Luciano en Calabria de Francesco Munzi

Recibida en Italia como la nueva Gomorra, la película de Francesco Munzi, Calabria, aborda la idiosincrasia de los clanes rurales de la mafia calabresa. Inspirada en la novela semiautobiográfica de Gioacchino Criaco, construye una tragedia familiar con pulso y emoción.

La distinción de Hitchcock entre sorpresa y suspense ya es un clásico. Le dice a su entrevistador, Truffaut: "Imagine que hay una bomba bajo esta mesa, entre nosotros. No sucede nada especial y de repente ‘¡bum!', explosión. El público queda sorprendido, pero antes de estarlo se le ha mostrado una escena completamente normal, desprovista de interés. Examinemos ahora el suspense. La bomba está bajo la mesa y el público lo sabe. El público sabe que la bomba estallará a la una en punto y hay un reloj en la habitación que marca la una menos cuarto. La misma conversación anodina se vuelve de repente muy interesante". Nada nos impide pensar en Calabria bajo estos términos. El tercer largometraje de Francesco Munzi (Roma, 1969), autor de la aclamada Saimir (2004), construye su tensión narrativa bajo las coordenadas de la bomba y el reloj. Llega a la sorpresa cruzando el suspense. La bomba es Luciano (Fabrizio Ferracane), granjero, humilde y pacífico, la oveja negra de una familia de la mafia calabresa. El reloj se pone en marcha cuando su hijo Leo (Giusseppe Fumo) decide sumarse a los negocios del tío Luigi (Marco Leonardi) y ajustar cuentas con los estigmas familiares.



Anima nere

En la cumbre del Astromonte, los Mercedes negros circulan por un entorno áspero y rural. La solemnidad del filme, su elegancia inmersiva, crea un aire casi irrespirable: ataúdes negros, coches negros, cazadoras negras. Almas negras. No en vano, el título original, Anima nere, ya nos arroja a la penumbra. La violencia y hostilidad de la que ha tratado de huir Luciano, el hermano mayor, hijo de un pastor al que asesinó la familia rival, llama a su puerta cuando su testarudo, impulsivo hijo de veinte años emprende la cruzada de recuperar el honor familiar, acaso como hiciera Michael Corleone. ¿Y no es alrededor de ese concepto tan esquivo, el honor, que se construyen todas las tragedias? La narrativa es transparente, avanza directa hacia la oscuridad, hacia el rostro agrietado y sin consuelo de la madre de tres hermanos del clan rural y su destino escrito en letras también negras. La amenaza se cobija en cada secuencia, una tensión enfermiza que procede tanto de la calma aparente como de las expectativas frente al género: la vendetta como modus operandi.



Pero ya lo hemos dicho: hay lugar para la sorpresa. Munzi no reinventa el cine sobre mafiosos con Calabria, pero sí ha encontrado una suerte de intensidad y poesía que surge del propio entorno, de los espacios y la cultura que retrata: la dominación machista, los rencores generacionales, los instintos básicos. El aire irrespirable. En la escena nocturna donde anida el desequilibrio del filme, ahí donde nace la catarsis hacia la perdición y el aroma shakespereano, Munzi filma el poder de la mafia desde el pedestal de la soledad. El rostro del crimen camina como un espectro por hangares abandonados, campos deshabitados y calles vacías, o aparentemente vacías, como si el mundo solo les perteneciera a ellos, como si de hecho no quisieran pertenecer a ese mundo. Los miembros de la mafia, como los de la realeza, no pueden escapar a su naturaleza. Esa es la tragedia de Luciano y el drama que le interesa relatar a Munzi, que se inspira en la novela homónima de Gioacchino Criaco.



Los negocios de la sangre

Aunque no echamos en falta la perspectiva antropológica, el filme no es tanto un estudio social de la mafia calabresa, conocida como la ‘Ndrangheta (término calabrés, de origen griego, que significa "coraje" y "bondad"), como una lectura contemporánea de la tragedia griega. Aquí no importan los negocios alrededor de la droga (con un cameo a cargo de Carlos Bardem en la piel de un capo), sino los negocios de la sangre, anclados en un determinismo genético y en un pretérito de violentas rivalidades que presumimos tan ancestral como ineludible.



Recibida en Italia como la nueva Gomorra, al ruido mediático que ha generado el estreno de Calabria se suma el reciente documental que ha emitido el canal Sky, Lady ‘Ndrangheta, dirigida por la periodista y aristócrata italiana Beatrice Borromeo, en el que Rita di Giovine, hija de Maria Serraino, jefa de uno de los clanes de la ‘Ndrangheta, confiesa todo lo confesable. El diapasón emocional de Calabria, en todo caso, remite al magma oscuro de tantas crónicas de la mafia en la gran pantalla, en especial a El funeral de Abel Ferrara. Allí donde la clave residía en mitificar lo abyecto, Munzi apuesta por la aniquilación del mito.