de otra de las presencias españolas en el certamen, la del gallego Oliver Laxe con Mimosas.



Fotograma de Aquarius, de Kleber Mendonça Filho.

El joven cineasta brasileño llamó poderosamente la atención con O Som ao Redor (2012), retrato de la lucha de clases en una comunidad de vecinos de Recife preñado de rigor y de inventiva cinematográfica. Aunque menos heterodoxa, Aquarius es una película más ambiciosa y perfecta, con la virtud de introducir aire fresco en un modelo de cine -la radiografía socio-política a partir de la crónica familiar y el retrato microscópico de una peripecia individual- susceptible a las complacencias y los automatismos. El centro magnético del filme descansa en la extraordinaria interpretación de Braga, esa hermosa actriz que fue símbolo sexual de los años ochenta (trabajó hasta con Clint Eastwood) y que durante las dos últimas décadas ha diluido su celebridad en creaciones televisivas, tanto en Brasil como Estados Unidos. Su creación de Clara, de 65 años, una periodista musical de cierta fama que vive retirada en su apartamento de Recife, y que a lo largo del drama se resiste con uñas y dientes a abandonar un edificio vacío del que ya es la única habitante, es de una riqueza tan íntima como expansiva, propulsada por los matices y el carácter. Virtudes igualmente atribuibles al filme.



Clara no quiere vender su apartamento a la constructora que planea derribar el edificio y desarrollar otro condominio, aunque el resto de los vecinos ya lo hayan hecho. Clara no quiere quedarse sin un pasado y una memoria de la que se siente su guardiana en un mundo que ha sustituido los objetos físicos por entes virtuales, como le explica a una pánfila periodista en su casa contándole la historia sentimental de uno de los vinilos más preciados de su colección. El gesto de resistencia frente a una compañía que hará su vida imposible para que acepte una oferta que ni siquiera se digna a escuchar (y se trata de mucho dinero) emana como vector sentimental y político de un país hipotecado por el crecimiento insostenible y la corrupción sistémica de los poderes fácticos de cuerda neoliberal, esos mismos, quizá, que ahora han tomado ilegalmente las riendas del país. La estructura que divide la historia en tres segmentos arranca con una reunión familiar en el año 1980 para celebrar el 70 cumpleaños de Lucía, amada tía de Clara, que a sus 30 años acaba de sobrevivir a un cáncer. Pronto la película emprende el salto al presente y Mendonça Filho hará a partir de entonces un uso mínimo del flashback, pero que aporta un sentido y un pretérito a la historia acumulada en los rincones del apartamento, con especial atención a una pieza de mobiliario que el cineasta filma como si fuera la piedra roseta de la evocación y el recuerdo.



Aquarius se resiste a retratar a Clara como un fantasma de otro tiempo, pieza caduca de un mundo en agonía, y como si fuera David contra Goliat permanece a su lado, junto a sus deseos (incluso sexuales) y su cruzada frente a las inmorales estrategias activo-pasivas de la inmobiliaria y hasta del enfrentamiento con sus hijos, que la han dejado sola en su causa, que no comparten su actitud supuestamente subversiva. Los conflictos generacionales y de clase están íntimamente ligados en un guión que se presta a las secuencias largas y el talento para agrupar varias dimisiones en el plano. El desenlace climático del filme clausura con extraordinario poder metafórico la radiografía de la canibalización social de las élites financieras. A su modo, y salvando todas las distancias posibles, Aquarius sería para Brasil como el equivalente de lo que Leviatán de Zviagintsev fue para el cine ruso en su modo de pintar un fresco socio-político de sus idiosincrasias y demonios culturales. Hay mucho y muy buen cine en este filme, de casi dos horas y media de duración, en el que el empleo de temas musicales ejerce un poderoso contrapunto nostálgico a una crónica que, trascendiendo el estudio psicológico de un personaje inolvidable, se ofrece como el réquiem por un mundo irrecuperable, un pretérito carcomido por las termitas.



@carlosreviriego