Fotograma de Gett. El divorcio de Viviane Amsalem

"Esto no es un juicio por asesinato" dice en un momento de desesperación (hay varios) el abogado de Viviane Amsalem. No lo es, pero esta extraordinaria película israelí sí nos cuenta el penoso e interminable proceso por el que una mujer, la Viviane del título, trata de divorciarse de su marido, un hombre al que no ama, y no ha amado nunca, que se niega a concederle su libertad. El asunto está en que en Israel una mujer solo puede divorciarse de su marido si este da el consentimiento. Una costumbre con fuerza legal tan profundamente machista y delirante que asombra y que los hermanos cineastas Ronit y Shlomi Elkabetz (esta última también intérprete) ponen de manifiesto con enorme inteligencia.



Sin duda, el precedente más claro de esta Gett es aquella Divorce Iranian Style (1997) uno de los mejores documentales de los últimos años. En ese filme, vemos algo muy parecido a lo que en esta: sin moverse de una sala de justicia asistimos al horror de las leyes persas a través del retrato de la lucha agónica de una serie de mujeres a las que se impide divorciarse de hombres a los que no quieren cuando no están sometidas a maltratos o humillaciones, o casadas a la fuerza en su adolescencia con señores mucho mayores que han destruido su vida y con quien tienen que seguir conviviendo.



No deja de ser trágicamente irónico que Israel, país con tendencia a justificar sus desmanes con su superioridad ética al tratarse de la única democracia en Oriente Medio, mantenga unas leyes matrimoniales medievales no tan terroríficas como las iraníes pero no muy lejos de ellas. En Gett asistimos al agónico proceso en el que una mujer cercana a los 40, sencilla pero aún bella y de una indiscutible elegancia, asiste a una audiencia y otra y otra durante años tratando de hacer entender a un tribunal formado por rabinos que no es feliz junto a su marido ni lo será nunca y que no tiene sentido mantener la validez de un matrimonio que hace años que ha dejado de existir.



Como en una tragedia griega, la protagonista se enfrenta a un destino trágico que la supera, unas leyes absurdas y crueles que otorgan un poder desmedido a un hombre, su marido, que el filme retrata más como un imbécil que como un malvado. De forma sublime, con una dirección sencilla y sabia que busca la emoción en los rostros de los actores, el filme traza no tanto un canto feminista como una historia universal del hombre enfrentado a la injusticia y la vulnerabilidad y fragilidad que provoca en los seres humanos los poderes tiránicos.



Humillada por un sistema legal grotesco, Vivianne se alza en el filme como una heroína clásica y por momentos su agonía nos recuerda la de esa Juana de Arco de Dreyer. Ese último plano de los pies de la protagonista, camino del patíbulo, sacrificada por una sociedad enferma que considera a las mujeres apéndices de los hombres, es tan demoledor como cinematográficamente perfecto. El divorcio de Viviane Amsalem es mucho más un "proceso" como dice la traducción francesa, un proceso a las mujeres por serlo que se acaba volviendo en contra de su propio país revelando un aspecto siniestro de una nación que acaba siendo mucho más 'Oriente Medio' de lo que le gusta decir que es.